Artículo publicado por Macu Briones en marca.com el 23/05/13
Es el tercer jugador con más partidos en la historia del Athletic, tras Txetxu Rojo e Iribar. El ex capitán rojiblanco trata ahora de transmitir a la cantera de Lezama su amor por el club.
Guipuzcoano de nacimiento, pero bilbaíno de corazón y de convicción. Etxeberria, El Gallo, se ganó el título de ídolo de San Mamés, pese a haberse formado en la cantera del eterno rival, la Real, gracias a su profesionalidad y compromiso.
Pregunta. ¿Qué sentimientos le invaden a Joseba Etxeberria sabiendo que en apenas dos semanas San Mamés va a ser derribado?
Respuesta. Es como cuando te vas de casa. Te da pena porque te marchas de un sitio en el que estas muy a gusto, pero en teoría es para mejorar. Así que, la tristeza que supone el derribo de un estadio en el que hemos vivido tantas cosas se transforma en alegría porque vemos que el club evoluciona.
P. ¿El último partido de San Mamés será comparable al de su despedida del Athletic de aquel 15 de mayo de 2010?
R. Aun siendo un día triste, fue mucho más emotivo de lo que pensaba porque te viene a la cabeza un montón de partidos y de sensaciones que has vivido. Poder despedirme del fútbol y del Athletic, hacerlo en San Mamés y ganando. La verdad es que me salió todo redondo.
P. Quince temporadas separan aquel adiós del día de su debut como rojiblanco, con apenas 17 años, y marcando su primer gol. ¡Vaya estreno!
R. Siempre he dicho que tuve la suerte de caer de pie. Hubo polémica con mi fichaje, yo era un crío, pero el Athletic había apostado muy fuerte por mí, y desde el primer día vi que iba encajar muy bien aquí. La sensación que me transmitían los dirigentes, mis compañeros y la gente es que este club estaba hecho a mi medida. Y no sólo el club, sino la ciudad. Me gusta la gente auténtica, y en la sociedad bilbaína hay mucha gente auténtica que se siente muy orgullosa de las cosas que hace y es entusiasta; no hay más que ver el ambiente que se vive cada 15 días en San Mamés. Esos 15 años han sido los mejores de mi vida porque este club ha cambiado, no sólo mi camino profesional, sino también mi vida personal. Ni me imaginaba que iba a estar tantos años en el Athletic, y mucho menos que iba a vivir en Bilbao. Si algo tengo claro es la ciudad en la que quiero vivir es Bilbao.
P. Y para bilbainada, jugar gratis su último año
R. Quería recompensar el cariño que había recibido, no sólo a nivel futbolístico, sino en el día a día por parte de la gente, y se me ocurrió esa idea. Lo consulté con mis familiares y amigos, y no les sorprendió, les pareció genial. Luego hablé con mis compañeros porque quería explicarlo muy bien y no crear un precedente negativo, ya que en ese momento había jugadores que estaba negociando su futuro. Les pareció una idea muy buena. Todo eso me empujó a llevarla a cabo.
P. De ahí surgió la bonita iniciativa del Partido Imposible en San Mamés, la primera plantilla enfrentándose a 200 niños, ¿no?
R. Teóricamente no está permitido jugar sin cobrar. En Primera hay un mínimo obligatorio. Le comenté al presidente que ese mínimo fuese destinado a la Fundación. Pudo ser factible, y la verdad es que fue una gozada. ¡No sé si se lo pasaron mejor los chavales o nosotros!.
P. Pese a no ser producto de la cantera, usted ha sido un referente de compromiso. Pero compañeros suyos que sí han salido de Lezama han decidido abandonar el Athletic. ¿Qué opina?
R. Son noticias negativas. Me da pena porque, como aficionado que soy ahora, lo que quiero es que los mejores jugadores estén en el Athletic. Más allá de polémicas, me hubiera gustado que futbolistas de talla mundial, como son Javi Martínez, Fernando Llorente y Fernando Amorebieta, hubiesen seguido sus carreras aquí. A los jugadores del Athletic lo que nos empuja a seguir aquí no son las cantidades a cobrar, sino lo que queremos representar. Nuestro compromiso debe ser convencer a la gente de que esto es mucho más que un club y que es lo mejor que hay. Pero también entiendo que cada uno es libre de decidir su futuro.
P. Y hablando de futuro, ¿cuál quiere que sea el del arco de San Mamés?
R. Me da pena que no se pueda utilizar porque es un símbolo, es parte de la historia de nuestro club, y la historia siempre hay que respetarla. Estaría bien ubicarlo en algún sitio para que dentro de 20 años podamos explicar a los chavales que ese era el arco del viejo San Mamés, un símbolo para nosotros.
sábado, 25 de mayo de 2013
El Athletic Club (desde mis gafas de pasta) (III)
Artículo publicado por Lartaun de Auzmendi en jotdown.es
(Al escribir esta pieza no pretendo pontificar, provocar adhesión, empatía, coincidencia, alterar los ánimos, ni siquiera una identificación con el texto. La única razón que me mueve a escribir este artículo es la de poner luz sobre qué es para mí el club de mis amores. Otra luz. Un foco tan válido, o no, como tantísimos otros que durante los más de 114 años de historia se han publicado sobre el Athletic Club. Nada más.)
Un poco de filosofía autoimpuesta
La elección de unos criterios de procedencia de los jugadores por parte de la masa social del club —y a veces mangoneada por sus dirigentes— es, a estas alturas, el principal signo de distinción de esta entidad más que centenaria. La “filosofía” —como se la llama— no ha sido, empero, siempre la misma aunque sí similar. Volvamos al pasado.
Los primeros trece años del Athletic Club los hijos de los burgueses locales (los Acha, Sota y compañía) se alineaban junto a los venidos de Gran Bretaña, costumbre que terminó en 1911, dos años antes de que se inaugurara San Mamés.
A partir de que los alumnos creyeron estar a la altura de los teachers y de una desagradable denuncia —que no prosperó— por parte de los vecinos de San Sebastián, los dirigentes de la institución decidieron que “con la gente de casa” sería suficiente para competir con iruneses, santanderinos, madrileños o barceloneses. Y así fue.
Cuando el Athletic Club se planteó no seguir con los ingleses, las alineaciones de sus equipos estaban formadas mayoritariamente por vizcaínos. Si bien guipuzcoanos, alaveses y navarros fueron teniendo cabida en las filas rojiblancas de manera natural con el paso de los años. Las razones de esa apertura a las provincias cercanas pudieron ser dos principalmente: la necesidad de complementar un plantel al que le faltaba calidad por nutrirse solo de jugadores de Vizcaya, y la importancia económica y laboral del Gran Bilbao como foco de atracción de muchos jóvenes de las cercanías para finalizar sus estudios y buscarse una primera oportunidad laboral en un mundo tan cambiante, también en aquel entonces.
La llamada filosofía del Athletic Club no ha sido bien detallada a lo largo de los tiempos y como consecuencia de ello y de las, en ocasiones, errantes voluntades de quienes han estado al frente de la entidad, ha tenido viajes de ida y vuelta a terrenos que a veces han resultado poco lógicos.
Durante una época, el club no permitía que la primera plantilla contara con jugadores no nacidos en alguna de las siguientes provincias: Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y Navarra. Era algo que durante parte de los años 50, 60 y 70 se llevaba a rajatabla. Uno podía nacer en Soria y ser trasladado al mismo Bilbao en menos de un mes que no podría jugar en el Athletic Club ya jugara como los ángeles. Alguien pensó que ser tan estrictos haría del club un lugar más… algo. Vaya usted a saber.
El caso es que durante los años 30 y 40, y lejos ya de los recuerdos de los profes ingleses, jugó como brillante defensa un cántabro de nacimiento, de la localidad montañesa de Escalante para más señas, que rindió excelentemente y nunca abrió entre la afición ningún conflicto por su distingo natal. Me refiero a Isaac Oceja, de quien todo buen aficionado rojiblanco habrá oído hablar. Sin embargo, no se sabe por qué, un día alguien se levantó todo estupendo, purista, señalando con el índice la línea de marras en las partidas de nacimiento.
Y así se pueden citar casos de jugadores que nunca pudieron vestir la rojiblanca como el de Miguel Jones, delantero negro nacido en Guinea Ecuatorial pero que vivía en Bilbao desde los cinco años de edad. Acabó siendo un futbolista importante en el Atlético de Madrid. Otro caso es el de Chus Pereda, nacido en Medina de Pomar (Burgos) pero jugador del Valmaseda ya a los 15 años donde estuvo tres campañas antes de fichar por el segundo club de Bilbao, el Indauchu. Su origen hizo que el Athletic Club lo desestimara pese a haberse formado en Vizcaya y acabó fichando por el Real Madrid a los 20 años. El más sangrante, el de Gárate. José Eulogio Gárate, hijo, nieto y biznieto de eibarreses, vio la luz en Argentina porque sus padres estaban de vacaciones visitando a su abuelo exiliado en la localidad de Sarandí. Pocos meses después viajó a Eibar para no salir del pueblo hasta alcanzar la mayoría de edad. Comenzó jugando en la S.D. Eibar, fichó por la S.D. Indauchu y de allí hubo de marchar al Atlético de Madrid —donde hoy es auténtica leyenda— por la absurda pega del Athletic Club a que hubiera nacido en Argentina.
Por último citaré a uno cuya historia, amén de injusta, pudo de alguna forma vengar su hermano. Lázaro era un buen futbolista cuya ilusión era a comienzos de los 70 jugar en su Athletic del alma. Calidad le sobraba, compromiso, no digamos. Solo presentaba un problema, insalvable le dijeron mientras lloraba amargamente la noticia. Había nacido en Torres (Jaén) y pese a haber vivido toda la vida en Gallarta (Vizcaya) no podía jugar en su Athletic. Su hermano Manuel le dijo al verle absolutamente derrotado: “No te preocupes, Lázaro, que yo jugaré en el Athlétic, porque he nacido aquí y a mí no me pueden decir que no.” Y bingo, acabó ocurriendo. Manolo Sarabia vengó la afrenta sufrida por su hermano para convertirse en una figura del fútbol defendiendo los colores rojo y blanco.
A finales de los setenta la norma no escrita aparecida de repente años atrás se volvió más laxa desde los despachos. Así futbolistas como Luis Fernando, Patxi Ferreira, Loren o Ernesto Valverde, cuyas madres habían parido en Castilla o Extremadura, jugaron en el Athletic en los 80 y los 90. Aunque el caso más llamativo fue el del riojano Luis De la Fuente. Nacido y criado en Haro, el estupendo lateral izquierdo de la época dorada del Athletic de Clemente apareció en Lezama en edad juvenil a mediados de los 70. Algo había cambiado en las reglas sin que los socios hubieran participado en la discusión de las mismas, una vez más.
De la Fuente reabrió el camino y desde entonces la casuística ha sido tan variada como incomprensible en algunas ocasiones. Cualquier jugador criado en el País Vasco o Navarra o formado en las categorías inferiores de Lezama no tenía por qué haber nacido en el Vizcaya, Guipúzcoa, Álava o Navarra para llegar al primer equipo. Incluso para fichar a Bixente Lizarazu se apeló a que como había venido al mundo en San Juan de Luz (País vasco-francés o Iparralde) era vasco y por tanto susceptible de ser fichado. Sorprendió a pocos, y más de uno lo utilizó para decir que el Athletic Club jugaba ya con foráneos. Lo que no tuvo pase alguno, si se miraba a la eterna y etérea norma, fue la decisión de fichar a dos futbolistas riojanos que habían pasado por Osasuna pero no se habían formado en la cantera de Lezama. Aquello fue algo totalmente nuevo y soy de los que opinan que no había por dónde cogerlo. Me refiero a los casos de Ezquerro y José Mari, primera vez que se cruzaba una línea roja autoimpuesta sin dar cuenta de qué se estaba haciendo. Porque ni eran vasco-navarros, ni habían pasado por las inferiores del Athletic. Una vez más los regidores del club reinventaban la regla sin previa consulta a los dueños de la entidad. Un desprecio a los socios y la tradición.
Desde la salida, años más tarde, de José Mari y Ezquerro, no se ha vuelto a incurrir en fichajes de jugadores en similares circunstancias aunque alguna vez se ha intentado dejar claro desde la entidad que la trampa que se hicieron en el solitario había podido abrir una espita a la que poder acudir cuando se considerara oportuno.
Por su interés reproduzco textualmente el pequeño escrito que aparece en la web del club desde, al menos, 2010 y que atañe a la nueva definición de la filosofía del Athletic Club:
“El Athletic Club está radicado en Bilbao, provincia de Bizkaia (País Vasco). Nuestra filosofía deportiva se rige por el principio que determina que pueden jugar en sus filas los jugadores que se han hecho en la propia cantera y los formados en clubes de Euskal Herria, que engloba a las siguientes demarcaciones territoriales: Bizkaia, Gipuzkoa, Araba, Nafarroa, Lapurdi, Zuberoa y Nafarroa Behera, así como, por supuesto, los jugadores y jugadoras que hayan nacido en alguna de ellas”.
Dos casos curiosos a los que quisiera hacer mención son los de alguien que no fue y otro que apenas fue pero trajo cola. Me refiero a Benjamín (ex de Valladolid y Betis) y Mario Bermejo (aún jugando en el Celta en Primera). Benjamín Zarandona, de sobra conocido por cualquier aficionado al fútbol, era un jugador de raza negra de padre vizcaíno y madre guineana. Su buen nivel futbolístico hizo que sonara (y algo más) para el club de Ibaigane. Conozco varios socios —jovenes, por cierto— que me dijeron que romperían el carnet “si el Athletic ficha a un negro por mucho que su padre sea de aquí”. Hoy sigo convencido de que la junta directiva no se atrevió a cerrar el fichaje precisamente por el color de la piel del simpático Benjamín, porque nivel deportivo atesoraba. Y es que de pronto, los hijos de vascos también eran bienvenidos en el primer equipo del Athletic aunque fueran de Almería o de Santander, como era el caso de Mario Bermejo. De Bermejo se dijo que su padre había nacido en Bilbao y de ahí la posibilidad de jugar en el primer equipo. No es que jugara mucho, aunque le dio para debutar en la UEFA incluso, pero siendo como era cántabro un buen día fue llamado para jugar con la selección de Cantabria. El Athletic le prohibió jugar con la selección de su autonomía para que su ya de por sí polémico encaje en la tradición del club no diera más que hablar y se diera cuenta la gente de que se sentía cántabro.
Por cierto, el primer equipo ya ha jugado en varias ocasiones con un futbolista negro en sus filas, afortunadamente. Se trata del canterano Jonás Ramalho, baracaldés de nacimiento, de padre angoleño y madre vasca.
Sea como fuere, el Athletic Club sigue librando —porque así lo desea— una lucha desigual ante sus rivales por las extraordinarias limitaciones de sus caladeros futbolísticos. Limitaciones que van variando según la época, las circunstancias y el capricho de los de la corbata, pero de las que se sienten orgullosos la mayoría de sus socios y aficionados. Aunque no todos las mantendrían.
