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domingo, 4 de mayo de 2014
Abordaje a la Liga de Campeones
Artículo publicado por Aitor Martínez en el diario Deia el 03/05/2014
Cerca de 6.000 hinchas rojiblancos invaden Vallecas la noche en la que el Athletic selló su pase a la Champions
"¡Mira papá, cuánta gente!", exclama una voz tenue, tímida, de niño, a las afueras del estadio de Vallecas horas antes de que dé comienzo el encuentro entre el Rayo. "Son del Athletic. Ya sabes, estos de Bilbao, que están medio locos". La respuesta del padre resulta significativa, aunque esconde algo de verdad. Y es que cerca de 6.000 aficionados rojiblancos invadieron ayer el sur de Madrid. Un abordaje sin precedentes en el campo del Rayo. Una fiesta del fútbol, de cánticos entre los hinchas locales y visitantes que acabó de forma soñada para los intereses bilbainos. Y es que con el triunfo de ayer, el Athletic certificó la cuarta posición liguera y, por ende, su presencia en la fase previa de la Liga de Campeones, competición que disputará 16 años después.
El desembarco en la capital española se produjo desde primera hora de la mañana, aunque encontró su momento álgido pasada la una del mediodía, momento en el que fueron llegando los quince autobuses fletados por la Agrupación de Peñas. Eufóricos, con la ilusión por bandera, no tardaron en hacerse notar por los aledaños del estadio, donde fueron recibidos con los brazos abiertos por la hinchada del Rayo. Y también por la hostelería local, que hizo su particular agosto un 2 de mayo, día festivo en la Comunidad de Madrid.
La afición rojiblanca fue calentando motores fuera del campo. Algunos, los menos, trataron de encontrar a la televisiva Cristina Pedroche -fiel seguidora del Rayo-, de la que no hubo noticias. Otra vez será. A aquellos intrépidos seguro que poco o nada les importó no verla, pues la fiesta que se vivió en el interior del estadio compensó, y con creces, ese vacío. Los tantos de San José, De Marcos y Herrera llenaron de alegría los corazones, acelerados ya a mil revoluciones, de los seguidores bilbainos.
Cada gol, un paso de gigante. Más cerca de la Champions, de la gloria, de esa "gran gloria" a la que hizo referencia Valverde en la previa. Ni tan siquiera el tardío arranque del duelo, motivado por el excesivo y premeditado lanzamiento de papeles por parte de Bukaneros, los hinchas más fervientes del Rayo, ni el pequeño incidente acontecido en la celebración del segundo tanto del Athletic, que acabó con dos contusionados tras la ruptura de una valla, nada frenó ayer la fiesta rojiblanca.
El pitido final del árbitro dio paso a la fiesta en el terreno de juego, aunque esta sin balón de por medio. Solo abrazos, saltos de alegría y aplausos de agradecimiento. Muchos aplausos. Todos ellos correspondidos tanto por la afición llegada desde Bizkaia como por la hinchada local. La fiesta se trasladó entonces al interior de los vestuarios. Allí, en privado, en soledad, sin cámaras ni micrófonos, los jugadores dieron rienda suelta a la euforia. Quizá la ducha más celebrada por este grupo de jugadores, acostumbrados en las últimos años a alcanzar finales, aunque sin premio.
La zona mixta del estadio, donde aficionados y jugadores compartieron su alegría, fue un claro ejemplo de lo que significa para el Athletic haber alcanzado la Champions. "Denok batera lortu dugu!", rezaba la camiseta conmemorativa diseñada para la ocasión. Un lema acertado. Un reconocimiento para las casi 6.000 gargantas que se dejaron la voz en la noche madrileña. Despedidos entre aplausos, los futbolistas, todos, incluso los lesionados, se marcharon a festejar el pase a la Liga de Campeones. Una noche larga y con premio, pues a pesar de que la primera plantilla tenía previsto ejercitarse hoy, no será hasta el martes cuando comiencen a preparar el derbi. Noches alegres... mañanas igual de alegres. Es tiempo de celebrar, de compartir la alegría. En definitiva, de disfrutar.
