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viernes, 17 de septiembre de 2010

Historias de la Copa (1930)

(Artículo publicado por Jon Agiriano en el diario El Correo, 30 de abril de 2009)

La creación de la máquina

La cuestión del profesionalismo planeó sobre el Athletic, como una amenaza inquietante, durante toda la década de los veinte. No es exagerado decir que una de las razones por las cuales, tras conquistar la Copa de 1923, el equipo bilbaíno estuvo seis temporadas sin ganar un título fue el trauma que supuso romper el amateurismo. Siempre apegada a las tradiciones, la hinchada bilbaína hablaba entonces de futbolistas puros e impuros. Los primeros eran los jóvenes de familias acomodadas a los que cobrar un sueldo por jugar al fútbol les parecía una vulgaridad. Uno de sus símbolos fue el deustoarra Carmelo Goyenechea, un deportista integral, ejemplo de 'fair play' y amor a los colores. Diez veces internacional, campeón en 1923, capitán durante seis temporadas y luego directivo, fue uno de los mejores delanteros de su época y tuvo grandes ofertas para abandonar el Athletic. Siempre se negó. Su actitud fue tan exquisita que, tras su retirada en 1929, el club donó 25.000 pesetas al Hospital de Basurto para que sostuviese a perpetuidad una cama con su nombre.

Lafuente fue el héroe de la final.
El tiempo de los románticos, sin embargo, había pasado. Al Athletic comenzaban a incorporarse futbolistas de origen humilde. Uno de ellos, Castaños, de la calle Sendeja, que trabajaba leyendo contadores de luz, contó una vez a este cronista la impresión que le causó ver los flamantes pijamas de sus compañeros Castellanos y Garizurieta durante un viaje en coche-cama a Madrid. Él, claro está, dormía en calzoncillos. A este tipo de jugadores, lógicamente, la posibilidad de que sus sudores se vieran recompensados económicamente no les producía ningún escrúpulo. Más bien todo lo contrario. Travieso y Vidal, que era forjador en los astilleros de Euskalduna, fueron los primeros en cobrar. La práctica se fue extendiendo lentamente hasta generalizarse. En la campaña 1927-28, de hecho, ya sólo quedaban cuatro amateurs en la plantilla: Goyenechea, Careaga, Allende y Jesús Ruiz. El resto cobraban sueldos muy variados: 173 pesetas a la semana Vidal, 139 pesetas Lafuente, 115 Travieso y Garizurieta, 69 Blasco, 36 Castaños...

Tuvo que ser un presidente con poder y prestigio, Manuel de la Sota, el que impulsara al Athletic hacia el profesionalismo durante sus tres ejercicios al frente del club, entre 1926 y 1929. El equipo vivía unos años grises de transición. Pentland no pudo reeditar el título que consiguió en su primera temporada en las dos siguientes y tampoco Ralph Kirby y el húngaro Lippo Hertza pudieron levantar el ánimo de una afición que lloró las muertes de Sesúmaga y Larraza en plena juventud. Las penas comenzaron a disiparse en la campaña 1928-29, coincidiendo con la creación de la Liga. Manuel de la Sota se dejó de medias tintas y, en una decisión valiente que quizá supuso la supervivencia del Athletic -otros grandes clubes de la época acabaron decayendo o desapareciendo por negarse a pagar a su jugadores-, saltó al mercado con todas las de la ley y un objetivo entre ceja y ceja: fichar a las mejores promesas vascas. El presidente puso la chequera y el secretario técnico, Máximo Royo, el ojo clínico.

Espléndido futuro

Se trataba de perfeccionar un equipo joven que prometía mucha felicidad. Ya estaban en él, por ejemplo, futuros campeones como Castellanos, Blasco, Careaga, Chirri II, Muguerza, Garizurieta, el jovencísimo Iraragorri o Lafuente, fichado del Barakaldo en 1925. Y a fe que De la Sota y Royo consiguieron su propósito. Bata, Urquizu, Uribe, Roberto Echevarría, Unamuno y Gorostiza, éste último tras un largo 'affaire' a tres bandas con el Racing de Ferrol y el Arenas, ficharon por el Athletic. El caso es que, en el verano de 1929, se había completado una plantilla de espléndido futuro. Ahora bien, hacía falta una mano sabia que supiera dirigirla. Manuel Castellanos, nombrado presidente en julio, no lo dudó. ¿Quién mejor que mister Pentland? El técnico de Wolverhampton tampoco lo dudó. Dejó el banquillo del Atlético de Madrid y regresó a Bilbao.

El éxito fue inmediato. Aunque en el campeonato regional los rojiblancos sólo pudieron quedar segundos por detrás del Alavés, en la Liga, ya más rodados, arrasaron. Ganaron el título sin perder un solo partido: 12 victorias y 6 empates. 63 goles a favor y 28 en contra. En la Copa, los chicos de mister Pentland volvieron a esmerarse. Superaron al Racing (tras remontar un 3-0 en contra), a la Real, al Real Unión y al Barcelona, a éste último en un memorable partido de desempate jugado en Zaragoza. En la final esperaba el Real Madrid.

Cuerpo de inválidos

Fue un partido para la historia. La tarde del 1 de junio, en Montjuic, ante 70.000 espectadores, el Athletic pudo con todo. Los rojiblancos se adelantaron a los 38 segundos con un gol de Unamuno. Mejor no pudieron empezar. El problema es que el delantero de Bergara se lesionó tras abrir el marcador. Se quedó en el campo, por supuesto, ya que entonces no había cambios, pero convertido en una estatua doliente. El Real Madrid empató al cuarto de hora por medio de Lazcano, pero el Athletic, gracias a un chutazo de Iraragorri, logró adelantarse de nuevo segundos antes del descanso. En la segunda parte, aumentaron los problemas. A la lesión de Unamuno se añadió la de Iraragorri y, poco después, la de Lafuente, noqueado tras un encontronazo con Peña. El Madrid se aprovechó de las circunstancias y empató en el minuto 65.

La cosa pintaba fatal para los bilbaínos, que tirando de redaños llegaron vivos al final del partido. Con tres lesionados y Gorostiza tocado en un tobillo, nadie daba un duro por ellos en la prórroga. La delantera del Athletic, como dijo un periodista, era una versión del Cuerpo de Inválidos. Sólo Bata estaba sano. Pero ahí surgió el espíritu del león. En el minuto 115, un balón cayó a los pies de Unamuno, que tuvo fuerzas para enviárselo a Lafuente. El genial extremo rojiblanco estaba mareado. En realidad, se sostenía en pie gracias a una inyección de estricnina que él mismo pidió a los doctores Trabal y Trueba. Pero su derecha sublime permanecía intacta. De ella salió el soberbio chut de la victoria.