(Al escribir esta pieza no pretendo pontificar, provocar adhesión, empatía, coincidencia, alterar los ánimos, ni siquiera una identificación con el texto. La única razón que me mueve a escribir este artículo es la de poner luz sobre qué es para mí el club de mis amores. Otra luz. Un foco tan válido, o no, como tantísimos otros que durante los más de 114 años de historia se han publicado sobre el Athletic Club. Nada más.)
Un poco de filosofía autoimpuesta
La elección de unos criterios de procedencia de los jugadores por parte de la masa social del club —y a veces mangoneada por sus dirigentes— es, a estas alturas, el principal signo de distinción de esta entidad más que centenaria. La “filosofía” —como se la llama— no ha sido, empero, siempre la misma aunque sí similar. Volvamos al pasado.
Los primeros trece años del Athletic Club los hijos de los burgueses locales (los Acha, Sota y compañía) se alineaban junto a los venidos de Gran Bretaña, costumbre que terminó en 1911, dos años antes de que se inaugurara San Mamés.
A partir de que los alumnos creyeron estar a la altura de los teachers y de una desagradable denuncia —que no prosperó— por parte de los vecinos de San Sebastián, los dirigentes de la institución decidieron que “con la gente de casa” sería suficiente para competir con iruneses, santanderinos, madrileños o barceloneses. Y así fue.
Cuando el Athletic Club se planteó no seguir con los ingleses, las alineaciones de sus equipos estaban formadas mayoritariamente por vizcaínos. Si bien guipuzcoanos, alaveses y navarros fueron teniendo cabida en las filas rojiblancas de manera natural con el paso de los años. Las razones de esa apertura a las provincias cercanas pudieron ser dos principalmente: la necesidad de complementar un plantel al que le faltaba calidad por nutrirse solo de jugadores de Vizcaya, y la importancia económica y laboral del Gran Bilbao como foco de atracción de muchos jóvenes de las cercanías para finalizar sus estudios y buscarse una primera oportunidad laboral en un mundo tan cambiante, también en aquel entonces.
La llamada filosofía del Athletic Club no ha sido bien detallada a lo largo de los tiempos y como consecuencia de ello y de las, en ocasiones, errantes voluntades de quienes han estado al frente de la entidad, ha tenido viajes de ida y vuelta a terrenos que a veces han resultado poco lógicos.
Durante una época, el club no permitía que la primera plantilla contara con jugadores no nacidos en alguna de las siguientes provincias: Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y Navarra. Era algo que durante parte de los años 50, 60 y 70 se llevaba a rajatabla. Uno podía nacer en Soria y ser trasladado al mismo Bilbao en menos de un mes que no podría jugar en el Athletic Club ya jugara como los ángeles. Alguien pensó que ser tan estrictos haría del club un lugar más… algo. Vaya usted a saber.
El caso es que durante los años 30 y 40, y lejos ya de los recuerdos de los profes ingleses, jugó como brillante defensa un cántabro de nacimiento, de la localidad montañesa de Escalante para más señas, que rindió excelentemente y nunca abrió entre la afición ningún conflicto por su distingo natal. Me refiero a Isaac Oceja, de quien todo buen aficionado rojiblanco habrá oído hablar. Sin embargo, no se sabe por qué, un día alguien se levantó todo estupendo, purista, señalando con el índice la línea de marras en las partidas de nacimiento.
Y así se pueden citar casos de jugadores que nunca pudieron vestir la rojiblanca como el de Miguel Jones, delantero negro nacido en Guinea Ecuatorial pero que vivía en Bilbao desde los cinco años de edad. Acabó siendo un futbolista importante en el Atlético de Madrid. Otro caso es el de Chus Pereda, nacido en Medina de Pomar (Burgos) pero jugador del Valmaseda ya a los 15 años donde estuvo tres campañas antes de fichar por el segundo club de Bilbao, el Indauchu. Su origen hizo que el Athletic Club lo desestimara pese a haberse formado en Vizcaya y acabó fichando por el Real Madrid a los 20 años. El más sangrante, el de Gárate. José Eulogio Gárate, hijo, nieto y biznieto de eibarreses, vio la luz en Argentina porque sus padres estaban de vacaciones visitando a su abuelo exiliado en la localidad de Sarandí. Pocos meses después viajó a Eibar para no salir del pueblo hasta alcanzar la mayoría de edad. Comenzó jugando en la S.D. Eibar, fichó por la S.D. Indauchu y de allí hubo de marchar al Atlético de Madrid —donde hoy es auténtica leyenda— por la absurda pega del Athletic Club a que hubiera nacido en Argentina.
Por último citaré a uno cuya historia, amén de injusta, pudo de alguna forma vengar su hermano. Lázaro era un buen futbolista cuya ilusión era a comienzos de los 70 jugar en su Athletic del alma. Calidad le sobraba, compromiso, no digamos. Solo presentaba un problema, insalvable le dijeron mientras lloraba amargamente la noticia. Había nacido en Torres (Jaén) y pese a haber vivido toda la vida en Gallarta (Vizcaya) no podía jugar en su Athletic. Su hermano Manuel le dijo al verle absolutamente derrotado: “No te preocupes, Lázaro, que yo jugaré en el Athlétic, porque he nacido aquí y a mí no me pueden decir que no.” Y bingo, acabó ocurriendo. Manolo Sarabia vengó la afrenta sufrida por su hermano para convertirse en una figura del fútbol defendiendo los colores rojo y blanco.
A finales de los setenta la norma no escrita aparecida de repente años atrás se volvió más laxa desde los despachos. Así futbolistas como Luis Fernando, Patxi Ferreira, Loren o Ernesto Valverde, cuyas madres habían parido en Castilla o Extremadura, jugaron en el Athletic en los 80 y los 90. Aunque el caso más llamativo fue el del riojano Luis De la Fuente. Nacido y criado en Haro, el estupendo lateral izquierdo de la época dorada del Athletic de Clemente apareció en Lezama en edad juvenil a mediados de los 70. Algo había cambiado en las reglas sin que los socios hubieran participado en la discusión de las mismas, una vez más.
De la Fuente reabrió el camino y desde entonces la casuística ha sido tan variada como incomprensible en algunas ocasiones. Cualquier jugador criado en el País Vasco o Navarra o formado en las categorías inferiores de Lezama no tenía por qué haber nacido en el Vizcaya, Guipúzcoa, Álava o Navarra para llegar al primer equipo. Incluso para fichar a Bixente Lizarazu se apeló a que como había venido al mundo en San Juan de Luz (País vasco-francés o Iparralde) era vasco y por tanto susceptible de ser fichado. Sorprendió a pocos, y más de uno lo utilizó para decir que el Athletic Club jugaba ya con foráneos. Lo que no tuvo pase alguno, si se miraba a la eterna y etérea norma, fue la decisión de fichar a dos futbolistas riojanos que habían pasado por Osasuna pero no se habían formado en la cantera de Lezama. Aquello fue algo totalmente nuevo y soy de los que opinan que no había por dónde cogerlo. Me refiero a los casos de Ezquerro y José Mari, primera vez que se cruzaba una línea roja autoimpuesta sin dar cuenta de qué se estaba haciendo. Porque ni eran vasco-navarros, ni habían pasado por las inferiores del Athletic. Una vez más los regidores del club reinventaban la regla sin previa consulta a los dueños de la entidad. Un desprecio a los socios y la tradición.
Desde la salida, años más tarde, de José Mari y Ezquerro, no se ha vuelto a incurrir en fichajes de jugadores en similares circunstancias aunque alguna vez se ha intentado dejar claro desde la entidad que la trampa que se hicieron en el solitario había podido abrir una espita a la que poder acudir cuando se considerara oportuno.
Por su interés reproduzco textualmente el pequeño escrito que aparece en la web del club desde, al menos, 2010 y que atañe a la nueva definición de la filosofía del Athletic Club:
“El Athletic Club está radicado en Bilbao, provincia de Bizkaia (País Vasco). Nuestra filosofía deportiva se rige por el principio que determina que pueden jugar en sus filas los jugadores que se han hecho en la propia cantera y los formados en clubes de Euskal Herria, que engloba a las siguientes demarcaciones territoriales: Bizkaia, Gipuzkoa, Araba, Nafarroa, Lapurdi, Zuberoa y Nafarroa Behera, así como, por supuesto, los jugadores y jugadoras que hayan nacido en alguna de ellas”.
Dos casos curiosos a los que quisiera hacer mención son los de alguien que no fue y otro que apenas fue pero trajo cola. Me refiero a Benjamín (ex de Valladolid y Betis) y Mario Bermejo (aún jugando en el Celta en Primera). Benjamín Zarandona, de sobra conocido por cualquier aficionado al fútbol, era un jugador de raza negra de padre vizcaíno y madre guineana. Su buen nivel futbolístico hizo que sonara (y algo más) para el club de Ibaigane. Conozco varios socios —jovenes, por cierto— que me dijeron que romperían el carnet “si el Athletic ficha a un negro por mucho que su padre sea de aquí”. Hoy sigo convencido de que la junta directiva no se atrevió a cerrar el fichaje precisamente por el color de la piel del simpático Benjamín, porque nivel deportivo atesoraba. Y es que de pronto, los hijos de vascos también eran bienvenidos en el primer equipo del Athletic aunque fueran de Almería o de Santander, como era el caso de Mario Bermejo. De Bermejo se dijo que su padre había nacido en Bilbao y de ahí la posibilidad de jugar en el primer equipo. No es que jugara mucho, aunque le dio para debutar en la UEFA incluso, pero siendo como era cántabro un buen día fue llamado para jugar con la selección de Cantabria. El Athletic le prohibió jugar con la selección de su autonomía para que su ya de por sí polémico encaje en la tradición del club no diera más que hablar y se diera cuenta la gente de que se sentía cántabro.
Por cierto, el primer equipo ya ha jugado en varias ocasiones con un futbolista negro en sus filas, afortunadamente. Se trata del canterano Jonás Ramalho, baracaldés de nacimiento, de padre angoleño y madre vasca.
Sea como fuere, el Athletic Club sigue librando —porque así lo desea— una lucha desigual ante sus rivales por las extraordinarias limitaciones de sus caladeros futbolísticos. Limitaciones que van variando según la época, las circunstancias y el capricho de los de la corbata, pero de las que se sienten orgullosos la mayoría de sus socios y aficionados. Aunque no todos las mantendrían.
viernes, 24 de mayo de 2013
El Athletic Club (desde mis gafas de pasta) (II)
Artículo publicado por Lartaun de Auzmendi en jotdown.es
(Al escribir esta pieza no pretendo pontificar, provocar adhesión, empatía, coincidencia, alterar los ánimos, ni siquiera una identificación con el texto. La única razón que me mueve a escribir este artículo es la de poner luz sobre qué es para mí el club de mis amores. Otra luz. Un foco tan válido, o no, como tantísimos otros que durante los más de 114 años de historia se han publicado sobre el Athletic Club. Nada más.)
Por fin se fundó la Liga en 1928 y diez fueron los clubes fundadores y participantes en la primera edición de la competición. Cuatro equipos vascos —el Athletic Club entre ellos—, tres catalanes, dos madrileños y uno de Santander. Comenzaba así una época en la que convivían los torneos regionales, la Copa de España y la flamante y nueva Liga. Desde entonces, y como por todos es sabido, solo tres de aquellos clubes han acudido —sin fallo y por mérito propio— a su cita con la Primera División: el Athletic Club, el Real Madrid C.F. y el F.C. Barcelona.
La primera Liga (28/29) se la llevó el Barcelona siendo para los vizcaínos las dos siguientes, la primera de ellas invicto y logrando los dos primeros dobletes de la historia en España. Eran años de dominio bilbaíino en los que lo habitual era que Liga o Copa llegaran a la vitrinas del club vasco casi cada temporada. Estaban dirigidos por Mister Pentland, el coach del bombín que dejó para siempre el apelativo de “míster” en el fútbol español para referirse a los entrenadores.
Para entonces los rojiblancos no solo contaban con una sala de trofeos envidiable, sino que habían tenido en sus filas jugadores que pertenecerían por derecho propio a la historia del balompié nacional. Los Rafael Moreno “Pichichi“, el goalkeeper Gregorio Blasco, José Mari Belausteguigoitia “Belauste” (a mí, Sabino, el pelotón que los arrollo), Ignacio Aguirrezabala “Chirri II”, Victorio Unamuno, Agustín Sauto “Bata”, José “Chato” Iraragorri o Guillermo Gorostiza “Bala Roja”, siguen siendo aún muy renombrados muchas décadas después.
El alzamiento franquista y la posterior contienda entre los bandos en que se dividiría España provocaron que la Liga 35/36 (ganada por los rojiblancos) fuera la última disputada hasta el restablecimiento del torneo liguero tras la guerra. Muchos fueron los futbolistas de todo el país que se vieron obligados a luchar en el frente, si bien los mejores de entre los vascos salieron de España enrolados en la selección de Euzkadi camino de Europa. La selección emprendió así un éxodo promovido por el entonces Lendakari José Antonio Aguirre, exjugador del Athletic Club, con el fin de recaudar fondos para ayudar la causa republicana en la cruenta contienda española.
Entre los seleccionados que pudieron salir en 1937 para defender los colores de Euzkadi destacaban: Gregorio Blasco, Ángel Zubieta, “Chato” Iraragorri y Guillermo Gorostiza (Athletic Club), Serafín Aedo (Betis), Pedro Areso (Barcelona), Emilín Alonso y Luis Regueiro (Madrid), Isidro Lángara (Oviedo) y Chirri II (ex del Athletic Club pero entonces sin equipo). El entrenador era Pedro Vallana, exfutbolista del Arenas, único jugador en la historia de España que participó en tres JJ. OO. y que acabaría como colegiado de Primera.
Durante el 37 y el 38 recorrieron el viejo continente jugando contra equipos y selecciones, sobre todo de la Europa del Este, con grandes resultados a favor. Baste como muestra que su último partido del periplo acabó con una gran goleada a favor (11-1) con la selección danesa como víctima. Una vez caído Bilbao del lado del bando nacional, los componentes de Euzkadi tomaron rumbo a América donde harían grandes campañas. En México y en Cuba se impusieron a prácticamente cuantos rivales se les pusieron enfrente.
La selección vasca llegó a disputar una de las dos ligas más pujantes del país azteca bajo la denominación de Club Deportivo Euzkadi en la temporada 38/39. Según contaron los participantes vascos, ganaron el campeonato, aunque si hacemos caso a los apuntes de la Federación Mexicana de Fútbol, el C.D. Euzkadi fue segundo tras el Asturias F.C. Un éxito en cualquier caso. Aquella selección en el exilio contaba con siete jugadores del Athletic Club y Chirri II. Formaban la columna vertebral del combinado.
Acabada la guerra hubo rojiblancos que se quedaron, con gran éxito, en América como fueron los casos de Zubieta, Iraragorri y Blasco, y Chirri II o José Muguerza —tío del también eibarrés José Eulogio Gárate— (estos dos últimos para retirarse). Otros regresaron a España como Gorostiza y Roberto Echevarría para seguir jugando algún año más en Bilbao antes de pasar al Valencia y la Real Sociedad, respectivamente.