Cerca de 6.000 hinchas rojiblancos invaden Vallecas la noche en la que el Athletic selló su pase a la Champions
"¡Mira papá, cuánta gente!", exclama una voz tenue, tímida, de niño, a las afueras del estadio de Vallecas horas antes de que dé comienzo el encuentro entre el Rayo. "Son del Athletic. Ya sabes, estos de Bilbao, que están medio locos". La respuesta del padre resulta significativa, aunque esconde algo de verdad. Y es que cerca de 6.000 aficionados rojiblancos invadieron ayer el sur de Madrid. Un abordaje sin precedentes en el campo del Rayo. Una fiesta del fútbol, de cánticos entre los hinchas locales y visitantes que acabó de forma soñada para los intereses bilbainos. Y es que con el triunfo de ayer, el Athletic certificó la cuarta posición liguera y, por ende, su presencia en la fase previa de la Liga de Campeones, competición que disputará 16 años después.
El desembarco en la capital española se produjo desde primera hora de la mañana, aunque encontró su momento álgido pasada la una del mediodía, momento en el que fueron llegando los quince autobuses fletados por la Agrupación de Peñas. Eufóricos, con la ilusión por bandera, no tardaron en hacerse notar por los aledaños del estadio, donde fueron recibidos con los brazos abiertos por la hinchada del Rayo. Y también por la hostelería local, que hizo su particular agosto un 2 de mayo, día festivo en la Comunidad de Madrid.
La afición rojiblanca fue calentando motores fuera del campo. Algunos, los menos, trataron de encontrar a la televisiva Cristina Pedroche -fiel seguidora del Rayo-, de la que no hubo noticias. Otra vez será. A aquellos intrépidos seguro que poco o nada les importó no verla, pues la fiesta que se vivió en el interior del estadio compensó, y con creces, ese vacío. Los tantos de San José, De Marcos y Herrera llenaron de alegría los corazones, acelerados ya a mil revoluciones, de los seguidores bilbainos.
Cada gol, un paso de gigante. Más cerca de la Champions, de la gloria, de esa "gran gloria" a la que hizo referencia Valverde en la previa. Ni tan siquiera el tardío arranque del duelo, motivado por el excesivo y premeditado lanzamiento de papeles por parte de Bukaneros, los hinchas más fervientes del Rayo, ni el pequeño incidente acontecido en la celebración del segundo tanto del Athletic, que acabó con dos contusionados tras la ruptura de una valla, nada frenó ayer la fiesta rojiblanca.
El pitido final del árbitro dio paso a la fiesta en el terreno de juego, aunque esta sin balón de por medio. Solo abrazos, saltos de alegría y aplausos de agradecimiento. Muchos aplausos. Todos ellos correspondidos tanto por la afición llegada desde Bizkaia como por la hinchada local. La fiesta se trasladó entonces al interior de los vestuarios. Allí, en privado, en soledad, sin cámaras ni micrófonos, los jugadores dieron rienda suelta a la euforia. Quizá la ducha más celebrada por este grupo de jugadores, acostumbrados en las últimos años a alcanzar finales, aunque sin premio.
La zona mixta del estadio, donde aficionados y jugadores compartieron su alegría, fue un claro ejemplo de lo que significa para el Athletic haber alcanzado la Champions. "Denok batera lortu dugu!", rezaba la camiseta conmemorativa diseñada para la ocasión. Un lema acertado. Un reconocimiento para las casi 6.000 gargantas que se dejaron la voz en la noche madrileña. Despedidos entre aplausos, los futbolistas, todos, incluso los lesionados, se marcharon a festejar el pase a la Liga de Campeones. Una noche larga y con premio, pues a pesar de que la primera plantilla tenía previsto ejercitarse hoy, no será hasta el martes cuando comiencen a preparar el derbi. Noches alegres... mañanas igual de alegres. Es tiempo de celebrar, de compartir la alegría. En definitiva, de disfrutar.
sábado, 3 de mayo de 2014
El espíritu 'Guerrero' del 98
Artículo publicado por Iban Garbayo en el diario El Correo el 02/05/2014
Dieciséis años ha tenido que esperar el Athletic para volver a disputar la máxima competición europea: la Champions League
Una campaña histórica. Así fue calificada -el paso del tiempo confirma que con razón- la temporada del Athletic 1997-1998, la última en la que se clasificó para la Champions, un sueño que entonces era aún más complicado que ahora: sólo conseguían el billete los dos primeros equipos de la Liga. De la mano de Luis Fernández, aquel equipo encandiló a su afición al clasificarse segundos tras el Barça (74 puntos de los culés por los 65 de los rojiblancos), por delante del todopoderoso Real Madrid (63 puntos), en un campeonato que levantó pasiones. Dieciséis años han tenido que esperar la parroquia rojiblanca para hacerse de nuevo con un hueco en un torneo reservado para los grandes del fútbol europeo. Regular, sólido, contundente…
El Athletic que ha sabido forjar Ernesto Valverde guarda similitudes con aquel, que quizás no se caracterizó por un fútbol extraordinariamente brillante, pero sí por una enorme fiabilidad. La misma que los 'leones' han mostrado este año a la sombra del nuevo San Mamés, que ha ejercido de talismán de un equipo vistoso, amante del fútbol de ataque y que ha sabido combinar espectáculo y eficacia.