El fútbol volvería a disputarse de manera organizada en España en la temporada 39/40 y el Athletic Club tuvo que pescar en los clubes vecinos para formar un equipo de garantías. A la vuelta de los veteranos Gorostiza y Unamuno, se unieron las llegadas de jóvenes como Lezama (procedente de la liga inglesa), Zarra, Iriondo, Panizo o Gaínza. Costó, pero se aseguró el relevo.
La temporada 42/43 resultó todo un éxito para el Athletic Club, a la habitual Copa se sumó la consecución de la Liga para lograr otro doblete. Este grupo de jugadores a los que se sumaron Venancio y un veteranísimo Iraragorri, vuelto de hacer las Américas para jugar del 47 al 49 y entrenar al equipo nada más retirarse, fue capaz de llevarse además las Copas del 44, 45, 50 y 55. La segunda delantera histórica del club (Iriondo, Venancio, Zarra —récord no superado de seis “Pichichis”—, Panizo y Gaínza), heredera de la primera de los 30 (Lafuente, Iraragorri, Bata, Chirri II y Gorostiza), pasarían a la historia del fútbol español como icono futbolístico del balompié de la postguerra.
Agustín “Piru” Gaínza, 19 temporadas en el primer equipo a gran nivel, sirvió como enganche entre la generación de Zarra y la de los Carmelo, Orúe, Canito, Garay, Mauri, Maguregui, Artetxe, Markaida, Arieta, Uribe y el propio Gaínza. El equipo de “Los once aldeanos” como lo bautizaría el presidente Guzmán después de imponerse al Madrid de las Copas de Europa en la final de Copa del 58 en el mismo Chamartín. Aquellos chavales fueron capaces de lograr una Liga (55/56) y dos Copas (56 y 58) y por consiguiente otro doblete. En 1959 “Piru” decía adiós y con él se cerraba definitivamente un época dorada del fútbol en el Botxo. Su envidiable palmarés mostraba la consecución de dos Ligas y siete Copas, tan solo comparable a las del athlético más laureado, el “Chato” Iraragorri de las cuatro Ligas y cuatro Copas.
Los años 60 vieron el nacimiento de otro mito rojiblanco. Un portero tan solo comparable a gigantes como Ricardo Zamora, Luis Arconada e Iker Casillas en la historia del fútbol español: José Ángel Iribar, “El Chopo”. Formado en el fútbol playero de Zarauz y fichado del Basconia, Iribar fue el portero más importante de la segunda mitad del siglo XX en España. El “Iribar es cojonudo” se hizo más famoso que el Porrompompero de Manolo Escobar, y es que el efecto que supuso la llegada del meta guipuzcoano trascendió más allá del ámbito rojiblanco. Con él, un Athletic Club al que cada vez le costaba más competir contra los grandes rivales que contaban con los mejores extranjeros y el famoso coladero de los oriundos, se consiguieron dos Copas (69 y 73), dos subcampeonatos coperos (66 y 67), la pérdida de una Liga que ya se veía bilbaína en la temporada 69/70 y un subcampeonato de la UEFA (77), el mismo año que se perdía otra Copa más, esta a penaltis contra el Betis de Rafa Iriondo. Fueron 18 temporadas de indiscutible titularidad en las que contó con compañeros tan ilustres como Fidel Uriarte, Antón Arieta, Chechu Rojo, Ángel María Villar o un excelente interior zurdo al que las lesiones le apartaron demasiado pronto de la práctica deportiva, Javier Clemente. Asimismo, fue campeón de la Eurocopa de 1964 con la selección española.
Iribar hizo de puente entre “Los once aldeanos” de los últimos 50 y primeros 60 y los leones de Clemente de los primeros 80. El rubio de Baracaldo, un entrenador sin más experiencia que la de dirigir al Arenas, el Basconia y el Bilbao Athletic, llegó al primer equipo del club para dar la vuelta a la mentalidad de una plantilla cuyos integrantes gozaban de una mezcla de experiencia (provenientes del Athletic de la “Operación retorno” de los 70) y bisoñez —no exenta de calidad— surgida de un equipo filial en auge. Así los Rojo, Guisasola, Goikoetxea, Dani, Sarabia y Argote veían cómo iban a compartir caseta con integrantes de una generación como la de los Zubizarreta, Cedrún, Liceranzu, De la Fuente, De Andrés, Gallego, Sola y Urtubi. Pronto asomarían también los hermanos Salinas, justo a tiempo.
El equipo base lo conocíamos todos de memoria: Zubizarreta, Urkiaga, Goikoetxea, Liceranzu, De la Fuente, De Andrés, Gallego, Urtubi, Dani, Sarabia y Argote. Con Núñez, Sola y Noriega como recambios más frecuentes en unos tiempos en los que no existían las rotaciones y solo se permitían dos cambios por partido. Clemente era un treintañero muy echado para delante, conocedor del club, excelente motivador, exprimidor hasta el límite de sus plantillas y listo como los ratones colorados. Polémico, defensor a ultranza de lo suyo y su plantilla, provocador… quizá pueda recordar, siquiera levemente, a alguien de hoy en día. Con él, aquel aguerrido y extramotivado plantel fue capaz de ganar la Liga 82/83 (27 años después de la última), lograr el doblete de Liga y Copa en la 83/84 y llegar a la final copera el año siguiente. Todo ello frente a rivales como la Real, que venía de ganar dos Ligas consecutivas con Arconada, Zamora y Satrústegui, el Barcelona de Schuster y Maradona o el Real Madrid de Stielike, Juanito y Santillana.
El citado trienio de Clemente, de una trascendencia y mérito tremendos para Bilbao, fue un legado excelente dejado por el rubio. Esa fue la de cal. La de arena, hasta el punto de que resquebrajó por la mitad la armonía de la hinchada rojiblanca y dejó una enorme herida social que tardó años en cerrar, fue la obstinación del técnico vizcaíno por prescindir de Manolo Sarabia por razones tan extradeportivas como ignotas, o al menos no explicadas con sinceridad.
El traumático cese del joven técnico y la más tardía salida de Sarabia del club dieron paso una época más bien gris en la que solo la llegada de tres técnicos (Howard Kendall, Jupp Heynckes —en su primera etapa— y Luis Fernández) pusieron al Athletic Club en puestos de cierta relevancia. Tres momentos concretos en un lapso de casi 15 años que llevarían al equipo a la UEFA en alguna ocasión y a la Champions League tras hacerse con el subcampeonato liguero en la 97/98, el año del centenario de la institución.
Hay que destacar asimismo dos temporadas negras antes de cerrar el repaso al siglo XX. El año de Iribar como técnico (86/87) y la campaña 95/96, con Dragoslav Stepanovic. En ambas se vivieron flirteos con el descenso, situaciones nuevas para el aficionado bilbaino, sin duda.
El tránsito entre siglos vio cómo en el verde de San Mamés crecía el que ha sido el último gran ídolo de la parroquia bilbaína: Julen Guerrero. Con una primera mitad de carrera de primerísimo nivel internacional y una segunda etapa de doloroso y pronunciado declive, Guerrero resultó un jugador cuya impronta no quedaba marcada de una forma tan indeleble entre la afición de San Mamés desde la irrupción del genio de Sarabia en los ochenta.
[Continuará]
(Al escribir esta pieza no pretendo pontificar, provocar adhesión, empatía, coincidencia, alterar los ánimos, ni siquiera una identificación con el texto. La única razón que me mueve a escribir este artículo es la de poner luz sobre qué es para mí el club de mis amores. Otra luz. Un foco tan válido, o no, como tantísimos otros que durante los más de 114 años de historia se han publicado sobre el Athletic Club. Nada más.)
Por fin se fundó la Liga en 1928 y diez fueron los clubes fundadores y participantes en la primera edición de la competición. Cuatro equipos vascos —el Athletic Club entre ellos—, tres catalanes, dos madrileños y uno de Santander. Comenzaba así una época en la que convivían los torneos regionales, la Copa de España y la flamante y nueva Liga. Desde entonces, y como por todos es sabido, solo tres de aquellos clubes han acudido —sin fallo y por mérito propio— a su cita con la Primera División: el Athletic Club, el Real Madrid C.F. y el F.C. Barcelona.
La primera Liga (28/29) se la llevó el Barcelona siendo para los vizcaínos las dos siguientes, la primera de ellas invicto y logrando los dos primeros dobletes de la historia en España. Eran años de dominio bilbaíino en los que lo habitual era que Liga o Copa llegaran a la vitrinas del club vasco casi cada temporada. Estaban dirigidos por Mister Pentland, el coach del bombín que dejó para siempre el apelativo de “míster” en el fútbol español para referirse a los entrenadores.
Para entonces los rojiblancos no solo contaban con una sala de trofeos envidiable, sino que habían tenido en sus filas jugadores que pertenecerían por derecho propio a la historia del balompié nacional. Los Rafael Moreno “Pichichi“, el goalkeeper Gregorio Blasco, José Mari Belausteguigoitia “Belauste” (a mí, Sabino, el pelotón que los arrollo), Ignacio Aguirrezabala “Chirri II”, Victorio Unamuno, Agustín Sauto “Bata”, José “Chato” Iraragorri o Guillermo Gorostiza “Bala Roja”, siguen siendo aún muy renombrados muchas décadas después.
El alzamiento franquista y la posterior contienda entre los bandos en que se dividiría España provocaron que la Liga 35/36 (ganada por los rojiblancos) fuera la última disputada hasta el restablecimiento del torneo liguero tras la guerra. Muchos fueron los futbolistas de todo el país que se vieron obligados a luchar en el frente, si bien los mejores de entre los vascos salieron de España enrolados en la selección de Euzkadi camino de Europa. La selección emprendió así un éxodo promovido por el entonces Lendakari José Antonio Aguirre, exjugador del Athletic Club, con el fin de recaudar fondos para ayudar la causa republicana en la cruenta contienda española.
Entre los seleccionados que pudieron salir en 1937 para defender los colores de Euzkadi destacaban: Gregorio Blasco, Ángel Zubieta, “Chato” Iraragorri y Guillermo Gorostiza (Athletic Club), Serafín Aedo (Betis), Pedro Areso (Barcelona), Emilín Alonso y Luis Regueiro (Madrid), Isidro Lángara (Oviedo) y Chirri II (ex del Athletic Club pero entonces sin equipo). El entrenador era Pedro Vallana, exfutbolista del Arenas, único jugador en la historia de España que participó en tres JJ. OO. y que acabaría como colegiado de Primera.
Durante el 37 y el 38 recorrieron el viejo continente jugando contra equipos y selecciones, sobre todo de la Europa del Este, con grandes resultados a favor. Baste como muestra que su último partido del periplo acabó con una gran goleada a favor (11-1) con la selección danesa como víctima. Una vez caído Bilbao del lado del bando nacional, los componentes de Euzkadi tomaron rumbo a América donde harían grandes campañas. En México y en Cuba se impusieron a prácticamente cuantos rivales se les pusieron enfrente.
La selección vasca llegó a disputar una de las dos ligas más pujantes del país azteca bajo la denominación de Club Deportivo Euzkadi en la temporada 38/39. Según contaron los participantes vascos, ganaron el campeonato, aunque si hacemos caso a los apuntes de la Federación Mexicana de Fútbol, el C.D. Euzkadi fue segundo tras el Asturias F.C. Un éxito en cualquier caso. Aquella selección en el exilio contaba con siete jugadores del Athletic Club y Chirri II. Formaban la columna vertebral del combinado.
Acabada la guerra hubo rojiblancos que se quedaron, con gran éxito, en América como fueron los casos de Zubieta, Iraragorri y Blasco, y Chirri II o José Muguerza —tío del también eibarrés José Eulogio Gárate— (estos dos últimos para retirarse). Otros regresaron a España como Gorostiza y Roberto Echevarría para seguir jugando algún año más en Bilbao antes de pasar al Valencia y la Real Sociedad, respectivamente.
El fútbol volvería a disputarse de manera organizada en España en la temporada 39/40 y el Athletic Club tuvo que pescar en los clubes vecinos para formar un equipo de garantías. A la vuelta de los veteranos Gorostiza y Unamuno, se unieron las llegadas de jóvenes como Lezama (procedente de la liga inglesa), Zarra, Iriondo, Panizo o Gaínza. Costó, pero se aseguró el relevo.
La temporada 42/43 resultó todo un éxito para el Athletic Club, a la habitual Copa se sumó la consecución de la Liga para lograr otro doblete. Este grupo de jugadores a los que se sumaron Venancio y un veteranísimo Iraragorri, vuelto de hacer las Américas para jugar del 47 al 49 y entrenar al equipo nada más retirarse, fue capaz de llevarse además las Copas del 44, 45, 50 y 55. La segunda delantera histórica del club (Iriondo, Venancio, Zarra —récord no superado de seis “Pichichis”—, Panizo y Gaínza), heredera de la primera de los 30 (Lafuente, Iraragorri, Bata, Chirri II y Gorostiza), pasarían a la historia del fútbol español como icono futbolístico del balompié de la postguerra.
Agustín “Piru” Gaínza, 19 temporadas en el primer equipo a gran nivel, sirvió como enganche entre la generación de Zarra y la de los Carmelo, Orúe, Canito, Garay, Mauri, Maguregui, Artetxe, Markaida, Arieta, Uribe y el propio Gaínza. El equipo de “Los once aldeanos” como lo bautizaría el presidente Guzmán después de imponerse al Madrid de las Copas de Europa en la final de Copa del 58 en el mismo Chamartín. Aquellos chavales fueron capaces de lograr una Liga (55/56) y dos Copas (56 y 58) y por consiguiente otro doblete. En 1959 “Piru” decía adiós y con él se cerraba definitivamente un época dorada del fútbol en el Botxo. Su envidiable palmarés mostraba la consecución de dos Ligas y siete Copas, tan solo comparable a las del athlético más laureado, el “Chato” Iraragorri de las cuatro Ligas y cuatro Copas.
Los años 60 vieron el nacimiento de otro mito rojiblanco. Un portero tan solo comparable a gigantes como Ricardo Zamora, Luis Arconada e Iker Casillas en la historia del fútbol español: José Ángel Iribar, “El Chopo”. Formado en el fútbol playero de Zarauz y fichado del Basconia, Iribar fue el portero más importante de la segunda mitad del siglo XX en España. El “Iribar es cojonudo” se hizo más famoso que el Porrompompero de Manolo Escobar, y es que el efecto que supuso la llegada del meta guipuzcoano trascendió más allá del ámbito rojiblanco. Con él, un Athletic Club al que cada vez le costaba más competir contra los grandes rivales que contaban con los mejores extranjeros y el famoso coladero de los oriundos, se consiguieron dos Copas (69 y 73), dos subcampeonatos coperos (66 y 67), la pérdida de una Liga que ya se veía bilbaína en la temporada 69/70 y un subcampeonato de la UEFA (77), el mismo año que se perdía otra Copa más, esta a penaltis contra el Betis de Rafa Iriondo. Fueron 18 temporadas de indiscutible titularidad en las que contó con compañeros tan ilustres como Fidel Uriarte, Antón Arieta, Chechu Rojo, Ángel María Villar o un excelente interior zurdo al que las lesiones le apartaron demasiado pronto de la práctica deportiva, Javier Clemente. Asimismo, fue campeón de la Eurocopa de 1964 con la selección española.
Iribar hizo de puente entre “Los once aldeanos” de los últimos 50 y primeros 60 y los leones de Clemente de los primeros 80. El rubio de Baracaldo, un entrenador sin más experiencia que la de dirigir al Arenas, el Basconia y el Bilbao Athletic, llegó al primer equipo del club para dar la vuelta a la mentalidad de una plantilla cuyos integrantes gozaban de una mezcla de experiencia (provenientes del Athletic de la “Operación retorno” de los 70) y bisoñez —no exenta de calidad— surgida de un equipo filial en auge. Así los Rojo, Guisasola, Goikoetxea, Dani, Sarabia y Argote veían cómo iban a compartir caseta con integrantes de una generación como la de los Zubizarreta, Cedrún, Liceranzu, De la Fuente, De Andrés, Gallego, Sola y Urtubi. Pronto asomarían también los hermanos Salinas, justo a tiempo.
El equipo base lo conocíamos todos de memoria: Zubizarreta, Urkiaga, Goikoetxea, Liceranzu, De la Fuente, De Andrés, Gallego, Urtubi, Dani, Sarabia y Argote. Con Núñez, Sola y Noriega como recambios más frecuentes en unos tiempos en los que no existían las rotaciones y solo se permitían dos cambios por partido. Clemente era un treintañero muy echado para delante, conocedor del club, excelente motivador, exprimidor hasta el límite de sus plantillas y listo como los ratones colorados. Polémico, defensor a ultranza de lo suyo y su plantilla, provocador… quizá pueda recordar, siquiera levemente, a alguien de hoy en día. Con él, aquel aguerrido y extramotivado plantel fue capaz de ganar la Liga 82/83 (27 años después de la última), lograr el doblete de Liga y Copa en la 83/84 y llegar a la final copera el año siguiente. Todo ello frente a rivales como la Real, que venía de ganar dos Ligas consecutivas con Arconada, Zamora y Satrústegui, el Barcelona de Schuster y Maradona o el Real Madrid de Stielike, Juanito y Santillana.
El citado trienio de Clemente, de una trascendencia y mérito tremendos para Bilbao, fue un legado excelente dejado por el rubio. Esa fue la de cal. La de arena, hasta el punto de que resquebrajó por la mitad la armonía de la hinchada rojiblanca y dejó una enorme herida social que tardó años en cerrar, fue la obstinación del técnico vizcaíno por prescindir de Manolo Sarabia por razones tan extradeportivas como ignotas, o al menos no explicadas con sinceridad.
El traumático cese del joven técnico y la más tardía salida de Sarabia del club dieron paso una época más bien gris en la que solo la llegada de tres técnicos (Howard Kendall, Jupp Heynckes —en su primera etapa— y Luis Fernández) pusieron al Athletic Club en puestos de cierta relevancia. Tres momentos concretos en un lapso de casi 15 años que llevarían al equipo a la UEFA en alguna ocasión y a la Champions League tras hacerse con el subcampeonato liguero en la 97/98, el año del centenario de la institución.
Hay que destacar asimismo dos temporadas negras antes de cerrar el repaso al siglo XX. El año de Iribar como técnico (86/87) y la campaña 95/96, con Dragoslav Stepanovic. En ambas se vivieron flirteos con el descenso, situaciones nuevas para el aficionado bilbaino, sin duda.
El tránsito entre siglos vio cómo en el verde de San Mamés crecía el que ha sido el último gran ídolo de la parroquia bilbaína: Julen Guerrero. Con una primera mitad de carrera de primerísimo nivel internacional y una segunda etapa de doloroso y pronunciado declive, Guerrero resultó un jugador cuya impronta no quedaba marcada de una forma tan indeleble entre la afición de San Mamés desde la irrupción del genio de Sarabia en los ochenta.
[Continuará]
Salías a calentar y el campo ya rugía
Artículo publicado por Mikel Uriarte en marca.com el 22/05/13
Su exquisita zurda encandiló a la grada de San Mamés durante 17 temporadas
Jugador, entrenador y socio, en La Catedral Txetxu Rojo se siente como en casa
Txetxu Rojo es otra leyenda con mucho recorrido en el Athletic. Primero como jugador y después como técnico. En 17 temporadas vistiendo la camiseta rojiblanca ganó dos Copas del Rey y fue subcampeón de la Copa de la UEFA. En total, 541 partidos entre todas las competiciones. Sigue acudiendo a San Mamés a su localidad de socio y pocos días antes de hacerlo por última vez comparte con MARCA todas las sensaciones que le ha dejado su casa futbolística.
Pregunta. ¿Triste por el adiós de un estadio centenario como San Mamés?
Respuesta. La verdad es que sí. Lo voy a echar en falta. Ha sido mucho tiempo y te queda ahí. Desde la niñez, aunque es cierto que en la vida hay que cambiar las cosas y seguro que el nuevo estadio será más moderno y tendrá más comodidades.
P. Entre otras cosas, seguro que recuerda su debut con la primera plantilla.
R. Por supuesto. Fue contra el Atlético de Madrid. Recuerdo casi todos los partidos, pero aquel por ser el primero tiene un sentido especial y se te queda grabado.
P. Me imagino que tampoco olvidará su despedida.
R. Sí. Me retiré en 1982 y el partido homenaje que me hicieron fue contra Inglaterra. Fíjate que nunca se enfrentaban a clubes, sólo a selecciones. Tengo un gran recuerdo de aquel día y de cómo fue.
P. ¿Por qué este campo es especial?
R. Para nosotros es más fácil poder describirlo. Cuando venía de chaval con 12 años ya sentía lo que era esto. Incluso estando en mi casa de Begoña oía cuando el Athletic marcaba un gol. Eso se va transmitiendo. En la época de Maguregi o Piru Gainza recuerdo que poco antes de saltar el equipo a calentar, cuando tiraban los balones al césped todo el campo rugía. Aquello me impactó. Cuando debuté el vestuario estaba en el córner de Misericordia y era otra forma de sentirlo también. El campo tiene algo, notas a la gente muy cerca. Todos los rivales que he tenido siempre me decían que el estadio que más les gustaba era San Mamés. Por eso le hace más grande todavía.
P. ¿En aquella época el público era más pasional que ahora?
R. Tenían los dos momentos. Cuando no hacíamos las cosas bien, nos exigían mucho. Ahora ha cambiado algo eso, sí. Salvo algún fallo muy gordo, no hay casi quejas. Un jugador despeja un balón en largo y le aplauden esa decisión. Es distinto.
P. ¿El himno sonaba como ahora al saltar al campo?
R. En mis primeros años recuerdo a un aficionado que tenía una voz tremenda y cantaba él el himno y todo el mundo le seguía al unísono. Luego ya las últimas temporadas que empezaron a ponerlo sí que se notaba. Corrías más luego, se notaba ese gusanillo.
P. ¿Pierde algo la entidad con la demolición del campo?
R. Lo que es importante es que el Athletic recuerde esto. Que no vayamos al otro sitio y olvidemos todo lo que ha pasado aquí. Lo que se ha hecho y vivido hasta ahora tiene que perdurar.
P. Por cierto, ¿arco sí o no?
R. Hay gente preparada para tomar la decisión, pero creo que es una cosa emblemática y si se pudiera mantener, yo lo mantendría. No sé dónde ni cómo, aunque habría que hacerlo. En todos los sitios nos conocen por el arco del campo. Es algo que está en la historia del Athletic.
P. Al menos el nuevo campo está aquí mismo, como quien dice.
R. Cierto. Para el Athletic y la gente eso es fenomenal. Se puede venir andando y la ubicación es la idónea. Ojalá saquemos mucho provecho del mismo y, sobre todo, que sigamos con esa mentalidad de lo que es este club.
P. A ver si el domingo tiene una buena despedida.
R. Sí. El Levante ya tiene todo resuelto. Espero que se dé un partido abierto y que ganemos. Bastante hemos padecido este año y tal vez nos acordemos un poco en la despedida de eso. Para mí todos los que ha habido últimamente han sonado a despedida casi. Tiene que ser y punto.
Su exquisita zurda encandiló a la grada de San Mamés durante 17 temporadas
Jugador, entrenador y socio, en La Catedral Txetxu Rojo se siente como en casa
Txetxu Rojo es otra leyenda con mucho recorrido en el Athletic. Primero como jugador y después como técnico. En 17 temporadas vistiendo la camiseta rojiblanca ganó dos Copas del Rey y fue subcampeón de la Copa de la UEFA. En total, 541 partidos entre todas las competiciones. Sigue acudiendo a San Mamés a su localidad de socio y pocos días antes de hacerlo por última vez comparte con MARCA todas las sensaciones que le ha dejado su casa futbolística.
Pregunta. ¿Triste por el adiós de un estadio centenario como San Mamés?
Respuesta. La verdad es que sí. Lo voy a echar en falta. Ha sido mucho tiempo y te queda ahí. Desde la niñez, aunque es cierto que en la vida hay que cambiar las cosas y seguro que el nuevo estadio será más moderno y tendrá más comodidades.
P. Entre otras cosas, seguro que recuerda su debut con la primera plantilla.
R. Por supuesto. Fue contra el Atlético de Madrid. Recuerdo casi todos los partidos, pero aquel por ser el primero tiene un sentido especial y se te queda grabado.
P. Me imagino que tampoco olvidará su despedida.
R. Sí. Me retiré en 1982 y el partido homenaje que me hicieron fue contra Inglaterra. Fíjate que nunca se enfrentaban a clubes, sólo a selecciones. Tengo un gran recuerdo de aquel día y de cómo fue.
P. ¿Por qué este campo es especial?
R. Para nosotros es más fácil poder describirlo. Cuando venía de chaval con 12 años ya sentía lo que era esto. Incluso estando en mi casa de Begoña oía cuando el Athletic marcaba un gol. Eso se va transmitiendo. En la época de Maguregi o Piru Gainza recuerdo que poco antes de saltar el equipo a calentar, cuando tiraban los balones al césped todo el campo rugía. Aquello me impactó. Cuando debuté el vestuario estaba en el córner de Misericordia y era otra forma de sentirlo también. El campo tiene algo, notas a la gente muy cerca. Todos los rivales que he tenido siempre me decían que el estadio que más les gustaba era San Mamés. Por eso le hace más grande todavía.
P. ¿En aquella época el público era más pasional que ahora?
R. Tenían los dos momentos. Cuando no hacíamos las cosas bien, nos exigían mucho. Ahora ha cambiado algo eso, sí. Salvo algún fallo muy gordo, no hay casi quejas. Un jugador despeja un balón en largo y le aplauden esa decisión. Es distinto.
P. ¿El himno sonaba como ahora al saltar al campo?
R. En mis primeros años recuerdo a un aficionado que tenía una voz tremenda y cantaba él el himno y todo el mundo le seguía al unísono. Luego ya las últimas temporadas que empezaron a ponerlo sí que se notaba. Corrías más luego, se notaba ese gusanillo.
P. ¿Pierde algo la entidad con la demolición del campo?
R. Lo que es importante es que el Athletic recuerde esto. Que no vayamos al otro sitio y olvidemos todo lo que ha pasado aquí. Lo que se ha hecho y vivido hasta ahora tiene que perdurar.
P. Por cierto, ¿arco sí o no?
R. Hay gente preparada para tomar la decisión, pero creo que es una cosa emblemática y si se pudiera mantener, yo lo mantendría. No sé dónde ni cómo, aunque habría que hacerlo. En todos los sitios nos conocen por el arco del campo. Es algo que está en la historia del Athletic.
P. Al menos el nuevo campo está aquí mismo, como quien dice.
R. Cierto. Para el Athletic y la gente eso es fenomenal. Se puede venir andando y la ubicación es la idónea. Ojalá saquemos mucho provecho del mismo y, sobre todo, que sigamos con esa mentalidad de lo que es este club.
P. A ver si el domingo tiene una buena despedida.
R. Sí. El Levante ya tiene todo resuelto. Espero que se dé un partido abierto y que ganemos. Bastante hemos padecido este año y tal vez nos acordemos un poco en la despedida de eso. Para mí todos los que ha habido últimamente han sonado a despedida casi. Tiene que ser y punto.
jueves, 23 de mayo de 2013
Triste adiós al niño que soñaba con la camiseta del Athletic
Artículo publicado por Alejandro López en leonoticias.com el 22/05/13
Adrián Iglesias Navas falleció a los 16 años de edad en la mañana de este miércoles en su casa de Fabero, después de ocho años peleando contra el cáncer. Al joven berciano le diagnosticaron un tumor cerebral con ocho años, siendo un pequeño apasionado de las matemáticas y del fútbol, predilecciones que ha seguido teniendo hasta el fin de sus días.
Adrián se encontraba en un proceso médico difícil que le obligaba a reservar las mañanas para el descanso, salvo un día semanal en el que una profesora del servicio escolar a domicilio acudía al hogar del joven para darle sus correspondiente clases de 3º de la ESO, aunque las dos horas que le asignaban eran insuficientes para seguir el curso, algo que la familia de Adrián se encargaba de completar gracias al trabajo diario de sus padres y su hermana.
El único apoyo institucional que recibía eran esas dos horas de enseñanza. Ninguna más aportación recibía el berciano que en 2011 fue evaluado para recibir una ayuda a la dependencia y que no iba ser respondida hasta el 2014, cuando el grado de dependencia fuera mucho mayor que el valorado por la administración, aunque ya esa ayuda llegará tarde.
Los niños de su edad ya no iban por su casa y la soledad se compensaba con gestos honorables como los que tenía el jugador del Athletic Club de Bilbao Markel Susaeta, de quien Adrián era fan incondicional. El jugador y su familia siguen la evolución del faberense, le visitan y le envían regalos, que él agradece colocándolos en las vitrinas de su habitación-museo dedicada al equipo vasco que seguía su abuelo Felipe.
Adrián pasaba sus horas mezclando música house y electro, jugando al tetris en el ordenador, intercambiando mensajes en el Tuenti, riendo con los programas de José Mota o promocionando de boca a oreja el botillo, uno de sus platos favoritos.
La capilla ardiente del joven ya está instalada en el Tanatorio la Encina de Fabero y el funeral y entierro se celebrará el jueves día 23 de mayo a las 18:00 horas en la Iglesia Parroquial de San Nicolás de Fabero.
Goian Bego - Descanse en paz
Adrián Iglesias Navas falleció a los 16 años de edad en la mañana de este miércoles en su casa de Fabero, después de ocho años peleando contra el cáncer. Al joven berciano le diagnosticaron un tumor cerebral con ocho años, siendo un pequeño apasionado de las matemáticas y del fútbol, predilecciones que ha seguido teniendo hasta el fin de sus días.