Un gol de Joseba Etxebarria frente al Zaragoza en la vieja 'Catedral' selló el pasaporte a la Liga de Campeones y desató la euforia en las gradas, mientras un Luis Fernández embriagado de felicidad 'toreaba' con una ikurriña en pleno césped. Esa victoria (1-0) tan trabajada como sufrida ponía broche a una temporada 97-98 para el recuerdo.
Mal arranque
Todo no iba a ser un camino de rosas. El primer partido de Liga se saldó con una derrota por 3-1 frente al Espanyol. Fue un jarro de agua fría para los 'leones'. Pero también un toque de atención. El Athletic, sin embargo, supo reaccionar y superó sus dos siguientes encuentros con nota. Un empate en el Villamarín y una fabulosa victoria frente al Atlético en 'La Catedral'. Probablemente, con los mejores 70 minutos de la temporada. Sin embargo, la máquina no acababa de funcionar a tope. Castigado por la exigencia de la Copa de la UEFA, para la que se había clasificado la temporada anterior, entre la jornada cuarta y séptima empalmó cuatro empates seguidos. El comienzo de la temporada no respondía para nada a las expectativas con cinco empates, una derrota y una sola victoria en siete partidos.
Tiempo revuelto
Dos triunfos seguidos frente al Sporting de Gijón y Tenerife parecía que harían despegar al equipo. Sólo fue un espejismo. En las cinco jornadas siguientes, con la competición europea todavía colgando, el Athletic se mostró muy irregular. Contundentes derrotas contra Mallorca y Valladolid, victoria ilusionante contra el Barcelona y dos soporíferos empates contra Racing de Santander y Real Madrid hacían dudar de su capacidad.
Eliminación europea
Fue uno de los puntos de inflexión de la temporada. Tras dejar de lado la carga europea, el equipo no podía seguir con esos altibajos. Había que darle la vuelta a la situación, y el partido de Santiago, bajo un gran diluvio, fue la clave. Supuso, además, el reencuentro de Guerrero consigo mismo -con el gol-, tras su lesión. Después, llegaron varias victorias y algún empate que hicieron que el Athletic subiera como la espuma en la clasificación. Llegaba el ecuador de competición.
Crisis y eliminación copera
Los de Luis Fernández habían impuesto un ritmo infernal y lo acabaron pagando. Llegó el mal juego, costaba anotar, en defensa eran frágiles... Vinieron varias derrotas contundentes y la sangría de puntos que estaba perdiendo parecía no tener fin. Su eliminación copera frente al Mallorca tuvo consecuencias funestres. En San Mamés fue humillado por el Valencia (0-3) y zarandeado por un mediocre Deportivo de La Coruña en Riazor (3-0). Se llegó así al partido de Gijón. Parecía que era la oportunidad perfecta de enderezar el rumbo, pero lo fue a medias. Tras ir perdiendo por 2-0 en la primera mitad, los bilbaínos dieron una lección de casta en el segundo tiempo y acabaron igualando la contienda. El resultado fue lo de menos, pero la remontada propició una inyección de moral para el grupo.
Último esfuerzo
Joseba Etxeberria, uno de los héroes de la temporada junto a Julen Guerrero, tenía que ser fundamental en el sprint final. Una victoria en Tenerife y otra victoria frente a su verdugo copero, el Mallorca, hicieron que la previsible derrota en Barcelona no tuviera mayor trascendencia. Lo demostró el Athletic frente al Racing, levantando, a base de casta y orgullo, un partido que se había puesto imposible. Los bilbaínos habían recuperado su tono físico lo que provocó que, cuando todos estaban exhaustos en el tramo final, llegaran más fuertes que nunca. De esta forma, se presentó al 15 de mayo. Ganar significaba ir a la Champions y el equipo dio una lección de coraje ante el Zaragoza en la caldera que fue San Mamés durante los 90 minutos de partido. El gol de Etxeberria al filo del descanso otorgó un segundo puesto y la explosión de júbilo de miles de vizcaínos. Hoy, el Athletic vuelve a la Champions con el espíritu 'Guerrero' del 98. Los héroes de aquel día fueron Imanol Etxeberria, Larrainzar, Ríos, Alkorta, Larrazabal, José Mari, Carlos García, Etxeberria, Guerrero (Javi González, 83'), Alkiza (Ferreira 89') y Urzaiz (Ziganda 71'). Inolvidable.