Adrián se encontraba en un proceso médico difícil que le obligaba a reservar las mañanas para el descanso, salvo un día semanal en el que una profesora del servicio escolar a domicilio acudía al hogar del joven para darle sus correspondiente clases de 3º de la ESO, aunque las dos horas que le asignaban eran insuficientes para seguir el curso, algo que la familia de Adrián se encargaba de completar gracias al trabajo diario de sus padres y su hermana.
El único apoyo institucional que recibía eran esas dos horas de enseñanza. Ninguna más aportación recibía el berciano que en 2011 fue evaluado para recibir una ayuda a la dependencia y que no iba ser respondida hasta el 2014, cuando el grado de dependencia fuera mucho mayor que el valorado por la administración, aunque ya esa ayuda llegará tarde.
Los niños de su edad ya no iban por su casa y la soledad se compensaba con gestos honorables como los que tenía el jugador del Athletic Club de Bilbao Markel Susaeta, de quien Adrián era fan incondicional. El jugador y su familia siguen la evolución del faberense, le visitan y le envían regalos, que él agradece colocándolos en las vitrinas de su habitación-museo dedicada al equipo vasco que seguía su abuelo Felipe.
Adrián pasaba sus horas mezclando música house y electro, jugando al tetris en el ordenador, intercambiando mensajes en el Tuenti, riendo con los programas de José Mota o promocionando de boca a oreja el botillo, uno de sus platos favoritos.
La capilla ardiente del joven ya está instalada en el Tanatorio la Encina de Fabero y el funeral y entierro se celebrará el jueves día 23 de mayo a las 18:00 horas en la Iglesia Parroquial de San Nicolás de Fabero.
Goian Bego - Descanse en paz
El Athletic Club (desde mis gafas de pasta)
Artículo publicado por Lartaun de Auzmendi en jotdown.es
(Al escribir esta pieza no pretendo pontificar, provocar adhesión, empatía, coincidencia, alterar los ánimos, ni siquiera una identificación con el texto. La única razón que me mueve a escribir este artículo es la de poner luz sobre qué es para mí el club de mis amores. Otra luz. Un foco tan válido, o no, como tantísimos otros que durante los más de 114 años de historia se han publicado sobre el Athletic Club. Nada más.)
Un poco de historia
Hay que viajar dos siglos atrás para situar a la pujante industria vizcaína del momento. Los industriales de la margen derecha del Nervión —cuyos negocios estaban sitos en la margen contraria— miraban a una más avanzada Gran Bretaña para tratar de replicar los novedosos modelos que hacían de las Islas la avanzadilla europea en el marco de un nuevo paradigma.
Las relaciones vizcaíno-británicas conllevaron la llegada de nuevas sucursales inglesas, acuerdos de colaboración así como un enorme trasiego de capital humano que serviría de ayuda para comprender, digerir e implantar las claves de la nueva economía industrial. El Gran Bilbao se britanizó en unos pocos años.
Bilbao recibía así a numerosos jóvenes ingleses que en sus escasos momentos de esparcimiento aprovechaban para degustar la fecunda gastronomía local, acudir a los salones de baile y practicar, allí donde hubiera una campa, un juego llamado foot-ball que ya levantaba pasiones en su país de origen. Las relaciones fabriles entre ingenieros, químicos, capataces y mecánicos llegados de Inglaterra y los hijos de los industriales locales estaban abocadas a terminar encontrándose en un rectángulo verde. Y así fue.
La pericia, la técnica y el conocimiento del reglamento del juego eran la base sobre la que se hacían valer los extranjeros para batir en buena lid a los locales que no contaban con más formación atlética que la adquirida en los frontones de pelota vasca, el remo, el ciclismo o la gimnasia sueca, muy en boga en la época.
Dicen las crónicas que en 1894 un bravo ciudadano bilbaino retó a aquellos chicos llegados de las Islas a un encuentro de aquel sport del que tanto presumían. Las campas de Lamiaco vieron cómo los locales caían por seis tantos a cero, lógicamente.
En cualquier caso, aquellos vizcaínos de buena planta y mayor orgullo pusieron todo de su parte para en un medio plazo poder llegar a mezclarse con sus foráneos maestros en el mismo once. Porque ese momento llegó más pronto que tarde.
En 1898, y tras un aprendizaje necesario, 33 aficionados a la práctica deportiva crearon en el bilbaino Gimnasio Zamacois un equipo de foot-ball local. El Athletic Club. Ese fue, ha sido y es su nombre. El apéndice “de Bilba” al que siempre se hace referencia se debe a la villa que le vio nacer, pero no pertenece a su denominación. La fundación estatutaria del club, no obstante, no tuvo lugar hasta tres años más tarde, el 5 de abril de 1901.
Coetáneo del Athletic Club la capital vizcaína contaba con equipo local, el Bilbao F.C. Solían ambas escuadras retarse con regularidad en el probadero hípico de Lamiaco para dirimir la primacía local con entradas de hasta 3.000 espectadores que poco a poco se iban haciendo al nuevo espectáculo llegado desde Gran Bretaña.
En 1902 un combinado de ambos clubes se presentó para la disputa del primer trofeo nacional organizado, el de la Copa de Alfonso XIII. Bajo el nombre de “Bizcaya” acabaron imponiéndose fácilmente al Español de Barcelona (5-0), el New Club de Madrid (8-1) y por la mínima (2-1) al Barcelona.
El año de 1903 fue difícil para ambos clubes, el Bilbao F.C. se disolvió para integrarse sus socios en el Athletic Club y este estuvo a punto de desaparecer por una serie de vicisitudes de índole económica. Pero resistió. Tanto es así que ese mismo año de 1903 y el siguiente, y ya bajo el nombre que hoy todos conocemos, volvió a ganar la Copa.
En aquel Bizcaya de 1902 jugaron la Copa ingleses como Davies, Evans, Langford y MacLenan. Más tarde pasarían por las alineaciones bilbainas otros isleños como Burns, Cockram, Dyer, Graham, Martins, Mills, Sloop, Smith y Veich. Habían sido ellos, y muchos otros, los maestros. Y en Bilbao se les valoraba, respetaba y se les quería. Eran parte importante del Athletic Club del inicio del siglo XX.
Los últimos británicos en vestir la zamarra del club lo hicieron en 1911. Desde entonces, y por expreso deseo de la masa social, solo jugarían jugadores de los alrededores. Comenzaba por tanto una nueva época para el Athletic Club en la que la que la juventud local estaba ya lo suficientemente preparada para hacer frente a durísimos rivales vascos como el Racing Club de Irún y el Irún Sporting Club (posteriormente fusionados resultando el Real Unión de Irún), el Arenas de Guecho o la Real Sociedad de San Sebastián (Club Ciclista de San Sebastián en sus inicios), entre los más destacados.
En aquellos comienzos del balompié solo se disputaban torneos regionales y la Copa de España. La fundación de la Liga no llegaría hasta 1928. El Athletic Club se hizo, hasta la llegada del torneo de la regularidad, con diez Copas de España (una con el nombre de Bizcaya y que nunca se le suma oficialmente a las 23 que ha ganado hasta el día de hoy como Athletic Club) y otros diez Campeonatos Regionales de Vizcaya o Campeonatos Regionales del Norte, como se les llamó en un principio.
[Continuará]
(Al escribir esta pieza no pretendo pontificar, provocar adhesión, empatía, coincidencia, alterar los ánimos, ni siquiera una identificación con el texto. La única razón que me mueve a escribir este artículo es la de poner luz sobre qué es para mí el club de mis amores. Otra luz. Un foco tan válido, o no, como tantísimos otros que durante los más de 114 años de historia se han publicado sobre el Athletic Club. Nada más.)
Un poco de historia
Hay que viajar dos siglos atrás para situar a la pujante industria vizcaína del momento. Los industriales de la margen derecha del Nervión —cuyos negocios estaban sitos en la margen contraria— miraban a una más avanzada Gran Bretaña para tratar de replicar los novedosos modelos que hacían de las Islas la avanzadilla europea en el marco de un nuevo paradigma.
Las relaciones vizcaíno-británicas conllevaron la llegada de nuevas sucursales inglesas, acuerdos de colaboración así como un enorme trasiego de capital humano que serviría de ayuda para comprender, digerir e implantar las claves de la nueva economía industrial. El Gran Bilbao se britanizó en unos pocos años.
Bilbao recibía así a numerosos jóvenes ingleses que en sus escasos momentos de esparcimiento aprovechaban para degustar la fecunda gastronomía local, acudir a los salones de baile y practicar, allí donde hubiera una campa, un juego llamado foot-ball que ya levantaba pasiones en su país de origen. Las relaciones fabriles entre ingenieros, químicos, capataces y mecánicos llegados de Inglaterra y los hijos de los industriales locales estaban abocadas a terminar encontrándose en un rectángulo verde. Y así fue.
La pericia, la técnica y el conocimiento del reglamento del juego eran la base sobre la que se hacían valer los extranjeros para batir en buena lid a los locales que no contaban con más formación atlética que la adquirida en los frontones de pelota vasca, el remo, el ciclismo o la gimnasia sueca, muy en boga en la época.
Dicen las crónicas que en 1894 un bravo ciudadano bilbaino retó a aquellos chicos llegados de las Islas a un encuentro de aquel sport del que tanto presumían. Las campas de Lamiaco vieron cómo los locales caían por seis tantos a cero, lógicamente.
En cualquier caso, aquellos vizcaínos de buena planta y mayor orgullo pusieron todo de su parte para en un medio plazo poder llegar a mezclarse con sus foráneos maestros en el mismo once. Porque ese momento llegó más pronto que tarde.
En 1898, y tras un aprendizaje necesario, 33 aficionados a la práctica deportiva crearon en el bilbaino Gimnasio Zamacois un equipo de foot-ball local. El Athletic Club. Ese fue, ha sido y es su nombre. El apéndice “de Bilba” al que siempre se hace referencia se debe a la villa que le vio nacer, pero no pertenece a su denominación. La fundación estatutaria del club, no obstante, no tuvo lugar hasta tres años más tarde, el 5 de abril de 1901.
Coetáneo del Athletic Club la capital vizcaína contaba con equipo local, el Bilbao F.C. Solían ambas escuadras retarse con regularidad en el probadero hípico de Lamiaco para dirimir la primacía local con entradas de hasta 3.000 espectadores que poco a poco se iban haciendo al nuevo espectáculo llegado desde Gran Bretaña.
En 1902 un combinado de ambos clubes se presentó para la disputa del primer trofeo nacional organizado, el de la Copa de Alfonso XIII. Bajo el nombre de “Bizcaya” acabaron imponiéndose fácilmente al Español de Barcelona (5-0), el New Club de Madrid (8-1) y por la mínima (2-1) al Barcelona.
El año de 1903 fue difícil para ambos clubes, el Bilbao F.C. se disolvió para integrarse sus socios en el Athletic Club y este estuvo a punto de desaparecer por una serie de vicisitudes de índole económica. Pero resistió. Tanto es así que ese mismo año de 1903 y el siguiente, y ya bajo el nombre que hoy todos conocemos, volvió a ganar la Copa.
En aquel Bizcaya de 1902 jugaron la Copa ingleses como Davies, Evans, Langford y MacLenan. Más tarde pasarían por las alineaciones bilbainas otros isleños como Burns, Cockram, Dyer, Graham, Martins, Mills, Sloop, Smith y Veich. Habían sido ellos, y muchos otros, los maestros. Y en Bilbao se les valoraba, respetaba y se les quería. Eran parte importante del Athletic Club del inicio del siglo XX.
Los últimos británicos en vestir la zamarra del club lo hicieron en 1911. Desde entonces, y por expreso deseo de la masa social, solo jugarían jugadores de los alrededores. Comenzaba por tanto una nueva época para el Athletic Club en la que la que la juventud local estaba ya lo suficientemente preparada para hacer frente a durísimos rivales vascos como el Racing Club de Irún y el Irún Sporting Club (posteriormente fusionados resultando el Real Unión de Irún), el Arenas de Guecho o la Real Sociedad de San Sebastián (Club Ciclista de San Sebastián en sus inicios), entre los más destacados.
En aquellos comienzos del balompié solo se disputaban torneos regionales y la Copa de España. La fundación de la Liga no llegaría hasta 1928. El Athletic Club se hizo, hasta la llegada del torneo de la regularidad, con diez Copas de España (una con el nombre de Bizcaya y que nunca se le suma oficialmente a las 23 que ha ganado hasta el día de hoy como Athletic Club) y otros diez Campeonatos Regionales de Vizcaya o Campeonatos Regionales del Norte, como se les llamó en un principio.
[Continuará]
Las sensaciones no se van nunca
Artículo publicado por Mikel Uriarte en marca.com el 21/05/13
Dani se sigue poniendo nervioso al pisar el césped de San Mamés y más cuando está tan cerca su demolición
El histórico 7 del Athletic reconoce que es algo imposible de olvidar
Pronunciar el nombre de Dani en el Athletic es sinónimo de leyenda, de ídolo. Es referirse al segundo máximo goleador en toda la historia del equipo rojiblanco por detrás de Telmo Zarra. Es recordar los dos últimos títulos ligueros de los leones. O es rememorar parte de lo que ha sido la historia de un campo centenario como San Mamés.
Pregunta. Doce temporadas pisando este césped. Qué de cosas tendrá en la cabeza, ¿no?
Respuesta. Por supuesto. De todo tipo además. Muchas alegrías y alguna que otra tristeza, porque en el deporte siempre tienes esas dos circunstancias.
P. ¿Qué hace diferente este campo del resto?
R. Es especial por el público, que es diferente y lo ha demostrado siempre y porque nuestro equipo es distinto a los demás. Esas dos cosas juntas hacen que la gente de fuera nos tenga un respeto y sepan a dónde vienen. El resto de contrarios siempre han sido muy agradecidos y han venido con muchas ganas a San Mamés, porque para ellos también era distinto jugar aquí.
P. Aparece por el túnel de vestuarios hacia el campo y suena el himno. ¿Qué sentía?
R. Las sensaciones de jugar aquí no se me han quitado nunca. Todavía las sigo teniendo ahora, porque me pongo nervioso incluso antes de salir la actual plantilla al césped. En mi época de jugador, aun siendo titular siempre estaba con ese nerviosismo cuando Koldo Aguirre, Rafa Iriondo o Javi Clemente iban a decir el once. Cuando decían mi nombre ya respiraba tranquilo y pensaba "ya juego". Ese cosquilleo es que el que te transmite la afición. La ilusión por jugar todos los encuentros, pero que desaparece cuando saltas al campo porque al verlo como está siempre se te acaba todo. Por eso el espíritu siempre ha sido el de darlo todo, pelear y luchar.
P. Ha marcado 199 goles en los 12 años que estuvo en la primera plantilla. ¿Recuerda alguno con cariño?
R. Sí. El 2-1 que le hice en la portería de misericordia al Real Madrid y que luego al empatar a puntos a final de temporada nos valió por el 'golaverage' para ganar la Liga. Nunca se me olvidará porque además mucha gente me lo sigue recordando. Y eso que quedaban muchos partidos todavía para el final del campeonato.
P. ¿Entonces el aficionado era más pasional que ahora?
R. Era distinto. El público de San Mamés ha cambiado mucho. Alguna vez le he oído decir a Txetxu Rojo que ahora con una jugada de menor vistosidad el seguidor aplaude antes. En nuestra época era distinto. La afición era más selecta, más catedrática. Cuando realmente había jugadas impresionantes había una ovación. Hoy la gente es más espontánea, de aplauso fácil. Entonces, el jugador valoraba más lo que hacía y veía que lo tenía que hacer muy bien para que La Catedral le ovacionara. Se ve gente más joven, más niños e incluso más mujeres, lo cual es muy bueno para el Athletic y el fútbol.
P. Se van 100 años de historia. ¿Pierde mucho la entidad con la demolición de San Mamés?
R. No creo. Te puede entristecer porque cuando pierdes una cosa es triste, pero es una realidad de la vida. Cuando quitabas el seiscientos en nuestra época y cambiabas a otro coche te apenaba, pero cuando haces el cambio te das cuenta de que había que hacerlo porque era necesario. Pues esto es igual. Hoy en día es un campo que tiene muchos recuerdos, pero te das cuenta de que hay que cambiar porque hay dificultades de cara a partidos internacionales, de alto riesgo, equipos de evacuación, medidas de seguridad, las propias localidades son bastante incómodas… Vamos a mejor y tenemos la suerte de trasladar un estadio mítico unos metros, girarlo. El problema sería que hubiera un traslado a las afueras de la ciudad. Eso sería un problema grande para toda la gente. Vamos a tener la ventaja de estrenar un estadio que va a ser la envidia a nivel europeo.
P. Lo ideal, despedirlo el domingo con un buen resultado.
R. Siempre es agradable despedirse bien, pero este año no sé si lo vamos a poder conseguir porque el año no ha sido bueno.
P. ¿Tiene alguna solución para el arco?
R. Son cosas de las personas que están haciendo el campo y quizás el hecho de trasladarlo de un sitio a otro puede costar bastante. No me desagradaría, eso sí, que pudiera estar en algún sitio de forma simbólica como se ha podido hacer con otras cosas antiguas. Quizá no encaje en el campo nuevo, pero tal vez haya una forma de poder ubicarlo en algún lugar con la idea de que la gente lo identifique con la historia del Athletic.
Dani se sigue poniendo nervioso al pisar el césped de San Mamés y más cuando está tan cerca su demolición
El histórico 7 del Athletic reconoce que es algo imposible de olvidar
Pronunciar el nombre de Dani en el Athletic es sinónimo de leyenda, de ídolo. Es referirse al segundo máximo goleador en toda la historia del equipo rojiblanco por detrás de Telmo Zarra. Es recordar los dos últimos títulos ligueros de los leones. O es rememorar parte de lo que ha sido la historia de un campo centenario como San Mamés.
Pregunta. Doce temporadas pisando este césped. Qué de cosas tendrá en la cabeza, ¿no?
Respuesta. Por supuesto. De todo tipo además. Muchas alegrías y alguna que otra tristeza, porque en el deporte siempre tienes esas dos circunstancias.
P. ¿Qué hace diferente este campo del resto?
R. Es especial por el público, que es diferente y lo ha demostrado siempre y porque nuestro equipo es distinto a los demás. Esas dos cosas juntas hacen que la gente de fuera nos tenga un respeto y sepan a dónde vienen. El resto de contrarios siempre han sido muy agradecidos y han venido con muchas ganas a San Mamés, porque para ellos también era distinto jugar aquí.
P. Aparece por el túnel de vestuarios hacia el campo y suena el himno. ¿Qué sentía?
R. Las sensaciones de jugar aquí no se me han quitado nunca. Todavía las sigo teniendo ahora, porque me pongo nervioso incluso antes de salir la actual plantilla al césped. En mi época de jugador, aun siendo titular siempre estaba con ese nerviosismo cuando Koldo Aguirre, Rafa Iriondo o Javi Clemente iban a decir el once. Cuando decían mi nombre ya respiraba tranquilo y pensaba "ya juego". Ese cosquilleo es que el que te transmite la afición. La ilusión por jugar todos los encuentros, pero que desaparece cuando saltas al campo porque al verlo como está siempre se te acaba todo. Por eso el espíritu siempre ha sido el de darlo todo, pelear y luchar.
P. Ha marcado 199 goles en los 12 años que estuvo en la primera plantilla. ¿Recuerda alguno con cariño?
R. Sí. El 2-1 que le hice en la portería de misericordia al Real Madrid y que luego al empatar a puntos a final de temporada nos valió por el 'golaverage' para ganar la Liga. Nunca se me olvidará porque además mucha gente me lo sigue recordando. Y eso que quedaban muchos partidos todavía para el final del campeonato.
P. ¿Entonces el aficionado era más pasional que ahora?
R. Era distinto. El público de San Mamés ha cambiado mucho. Alguna vez le he oído decir a Txetxu Rojo que ahora con una jugada de menor vistosidad el seguidor aplaude antes. En nuestra época era distinto. La afición era más selecta, más catedrática. Cuando realmente había jugadas impresionantes había una ovación. Hoy la gente es más espontánea, de aplauso fácil. Entonces, el jugador valoraba más lo que hacía y veía que lo tenía que hacer muy bien para que La Catedral le ovacionara. Se ve gente más joven, más niños e incluso más mujeres, lo cual es muy bueno para el Athletic y el fútbol.
P. Se van 100 años de historia. ¿Pierde mucho la entidad con la demolición de San Mamés?
R. No creo. Te puede entristecer porque cuando pierdes una cosa es triste, pero es una realidad de la vida. Cuando quitabas el seiscientos en nuestra época y cambiabas a otro coche te apenaba, pero cuando haces el cambio te das cuenta de que había que hacerlo porque era necesario. Pues esto es igual. Hoy en día es un campo que tiene muchos recuerdos, pero te das cuenta de que hay que cambiar porque hay dificultades de cara a partidos internacionales, de alto riesgo, equipos de evacuación, medidas de seguridad, las propias localidades son bastante incómodas… Vamos a mejor y tenemos la suerte de trasladar un estadio mítico unos metros, girarlo. El problema sería que hubiera un traslado a las afueras de la ciudad. Eso sería un problema grande para toda la gente. Vamos a tener la ventaja de estrenar un estadio que va a ser la envidia a nivel europeo.
P. Lo ideal, despedirlo el domingo con un buen resultado.
R. Siempre es agradable despedirse bien, pero este año no sé si lo vamos a poder conseguir porque el año no ha sido bueno.
P. ¿Tiene alguna solución para el arco?
R. Son cosas de las personas que están haciendo el campo y quizás el hecho de trasladarlo de un sitio a otro puede costar bastante. No me desagradaría, eso sí, que pudiera estar en algún sitio de forma simbólica como se ha podido hacer con otras cosas antiguas. Quizá no encaje en el campo nuevo, pero tal vez haya una forma de poder ubicarlo en algún lugar con la idea de que la gente lo identifique con la historia del Athletic.
lunes, 20 de mayo de 2013
Mensaje en las lágrimas
Artículo publicado por Lartaun de Azumendi en jotdown.es
Me asomé al fútbol en vivo en 1977, el año de la UEFA perdida contra la Juve y la Copa que tampoco nos llevamos contra el Betis en aquella cruel, por infinita, tanda de penaltis. He visto cómo fallábamos en esas dos ocasiones y en un par de Copas más: 1985 y 2009, por no citar las veces que nos quedamos por el camino. Un debe bastante generoso.
El haber, no obstante, lo calla todo. Pertenezco de por vida a esa multitud que se apostó a ambos lados de la Ría celebrando las subidas de la gabarra liguera de la primavera del 83 y la de un curso después con el doblete en el zurrón. Desde entonces supe que futbolísticamente ya me podía morir, pues había visto alcanzar la tierra prometida a un pueblo en armoniosa comunión con su equipo. No diré que ganar dejara de tener importancia, y más cuando no ha vuelto a ocurrir desde entonces, pero sí he sabido, como Obélix, sobrevivir de las rentas tras esa inmersión en la marmita del mayor éxtasis conocido jamás en Vizcaya.
Desde entonces, transito con la mirada puesta en un club que apostó por conservar un ideal y me maldigo ante la rabia que me produce que un puñado de generaciones de mi tierra conozca la vasta gloria rojiblanca por boca de sus mayores, que ejercen de incansables juglares del siglo XXI, con la esperanza de que la realidad les obligue a jubilarse por innecesarios.
Sigo huyendo del juego del balón propiamente. Anoche, cuando se hubo acabado el encuentro, me sorprendí concentrado tratando de distinguir quiénes eran aquellos chicos que lloraban o se acostaban boca abajo en el verde. Un inusitado interés por lo aparentemente accesorio en el transcurso de la noche surgió en mí y fui tomando nota. Muniain se desgarraba compungido sin aparente consuelo pese a la atención de propios y rivales. Fernando Llorente, el 9 de Del Bosque, mostraba sus húmedos ojos con ausencia de congoja pero semblante virado. Javi Martínez, campeón del mundo como el ariete, tampoco mantenía su gesto habitual. Leones sentados, tumbados, de rodillas… ¿Little Big Horn? No, el término de una final sin emoción en el marcador. Y ahí paré de pensar.
Mientras la retransmisión de Telecinco ofrecía saltos de alborozo de la plantilla del Cholo y aficionados empapados en tristeza, me salió al encuentro una imagen inesperada que me sacó de mi estado de quietud. Gaizka Toquero estaba llorando a lágrima viva. ¿Toquero? Sí, como una magdalena. Una fría sensación me recorrió al instante la espina dorsal; y lo entendí todo.
El futbolista, generalizo por injusto que pueda resultar, es vanidoso, joven, fuerte, está idolatrado y, a estos niveles de empleo, ingresa como para no preocuparse hasta que le visite la parca. Es, pues, lógico ver a los dos campeones del mundo del Athletic Club desencantados y fastidiados. Tampoco ha de extrañar que ese chico descarado, al que en el vestuario apodaran los de la anterior generación como Bart, no pudiera encontrar la calma en esa llorera tan sentida como imparable. Al fin y al cabo, Iker es aún casi un niño con muchos ratos entre adultos y todos hemos pasado por vernos impotentes a esas edades. Los futbolistas de élite tienen el ratio satisfacción/decepción muy alto comúnmente y por eso cuando caen en un episodio importante algunos se transforman.
Apuesto a que la mayor parte de los futbolistas de Bielsa al término del partido tuvieron la sensación de haber desaprovechado una oportunidad que quién sabe si no será única en sus carreras. Porque los rojiblancos de San Mamés son insultantemente jóvenes, sí, pero hay que recordar que desde la ocasión anterior a ésta de Bucarest habían transcurrido 35 años. También se acordarían, entiendo, de las familias, las novias e incluso de los hinchas que se desplazaron y de los que se tuvieron que quedar en casa. Sin duda. Pero a lo de Toquero le encuentro más matices. Sus lágrimas me dijeron más.
De Gaizka Toquero se sabe en toda España el “Ari, ari, ari…”, lo tosco de su estilo, la calva que luce, la raza que le pone a todas sus acciones desde que salta al césped, su dorsal de lateral derecho pese a jugar arriba y el enorme cariño que le profesa cada jornada la parroquia bilbaína. Pero no puede ser que Toquero caiga tan bien sólo por esos rasgos ciertamente particulares. Tiene que haber algo más, y lo hay. Gaizka sabe que su nivel estrictamente futbolístico no alcanza para grandes cotas, pero esas carencias técnicas las compensa con su actitud y con el hecho de saber dónde está. Toquero es cualquiera de nosotros. Cada aficionado del Athletic ha soñado alguna vez con jugar en el club de sus amores pese a no tener el nivel requerido. Por eso, todos somos Toquero cada partido que juega. Representa al futbolista menos estilista y, por tanto, más parecido al seguidor rojiblanco de a pie. Yo querría haber sido Toquero. O dicho de otra manera: Yo soy un poco Toquero, ahí abajo en el verde.
Por eso lloraba el bueno del 2 del Athletic, quiero pensar. Por sí mismo, porque marcó en 2009 ante el Barcelona en la Copa para luego caer goleado, por dejar escapar otra final… pero fundamentalmente porque él sabía cuando saltaba al campo en el minuto 63 que llevaba a centenares de miles de aficionados dentro de su camiseta. Porque si juegas en el Athletic eres capaz de perder un brazo por engalanar la Ría para los tuyos. Y es que Cibeles, Canaletas o Neptuno tienen su aquél. Pero, ¡ay, la gabarra! Palabras mayores.
Yo digo que veremos la gabarra de Toquero porque para eso elegimos ser como somos. Las lágrimas de Gaizka Toquero llevaban amarradas a sus mejillas la rabia de todo un pueblo rojiblanco, de gente de Bilbao, de Durango, de Zarautz, de Almendralejo, de Albacete y de Nueva York. Lágrimas con un mensaje que se puede leer entre líneas y que representan el pegamento que nos une a todos: el Athletic Club. Los once aldeanos.
Me asomé al fútbol en vivo en 1977, el año de la UEFA perdida contra la Juve y la Copa que tampoco nos llevamos contra el Betis en aquella cruel, por infinita, tanda de penaltis. He visto cómo fallábamos en esas dos ocasiones y en un par de Copas más: 1985 y 2009, por no citar las veces que nos quedamos por el camino. Un debe bastante generoso.
El haber, no obstante, lo calla todo. Pertenezco de por vida a esa multitud que se apostó a ambos lados de la Ría celebrando las subidas de la gabarra liguera de la primavera del 83 y la de un curso después con el doblete en el zurrón. Desde entonces supe que futbolísticamente ya me podía morir, pues había visto alcanzar la tierra prometida a un pueblo en armoniosa comunión con su equipo. No diré que ganar dejara de tener importancia, y más cuando no ha vuelto a ocurrir desde entonces, pero sí he sabido, como Obélix, sobrevivir de las rentas tras esa inmersión en la marmita del mayor éxtasis conocido jamás en Vizcaya.
Desde entonces, transito con la mirada puesta en un club que apostó por conservar un ideal y me maldigo ante la rabia que me produce que un puñado de generaciones de mi tierra conozca la vasta gloria rojiblanca por boca de sus mayores, que ejercen de incansables juglares del siglo XXI, con la esperanza de que la realidad les obligue a jubilarse por innecesarios.
Sigo huyendo del juego del balón propiamente. Anoche, cuando se hubo acabado el encuentro, me sorprendí concentrado tratando de distinguir quiénes eran aquellos chicos que lloraban o se acostaban boca abajo en el verde. Un inusitado interés por lo aparentemente accesorio en el transcurso de la noche surgió en mí y fui tomando nota. Muniain se desgarraba compungido sin aparente consuelo pese a la atención de propios y rivales. Fernando Llorente, el 9 de Del Bosque, mostraba sus húmedos ojos con ausencia de congoja pero semblante virado. Javi Martínez, campeón del mundo como el ariete, tampoco mantenía su gesto habitual. Leones sentados, tumbados, de rodillas… ¿Little Big Horn? No, el término de una final sin emoción en el marcador. Y ahí paré de pensar.