Dieciséis años ha tenido que esperar el Athletic para volver a disputar la máxima competición europea: la Champions League
Una campaña histórica. Así fue calificada -el paso del tiempo confirma que con razón- la temporada del Athletic 1997-1998, la última en la que se clasificó para la Champions, un sueño que entonces era aún más complicado que ahora: sólo conseguían el billete los dos primeros equipos de la Liga. De la mano de Luis Fernández, aquel equipo encandiló a su afición al clasificarse segundos tras el Barça (74 puntos de los culés por los 65 de los rojiblancos), por delante del todopoderoso Real Madrid (63 puntos), en un campeonato que levantó pasiones. Dieciséis años han tenido que esperar la parroquia rojiblanca para hacerse de nuevo con un hueco en un torneo reservado para los grandes del fútbol europeo. Regular, sólido, contundente…
El Athletic que ha sabido forjar Ernesto Valverde guarda similitudes con aquel, que quizás no se caracterizó por un fútbol extraordinariamente brillante, pero sí por una enorme fiabilidad. La misma que los 'leones' han mostrado este año a la sombra del nuevo San Mamés, que ha ejercido de talismán de un equipo vistoso, amante del fútbol de ataque y que ha sabido combinar espectáculo y eficacia.
Un gol de Joseba Etxebarria frente al Zaragoza en la vieja 'Catedral' selló el pasaporte a la Liga de Campeones y desató la euforia en las gradas, mientras un Luis Fernández embriagado de felicidad 'toreaba' con una ikurriña en pleno césped. Esa victoria (1-0) tan trabajada como sufrida ponía broche a una temporada 97-98 para el recuerdo.
Mal arranque
Todo no iba a ser un camino de rosas. El primer partido de Liga se saldó con una derrota por 3-1 frente al Espanyol. Fue un jarro de agua fría para los 'leones'. Pero también un toque de atención. El Athletic, sin embargo, supo reaccionar y superó sus dos siguientes encuentros con nota. Un empate en el Villamarín y una fabulosa victoria frente al Atlético en 'La Catedral'. Probablemente, con los mejores 70 minutos de la temporada. Sin embargo, la máquina no acababa de funcionar a tope. Castigado por la exigencia de la Copa de la UEFA, para la que se había clasificado la temporada anterior, entre la jornada cuarta y séptima empalmó cuatro empates seguidos. El comienzo de la temporada no respondía para nada a las expectativas con cinco empates, una derrota y una sola victoria en siete partidos.
Tiempo revuelto
Dos triunfos seguidos frente al Sporting de Gijón y Tenerife parecía que harían despegar al equipo. Sólo fue un espejismo. En las cinco jornadas siguientes, con la competición europea todavía colgando, el Athletic se mostró muy irregular. Contundentes derrotas contra Mallorca y Valladolid, victoria ilusionante contra el Barcelona y dos soporíferos empates contra Racing de Santander y Real Madrid hacían dudar de su capacidad.
Eliminación europea
Fue uno de los puntos de inflexión de la temporada. Tras dejar de lado la carga europea, el equipo no podía seguir con esos altibajos. Había que darle la vuelta a la situación, y el partido de Santiago, bajo un gran diluvio, fue la clave. Supuso, además, el reencuentro de Guerrero consigo mismo -con el gol-, tras su lesión. Después, llegaron varias victorias y algún empate que hicieron que el Athletic subiera como la espuma en la clasificación. Llegaba el ecuador de competición.