Mientras la retransmisión de Telecinco ofrecía saltos de alborozo de la plantilla del Cholo y aficionados empapados en tristeza, me salió al encuentro una imagen inesperada que me sacó de mi estado de quietud. Gaizka Toquero estaba llorando a lágrima viva. ¿Toquero? Sí, como una magdalena. Una fría sensación me recorrió al instante la espina dorsal; y lo entendí todo.
El futbolista, generalizo por injusto que pueda resultar, es vanidoso, joven, fuerte, está idolatrado y, a estos niveles de empleo, ingresa como para no preocuparse hasta que le visite la parca. Es, pues, lógico ver a los dos campeones del mundo del Athletic Club desencantados y fastidiados. Tampoco ha de extrañar que ese chico descarado, al que en el vestuario apodaran los de la anterior generación como Bart, no pudiera encontrar la calma en esa llorera tan sentida como imparable. Al fin y al cabo, Iker es aún casi un niño con muchos ratos entre adultos y todos hemos pasado por vernos impotentes a esas edades. Los futbolistas de élite tienen el ratio satisfacción/decepción muy alto comúnmente y por eso cuando caen en un episodio importante algunos se transforman.
Apuesto a que la mayor parte de los futbolistas de Bielsa al término del partido tuvieron la sensación de haber desaprovechado una oportunidad que quién sabe si no será única en sus carreras. Porque los rojiblancos de San Mamés son insultantemente jóvenes, sí, pero hay que recordar que desde la ocasión anterior a ésta de Bucarest habían transcurrido 35 años. También se acordarían, entiendo, de las familias, las novias e incluso de los hinchas que se desplazaron y de los que se tuvieron que quedar en casa. Sin duda. Pero a lo de Toquero le encuentro más matices. Sus lágrimas me dijeron más.
De Gaizka Toquero se sabe en toda España el “Ari, ari, ari…”, lo tosco de su estilo, la calva que luce, la raza que le pone a todas sus acciones desde que salta al césped, su dorsal de lateral derecho pese a jugar arriba y el enorme cariño que le profesa cada jornada la parroquia bilbaína. Pero no puede ser que Toquero caiga tan bien sólo por esos rasgos ciertamente particulares. Tiene que haber algo más, y lo hay. Gaizka sabe que su nivel estrictamente futbolístico no alcanza para grandes cotas, pero esas carencias técnicas las compensa con su actitud y con el hecho de saber dónde está. Toquero es cualquiera de nosotros. Cada aficionado del Athletic ha soñado alguna vez con jugar en el club de sus amores pese a no tener el nivel requerido. Por eso, todos somos Toquero cada partido que juega. Representa al futbolista menos estilista y, por tanto, más parecido al seguidor rojiblanco de a pie. Yo querría haber sido Toquero. O dicho de otra manera: Yo soy un poco Toquero, ahí abajo en el verde.
Por eso lloraba el bueno del 2 del Athletic, quiero pensar. Por sí mismo, porque marcó en 2009 ante el Barcelona en la Copa para luego caer goleado, por dejar escapar otra final… pero fundamentalmente porque él sabía cuando saltaba al campo en el minuto 63 que llevaba a centenares de miles de aficionados dentro de su camiseta. Porque si juegas en el Athletic eres capaz de perder un brazo por engalanar la Ría para los tuyos. Y es que Cibeles, Canaletas o Neptuno tienen su aquél. Pero, ¡ay, la gabarra! Palabras mayores.
Yo digo que veremos la gabarra de Toquero porque para eso elegimos ser como somos. Las lágrimas de Gaizka Toquero llevaban amarradas a sus mejillas la rabia de todo un pueblo rojiblanco, de gente de Bilbao, de Durango, de Zarautz, de Almendralejo, de Albacete y de Nueva York. Lágrimas con un mensaje que se puede leer entre líneas y que representan el pegamento que nos une a todos: el Athletic Club. Los once aldeanos.
Pichichi y Zamora, los hijos de Tomasa Montoya
Artículo publicado por Lartaun de Azumendi en jotdown.es
Pedro y Tomasa tuvieron diez vástagos en las décadas de los diez y los veinte del siglo XX. De la citada decena, cinco fueron varones y otras tantas, hembras. Los dos mayores, Tomás y Carmen, nacieron en la Casa Ybarzábal de la vizcaína localidad de Munguía; el resto de los chiquillos vinieron al mundo en la Casa Estación de Asúa, un barrio de Erandio.
Pedro, un bilbaíno casado con la gallartina Tomasa, trabajaba como jefe de estación de sol a sol. Los niños aprovechaban el hecho de que vivían en el mismo edificio donde su padre se ganaba el jornal, para utilizar la explanada trasera para jugar al balón. Al menos, los niños lo hacían.
Corría el primer tercio de la centuria y los tres chicos mayores jugaban al fútbol. El primero y el tercero, Tomás y Domingo, en el Arenas de Guecho. Cecilio, el segundo, en un nivel más inferior en el Ategorri del pueblo. Tomás y Cecilio era porteros. Domingo, extremo.
El penúltimo de los varones entrenaba con Tomás cuando este volvía de competir o entrenar. Estaba enamorado del deporte que practicaban los mayores y comenzaba a demostrar una habilidad especial. Era más de diez años más joven que Tomás y este, pese a ser portero, era el espejo en el que se miraba a diario.
Cuando el pequeño dio el estirón y mostró su interés de poner en práctica sus habilidades, a su padre no le hizo ninguna gracia. Para el jefe de la familia ya era suficiente que dos de su chavales se dedicaran a darle al balón en el Arenas; no quería más hijos perdiendo el tiempo en ese deporte inglés en el que los chicos se ponían perdidos de barro y rompían sus alpargatas cada vez que jugaban en la trasera de la estación.
Tomás era un buen guardameta y como quiera que el histórico Arenas era uno de los diez clubes que fundaron la Primera División de la liga española, debutó en el inicio de la que hoy sigue siendo la competición nacional deportiva más importante. Disputó las cuatro primeras temporadas con la casaca rojinegra y su buen rendimiento hizo que el Valencia le quisiera fichar como arquero titular. Una lesión en el dedo anular de una de sus manos dieron al traste con su traspaso al club levantino y tras recuperarse, acabó sus días como portero disputando tres partidos en el Oviedo y otros 18 en el Osasuna. La guerra civil cortó la competición y allí se ahogó la carrera deportiva del bueno de Tomás.
Tomás, que llegó a disputar seis ligas, conoció el cénit de su carrera en el curso 30/31, cuando defendiendo los colores del Arenas disputó 14 de los 18 partidos de los que constaba aquella liga de 10 equipos. En aquella liga recibió 27 goles para una media de 1,92 tantos encajados. Se convirtió en el meta menos goleado de la competición por delante de mitos como el propio Ricardo Zamora —que acabaría dando nombre al trofeo que distingue al guardavallas menos batido— o Gregorio Blasco.
Domingo, el otro hermano en disputar la liga con el Arenas, tuvo una carrera mucho más corta e inadvertida en el primer nivel nacional. Jugaba como extremo y alcanzó a disputar 4 partidos en la máxima competición contra el eterno rival de los rojinegros, el Athletic Club, y ante el Sevilla, el Oviedo y el Español. Era la temporada 34/35, la penúltima antes del parón por la guerra. Y fue la misma contienda civil la que acabaría poco después con su vida. Domingo murió en el cruento frente para desolación de su familia.
A pesar de aquellos peros del padre, el chavalín que iba a todas partes con un balón bajo el brazo acompañando a su hermano Tomás, acabó siendo futbolista. Comenzó en el Pitoberetxe, de ahí paso al Erandio —donde coincidió con su hermano Cecilio— y en la 40/41 debutó con el Athletic Club. El eterno rival del club de sus hermanos. Poco más cabe escribir hoy aquí de él salvo que se llamaba Telmo y hoy sigue manteniendo el récord de seis Pichichis logrados en Primera División (44/45, 45/46, 46/47, 49/50, 50/51, 1952/53).
Tomás y Telmo Zarraonandia Montoya, los dos únicos hermanos en la historia de la liga española en conseguir los Trofeos Zamora y Pichichi. Los hijos de Tomasa Montoya, la de Gallarta.
Pedro y Tomasa tuvieron diez vástagos en las décadas de los diez y los veinte del siglo XX. De la citada decena, cinco fueron varones y otras tantas, hembras. Los dos mayores, Tomás y Carmen, nacieron en la Casa Ybarzábal de la vizcaína localidad de Munguía; el resto de los chiquillos vinieron al mundo en la Casa Estación de Asúa, un barrio de Erandio.
Pedro, un bilbaíno casado con la gallartina Tomasa, trabajaba como jefe de estación de sol a sol. Los niños aprovechaban el hecho de que vivían en el mismo edificio donde su padre se ganaba el jornal, para utilizar la explanada trasera para jugar al balón. Al menos, los niños lo hacían.
Corría el primer tercio de la centuria y los tres chicos mayores jugaban al fútbol. El primero y el tercero, Tomás y Domingo, en el Arenas de Guecho. Cecilio, el segundo, en un nivel más inferior en el Ategorri del pueblo. Tomás y Cecilio era porteros. Domingo, extremo.
El penúltimo de los varones entrenaba con Tomás cuando este volvía de competir o entrenar. Estaba enamorado del deporte que practicaban los mayores y comenzaba a demostrar una habilidad especial. Era más de diez años más joven que Tomás y este, pese a ser portero, era el espejo en el que se miraba a diario.
Cuando el pequeño dio el estirón y mostró su interés de poner en práctica sus habilidades, a su padre no le hizo ninguna gracia. Para el jefe de la familia ya era suficiente que dos de su chavales se dedicaran a darle al balón en el Arenas; no quería más hijos perdiendo el tiempo en ese deporte inglés en el que los chicos se ponían perdidos de barro y rompían sus alpargatas cada vez que jugaban en la trasera de la estación.
Tomás era un buen guardameta y como quiera que el histórico Arenas era uno de los diez clubes que fundaron la Primera División de la liga española, debutó en el inicio de la que hoy sigue siendo la competición nacional deportiva más importante. Disputó las cuatro primeras temporadas con la casaca rojinegra y su buen rendimiento hizo que el Valencia le quisiera fichar como arquero titular. Una lesión en el dedo anular de una de sus manos dieron al traste con su traspaso al club levantino y tras recuperarse, acabó sus días como portero disputando tres partidos en el Oviedo y otros 18 en el Osasuna. La guerra civil cortó la competición y allí se ahogó la carrera deportiva del bueno de Tomás.
Tomás, que llegó a disputar seis ligas, conoció el cénit de su carrera en el curso 30/31, cuando defendiendo los colores del Arenas disputó 14 de los 18 partidos de los que constaba aquella liga de 10 equipos. En aquella liga recibió 27 goles para una media de 1,92 tantos encajados. Se convirtió en el meta menos goleado de la competición por delante de mitos como el propio Ricardo Zamora —que acabaría dando nombre al trofeo que distingue al guardavallas menos batido— o Gregorio Blasco.
Domingo, el otro hermano en disputar la liga con el Arenas, tuvo una carrera mucho más corta e inadvertida en el primer nivel nacional. Jugaba como extremo y alcanzó a disputar 4 partidos en la máxima competición contra el eterno rival de los rojinegros, el Athletic Club, y ante el Sevilla, el Oviedo y el Español. Era la temporada 34/35, la penúltima antes del parón por la guerra. Y fue la misma contienda civil la que acabaría poco después con su vida. Domingo murió en el cruento frente para desolación de su familia.
A pesar de aquellos peros del padre, el chavalín que iba a todas partes con un balón bajo el brazo acompañando a su hermano Tomás, acabó siendo futbolista. Comenzó en el Pitoberetxe, de ahí paso al Erandio —donde coincidió con su hermano Cecilio— y en la 40/41 debutó con el Athletic Club. El eterno rival del club de sus hermanos. Poco más cabe escribir hoy aquí de él salvo que se llamaba Telmo y hoy sigue manteniendo el récord de seis Pichichis logrados en Primera División (44/45, 45/46, 46/47, 49/50, 50/51, 1952/53).
Tomás y Telmo Zarraonandia Montoya, los dos únicos hermanos en la historia de la liga española en conseguir los Trofeos Zamora y Pichichi. Los hijos de Tomasa Montoya, la de Gallarta.
¡Bielsa, carajo! (II)
Artículo publicado por Fermín de la Calle en jotdown.es
Pocos lo recuerdan ahora; Marcelo Bielsa, sin embargo, no lo olvida. Todo empezó mal, atravesado. En la tercera jornada, el Athletic aún no había ganado un partido y el run-run de los puristas de San Mamés era inquietante. Corría el minuto 12 cuando el Betis anotó su segundo gol por medio de Nacho. Amorebieta se giró al banquillo y vio a Bielsa desgañitarse. Llegó el descanso y el vestuario del Athletic se cerró a cal y canto. Todos esperaban una bronca monumental del Loco que, contra pronóstico, rebajó su habitual vehemencia y advirtió: “Bueno, chicos, seamos positivos. Peor no lo podemos hacer”. El Betis ganó aquel partido 2-3 y el Athletic llegó a la quinta jornada en puestos de descenso tras sumar dos puntos de 15 posibles. Los apocalípticos bielsistas copaban las tertulias y los páginas de los periódicos cuestionando la valía de Bielsa y su idoneidad para el banquillo del Athletic. Llegaba el derbi en Anoeta, partido que el presidente del Athletic, Josu Urrutia, tenía marcado en rojo en el calendario. Bielsa se medía a Phillipe Montanier, el llamado Guardiola francés. Aquel 2 de octubre comenzó bien para los rojiblancos. Fernando Llorente adelantó a los leones con una maniobra deliciosa en el área, pero a la hora del partido el Loco vio desfilar todo tipo de fantasmas cuando Íñigo Martínez batió a Gorka Iraizoz desde su propio campo. Con la Real crecida, Llorente, en lo que sería una constante durante toda la temporada, rescataba al Athletic con un remate a centro de Amorebieta. 1-2 final y respiro para Bielsa, que esperó a sus jugadores en el túnel de vestuarios y felicitó enérgicamente uno por uno a todos. El Athletic de Bielsa echaba a andar.