Crisis y eliminación copera
Los de Luis Fernández habían impuesto un ritmo infernal y lo acabaron pagando. Llegó el mal juego, costaba anotar, en defensa eran frágiles... Vinieron varias derrotas contundentes y la sangría de puntos que estaba perdiendo parecía no tener fin. Su eliminación copera frente al Mallorca tuvo consecuencias funestres. En San Mamés fue humillado por el Valencia (0-3) y zarandeado por un mediocre Deportivo de La Coruña en Riazor (3-0). Se llegó así al partido de Gijón. Parecía que era la oportunidad perfecta de enderezar el rumbo, pero lo fue a medias. Tras ir perdiendo por 2-0 en la primera mitad, los bilbaínos dieron una lección de casta en el segundo tiempo y acabaron igualando la contienda. El resultado fue lo de menos, pero la remontada propició una inyección de moral para el grupo.
Último esfuerzo
Joseba Etxeberria, uno de los héroes de la temporada junto a Julen Guerrero, tenía que ser fundamental en el sprint final. Una victoria en Tenerife y otra victoria frente a su verdugo copero, el Mallorca, hicieron que la previsible derrota en Barcelona no tuviera mayor trascendencia. Lo demostró el Athletic frente al Racing, levantando, a base de casta y orgullo, un partido que se había puesto imposible. Los bilbaínos habían recuperado su tono físico lo que provocó que, cuando todos estaban exhaustos en el tramo final, llegaran más fuertes que nunca. De esta forma, se presentó al 15 de mayo. Ganar significaba ir a la Champions y el equipo dio una lección de coraje ante el Zaragoza en la caldera que fue San Mamés durante los 90 minutos de partido. El gol de Etxeberria al filo del descanso otorgó un segundo puesto y la explosión de júbilo de miles de vizcaínos. Hoy, el Athletic vuelve a la Champions con el espíritu 'Guerrero' del 98. Los héroes de aquel día fueron Imanol Etxeberria, Larrainzar, Ríos, Alkorta, Larrazabal, José Mari, Carlos García, Etxeberria, Guerrero (Javi González, 83'), Alkiza (Ferreira 89') y Urzaiz (Ziganda 71'). Inolvidable.
jueves, 1 de mayo de 2014
Evangelistas del Athletic
Artículo publicado por Aner Gondra en el diario Deia el 01/05/2014
Jon Viteri y Ernesto Díaz, periodistas de DEIA y TVE respectivamente, recuerdan su trabajo en la semana que el Athletic conquistó sus últimos títulos, el punto de inflexión entre el viejo y el nuevo testamento rojiblanco

Los aficionados del Athletic invadieron el césped de San Mamés tras conquistar el título liguero en la última jornada. (DEIA)
La última época dorada del Athletic queda ya muy atrás, en otra era. No antediluviana, pero sí anterior a internet, el que hoy en día es el pozo sin fondo en el que cualquiera escarba en busca de información. Es por eso que para conocer cómo era el último Athletic campeón y sus gestas hay que acudir al legado que hace treinta años dejaron los periodistas de la época. Jon Viteri, de DEIA, y Ernesto Díaz, de Televisión Española, hacen memoria y desempolvan los recuerdos de cómo vivieron aquella semana sagrada para los aficionados rojiblancos, el punto de inflexión entre el viejo y el nuevo testamento del Athletic.
Jon Viteri le daba entonces al teclado de la máquina de escribir para alimentar las páginas de información rojiblanca en DEIA, por lo que vivió en primera línea el partido decisivo en la lucha por la Liga contra la Real Sociedad, la final de Copa ante el Barcelona y la celebración de la gabarra. Recuerda que esa semana "se hizo un trabajo arduo" para publicar varios suplementos: "Nos desplazamos a Madrid unas seis o siete personas de DEIA. El día del partido fuimos a la mañana a Chamartín, donde llegaban los aficionados del Athletic en trenes. Para el mediodía ya había un periódico de DEIA en Madrid de 16 páginas para que los hinchas fuesen al campo calentitos e informados".
El partido lo vio en las rotativas del Cinco Días, donde tenían su cuartel general, y escribió una crónica en tiempo récord: "Nada más acabar el partido, ya había otro DEIA en Madrid con la crónica del partido. Si terminó a las 21.00 horas, a la una de la mañana se estaba vendiendo el periódico en la Puerta del Sol". De hecho, DEIA envió furgonetas a Madrid para distribuir periódicos: "La implicación fue tal que el gerente de DEIA, Iñaki Etxebarria, estuvo allí de madrugada vendiendo periódicos. En la redacción de Bilbao se pusieron envidiosos y salió otra edición muy temprano, de madrugada".