Marcelo se acercó a Markel Susaeta, que la pasada temporada solo había sido titular en 16 partidos, en muchos de los cuales tuvo que aguantar los pitos de San Mamés, y le dijo: “Oiga, Markel, usted tiene un problema. Yo creo en usted, pero usted no cree en usted. No se tiene fe. Y es una pena porque reúne aptitudes”. El rosarino trató de tocar la fibra al de Éibar. La maniobra había salido bien con De Marcos y obrado un milagro en Iturraspe, que pasó de mediocentro pusilánime a caudillo de la medular. Ahora le tocaba el turno a Susaeta. Bielsa se dio la vuelta y al pasar junto a Ander Herrera e Iturraspe les advirtió: “Carguen el juego por la derecha. Todas a Susa”. Hoy, meses después, Markel es el jugador de campo más utilizado de la plantilla, ha sido titular en más de 45 partidos, los ha jugado todos presentando cifras dobles en goles y asistencias. Aquella provocación de Bielsa logró el efecto pretendido. ‘Susa’ marcó los dos goles en la vuelta del derbi ante la Real y asistió en tres de los cuatro goles que el Athletic anotó en Alemania ante el Schalke en el histórico 3-4 de cuartos de la Europa League. Nadie pita ya al chico de Éibar en La Catedral.
El 8 de marzo descansa ya en la historia del Athletic como el día en que los Leones tomaron Old Trafford. Wayne Rooney adelantó al United en la única ocasión que concedió el Athletic en la primera mitad, pero Fernando Llorente situó las tablas en el marcador en el minuto 44, desatando el delirio en la grada. Con la testosterona por las nubes y la euforia desatada tras el gol del Rey León, Bielsa cerró la puerta del vestuario y pidió silencio. Un silencio sepulcral. “Tienen ustedes la oportunidad de hacer historia en uno de los campos más prestigiosos del fútbol mundial. Empatamos y queda el partido de vuelta, pero ustedes hoy no se juegan la eliminatoria, están en disposición de entrar en la historia del Athletic si son capaces de salir triunfantes de acá. Uno juega al fútbol para disputar este tipo de partidos en este tipo de campos”. El resto es historia. Muniain y De Marcos hicieron estéril el postrero gol de Rooney y al final, mientras ocho mil rojiblancos festejaban en las gradas de Old Trafford el triunfo, Bielsa se limitó a manifestar en sala de prensa: “Hay que felicitar a los chicos por su ambición, pero lo conseguido hoy sólo tendrá valor si lo rentabilizamos en Bilbao”. Algo que el Athletic logró emulando aquel histórico 5-3 logrado en 1957 por el Athletic ante el United de Ducan Edwards. Pero Bielsa ya pensaba en Raúl y su Schalke.
José Ángel Íribar, que había aprovechado en febrero el enfrentamiento ante el Lokomotiv para visitar la tumba de Yashin en Moscú, entró en el vestuario sin pedir permiso. Se topó con Bielsa, quien lo abrazó desembarazándose rápidamente de él, sonrió y cuando estaba achinando los ojos descubrió aquello. El Athletic había sufrido para eliminar al Sporting portugués y meterse en la final de la Europa League. Y la tensión, mezclada con la alegría hiceron brotar las lágrimas del mítico portero rojiblanco. Bielsa, como Javi Martínez, quedó impactado por aquel gesto: “A Iríbar siempre le consulto, siempre charlamos. Siento gran admiración por él, por lo que significa”. Las lágrimas del pasado 26 de abril poco tenían que ver con las que Iribar derramó en 1977, tras perder la final de la UEFA contra la Juventus, en aquel año grandioso y maléfico en el que el conjunto rojiblanco jugó dos finales, como ahora, y las perdió. Era la primera final europea. La primera derrota y cómo lloraba el Txopo. Meses antes, un central tosco pero intenso llamado Marcelo Bielsa obtuvo la medalla de bronce con la albiceleste en el Preolímpico de Recife, en Brasil. Su mayor logro como futbolista. Décadas después regresaría a la selección como Director Técnico. Bielsa se sentó en la sala de prensa de La Catedral en medio de la algarabía generalizada por el histórico logro, empuñó el micrófono y miró al tendido por encima de sus gafas: “Antes de entrar al campo, en lo que más acento pusimos fue en jerarquizar de manera proporcionada el defender y el atacar. Ese fue el eje de la mirada estratégica y táctica del partido. En el plano emocional, el contorno del partido eximía de demasiados aprontes, porque todos sabíamos lo que el partido representaba. Después del partido lo que hice fue agradecer, felicitar reconocer y destacar que todo esto es absolutamente merecido”. Pocos lo entendieron, como siempre; todos lo aplaudieron perplejos como nunca. El Athletic había hecho historia.
Hoy Bielsa inisistirá en lo que lleva meses tratando de inculcar en la cabezas de sus jugadores: “Siempre les digo a los muchachos que el fútbol es movimiento, desplazamiento. Hay que estar siempre corriendo. A cualquier jugador, y en cualquier circunstancia, le encuentro un motivo para estar corriendo. En el fútbol no existe circunstancia alguna para que un jugador esté parado en la cancha. Soy partidario de un fútbol más urgente y menos paciente porque soy ansioso, sin duda, y porque soy argentino, por supuesto”. Cuando Bielsa salte hoy al campo en Bucarest y se tope con Diego Simeone le saludará protocolariamente, dejando pendiente una charla entre dos tipos que se admiran, se respetan y se conocen desde hace mucho tiempo. Hablarán dentro de un mes, periodo marcado por ambos con la complicidad del ayudante del Cholo, Germán Mono Burgos, portero de la albiceleste en la era de Bielsa. En el Mundial de Corea y Japón, Argentina resultó eliminada en la primera fase tras un doloroso empate con Suecia. A la finalización del partido y antes de volar rumbo a Ezeiza, Bielsa reunió a todos en el hotel de concentración para agradecer el compromiso, pero se derrumbó y comenzó a llorar desconsoladamente. Burgos se levantó a consolarlo junto a otros compañeros. Bielsa siempre ha tratado de aislar sus sentimientos de su trabajo, evitar la implicación sentimental para no contaminar el trance fundamental de la toma de decisiones. Tres veces no ha podido evitar el afecto por unos colores. Por los albicelestes de Argentina, su país, su camiseta, su gente. Por los aurinegros de Newell’s, su equipo de toda la vida, con el que ganó su primera liga. Y por los rojiblancos del Athletic, un afecto que le ha llevado a plantearse muy seriamente aceptar la renovación ya que considera que ese afecto hacia el club de Ibaigane puede lastrar las decisiones estructurales y deportivas del futuro inmediato del club. Y esta noche en Bucarest Bielsa puede acabar parafraseándose a sí mismo subido a un aficionado anónimo, como aquella tarde en Caballito con la Lepra, entonando su histórico grito. Pero esta vez en lugar del “¡Newell’s, carajo!” será el ¡Athletic, carajo! En cualquier caso, ¡Bielsa, carajo!
Pocos lo recuerdan ahora; Marcelo Bielsa, sin embargo, no lo olvida. Todo empezó mal, atravesado. En la tercera jornada, el Athletic aún no había ganado un partido y el run-run de los puristas de San Mamés era inquietante. Corría el minuto 12 cuando el Betis anotó su segundo gol por medio de Nacho. Amorebieta se giró al banquillo y vio a Bielsa desgañitarse. Llegó el descanso y el vestuario del Athletic se cerró a cal y canto. Todos esperaban una bronca monumental del Loco que, contra pronóstico, rebajó su habitual vehemencia y advirtió: “Bueno, chicos, seamos positivos. Peor no lo podemos hacer”. El Betis ganó aquel partido 2-3 y el Athletic llegó a la quinta jornada en puestos de descenso tras sumar dos puntos de 15 posibles. Los apocalípticos bielsistas copaban las tertulias y los páginas de los periódicos cuestionando la valía de Bielsa y su idoneidad para el banquillo del Athletic. Llegaba el derbi en Anoeta, partido que el presidente del Athletic, Josu Urrutia, tenía marcado en rojo en el calendario. Bielsa se medía a Phillipe Montanier, el llamado Guardiola francés. Aquel 2 de octubre comenzó bien para los rojiblancos. Fernando Llorente adelantó a los leones con una maniobra deliciosa en el área, pero a la hora del partido el Loco vio desfilar todo tipo de fantasmas cuando Íñigo Martínez batió a Gorka Iraizoz desde su propio campo. Con la Real crecida, Llorente, en lo que sería una constante durante toda la temporada, rescataba al Athletic con un remate a centro de Amorebieta. 1-2 final y respiro para Bielsa, que esperó a sus jugadores en el túnel de vestuarios y felicitó enérgicamente uno por uno a todos. El Athletic de Bielsa echaba a andar.
Marcelo se acercó a Markel Susaeta, que la pasada temporada solo había sido titular en 16 partidos, en muchos de los cuales tuvo que aguantar los pitos de San Mamés, y le dijo: “Oiga, Markel, usted tiene un problema. Yo creo en usted, pero usted no cree en usted. No se tiene fe. Y es una pena porque reúne aptitudes”. El rosarino trató de tocar la fibra al de Éibar. La maniobra había salido bien con De Marcos y obrado un milagro en Iturraspe, que pasó de mediocentro pusilánime a caudillo de la medular. Ahora le tocaba el turno a Susaeta. Bielsa se dio la vuelta y al pasar junto a Ander Herrera e Iturraspe les advirtió: “Carguen el juego por la derecha. Todas a Susa”. Hoy, meses después, Markel es el jugador de campo más utilizado de la plantilla, ha sido titular en más de 45 partidos, los ha jugado todos presentando cifras dobles en goles y asistencias. Aquella provocación de Bielsa logró el efecto pretendido. ‘Susa’ marcó los dos goles en la vuelta del derbi ante la Real y asistió en tres de los cuatro goles que el Athletic anotó en Alemania ante el Schalke en el histórico 3-4 de cuartos de la Europa League. Nadie pita ya al chico de Éibar en La Catedral.
El 8 de marzo descansa ya en la historia del Athletic como el día en que los Leones tomaron Old Trafford. Wayne Rooney adelantó al United en la única ocasión que concedió el Athletic en la primera mitad, pero Fernando Llorente situó las tablas en el marcador en el minuto 44, desatando el delirio en la grada. Con la testosterona por las nubes y la euforia desatada tras el gol del Rey León, Bielsa cerró la puerta del vestuario y pidió silencio. Un silencio sepulcral. “Tienen ustedes la oportunidad de hacer historia en uno de los campos más prestigiosos del fútbol mundial. Empatamos y queda el partido de vuelta, pero ustedes hoy no se juegan la eliminatoria, están en disposición de entrar en la historia del Athletic si son capaces de salir triunfantes de acá. Uno juega al fútbol para disputar este tipo de partidos en este tipo de campos”. El resto es historia. Muniain y De Marcos hicieron estéril el postrero gol de Rooney y al final, mientras ocho mil rojiblancos festejaban en las gradas de Old Trafford el triunfo, Bielsa se limitó a manifestar en sala de prensa: “Hay que felicitar a los chicos por su ambición, pero lo conseguido hoy sólo tendrá valor si lo rentabilizamos en Bilbao”. Algo que el Athletic logró emulando aquel histórico 5-3 logrado en 1957 por el Athletic ante el United de Ducan Edwards. Pero Bielsa ya pensaba en Raúl y su Schalke.
José Ángel Íribar, que había aprovechado en febrero el enfrentamiento ante el Lokomotiv para visitar la tumba de Yashin en Moscú, entró en el vestuario sin pedir permiso. Se topó con Bielsa, quien lo abrazó desembarazándose rápidamente de él, sonrió y cuando estaba achinando los ojos descubrió aquello. El Athletic había sufrido para eliminar al Sporting portugués y meterse en la final de la Europa League. Y la tensión, mezclada con la alegría hiceron brotar las lágrimas del mítico portero rojiblanco. Bielsa, como Javi Martínez, quedó impactado por aquel gesto: “A Iríbar siempre le consulto, siempre charlamos. Siento gran admiración por él, por lo que significa”. Las lágrimas del pasado 26 de abril poco tenían que ver con las que Iribar derramó en 1977, tras perder la final de la UEFA contra la Juventus, en aquel año grandioso y maléfico en el que el conjunto rojiblanco jugó dos finales, como ahora, y las perdió. Era la primera final europea. La primera derrota y cómo lloraba el Txopo. Meses antes, un central tosco pero intenso llamado Marcelo Bielsa obtuvo la medalla de bronce con la albiceleste en el Preolímpico de Recife, en Brasil. Su mayor logro como futbolista. Décadas después regresaría a la selección como Director Técnico. Bielsa se sentó en la sala de prensa de La Catedral en medio de la algarabía generalizada por el histórico logro, empuñó el micrófono y miró al tendido por encima de sus gafas: “Antes de entrar al campo, en lo que más acento pusimos fue en jerarquizar de manera proporcionada el defender y el atacar. Ese fue el eje de la mirada estratégica y táctica del partido. En el plano emocional, el contorno del partido eximía de demasiados aprontes, porque todos sabíamos lo que el partido representaba. Después del partido lo que hice fue agradecer, felicitar reconocer y destacar que todo esto es absolutamente merecido”. Pocos lo entendieron, como siempre; todos lo aplaudieron perplejos como nunca. El Athletic había hecho historia.
Hoy Bielsa inisistirá en lo que lleva meses tratando de inculcar en la cabezas de sus jugadores: “Siempre les digo a los muchachos que el fútbol es movimiento, desplazamiento. Hay que estar siempre corriendo. A cualquier jugador, y en cualquier circunstancia, le encuentro un motivo para estar corriendo. En el fútbol no existe circunstancia alguna para que un jugador esté parado en la cancha. Soy partidario de un fútbol más urgente y menos paciente porque soy ansioso, sin duda, y porque soy argentino, por supuesto”. Cuando Bielsa salte hoy al campo en Bucarest y se tope con Diego Simeone le saludará protocolariamente, dejando pendiente una charla entre dos tipos que se admiran, se respetan y se conocen desde hace mucho tiempo. Hablarán dentro de un mes, periodo marcado por ambos con la complicidad del ayudante del Cholo, Germán Mono Burgos, portero de la albiceleste en la era de Bielsa. En el Mundial de Corea y Japón, Argentina resultó eliminada en la primera fase tras un doloroso empate con Suecia. A la finalización del partido y antes de volar rumbo a Ezeiza, Bielsa reunió a todos en el hotel de concentración para agradecer el compromiso, pero se derrumbó y comenzó a llorar desconsoladamente. Burgos se levantó a consolarlo junto a otros compañeros. Bielsa siempre ha tratado de aislar sus sentimientos de su trabajo, evitar la implicación sentimental para no contaminar el trance fundamental de la toma de decisiones. Tres veces no ha podido evitar el afecto por unos colores. Por los albicelestes de Argentina, su país, su camiseta, su gente. Por los aurinegros de Newell’s, su equipo de toda la vida, con el que ganó su primera liga. Y por los rojiblancos del Athletic, un afecto que le ha llevado a plantearse muy seriamente aceptar la renovación ya que considera que ese afecto hacia el club de Ibaigane puede lastrar las decisiones estructurales y deportivas del futuro inmediato del club. Y esta noche en Bucarest Bielsa puede acabar parafraseándose a sí mismo subido a un aficionado anónimo, como aquella tarde en Caballito con la Lepra, entonando su histórico grito. Pero esta vez en lugar del “¡Newell’s, carajo!” será el ¡Athletic, carajo! En cualquier caso, ¡Bielsa, carajo!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