A la mañana siguiente "sin dormir", Viteri volvió en avión mientras otros compañeros escoltaban al autobús de los jugadores por carretera. Había que ponerse a preparar el dispositivo de la gabarra: "Eso ya fue el acabose. En Bilbao no hubo ni colegios. Ese día sacamos un periódico para el mediodía, horas antes de la gabarra".
A Jon Viteri le tocó estar en el ayuntamiento, pero para él "la imagen más impactante fue la de los trabajadores de Altos Hornos saliendo a la ría al paso de la gabarra. Los cogieron nuestros fotógrafos, que iban en la gabarra. Fue muy emocionante". Fue una semana que le marcó en lo profesional y en lo personal: "Para mí hay dos momentos mágicos que he vivido como periodista: este y el alto el fuego de ETA. Ni la democracia, ni las primeras elecciones, ni nada. Había tanta gente en Bilbao que por la Gran Vía había que dar codazos para poder andar. Eso no tiene vuelta. El día que el Athletic gane algo otra vez, aquí no hay colegio en una semana. Y si se gana una Champions esto se declara independiente y en Bilbao no se trabaja en mes y pico".
Mirando atrás, Viteri tiene claro cuál fue la clave para realizar esa semana un trabajo como aquel: "En DEIA se trabajó de una manera bestial. ¿Por qué? Por una religión que se llama Athletic. Los políticos suelen decir que el Athletic aúna. Pues no. El Athletic es una religión".
La lupa sobre Goikoetxea
Ernesto Díaz, en aquel entonces en Televisión Española, recuerda que aquella final de Copa tuvo un ingrediente novedoso en lo periodístico: "Maradona (cuyo fichaje por el Barcelona adelantó Ernesto Díaz) era la víctima de Andoni Goikoetxea. Aquella lesión tuvo una repercusión mediática espectacular, algo desconocido por completo en la prensa. Ahora hay un amarillismo terrible en casi todos los medios y se fija en un jugador determinado toda la historia periodística de cada día: no salimos de Cristiano Ronaldo, Messi, Neymar… En aquel día todas las miradas estaban puestas en Goikoetxea y en Maradona". A Ernesto también le tocó trabajar en la recepción del ayuntamiento: "Aquello era el camarote de los hermanos Marx, pero lo que más me gustó fue lo de la gabarra. A mí me impresionó. Cabía esperar aquella respuesta de la gente, pero se superaron todas las expectativas".
Dejó la celebración para ir a la redacción a trabajar y fue entonces cuando su conciencia rojiblanca se colapsó: "Me fui al trabajo para hacer la información y me quedé vacío. Al pasar de ese follón a pararme en el puesto de trabajo con las imágenes y las declaraciones, me quedé atrapado en una especie de vacío. Ese silencio… Te queda un recuerdo muy grande. Por suerte he vivido muchas cosas y tengo distintas referencias, pero desde luego, yo soy un niño de la calle Luis Briñas, y eso te marca. El Athletic ha sido una cosa muy importante como bilbaino, como niño aficionado al fútbol".
En contraposición con lo que ocurre hoy en día, Ernesto Díaz destaca que en aquellos tiempos el trato entre los periodistas y los jugadores era más próximo: "Había más acceso directo a la información. Ahora los periodistas nos manejamos mucho por el comunicado. Históricamente el Athletic no es el mejor ejemplo en la relación con los periodistas. No nos tienen que poner un pedestal, pero un poquito de atención y de mano izquierda y derecha podían tener".
Ernesto Díaz, un hombre enamorado del Athletic y de su profesión al que el presidente del Athletic Félix Oráa le llegó a decir "Díaz, usted es un veneno para el Athletic", destaca que "la afición es muy importante en la historia del Athletic, siendo mucho más que el jugador número 12. Pero hay que reconocer que el Athletic también es un producto de los periodistas y de los fotógrafos. Hay muchos nombres propios de informadores que han sido muy importantes y que también han hecho la historia del Athletic".
Tres décadas después de la gabarra, Ernesto piensa en los títulos del futuro: "Vamos a soñar con que vamos a ser campeones. Como está ahora el fútbol, el Athletic en su propia filosofía tiene su propia limitación. Pero esa filosofía ni se puede vender, ni se puede cambiar. Porque el Athletic dejaría de ser lo que dijo L'Equipe: "Un caso único en el caso del mundo".
Jon Viteri y Ernesto Díaz, periodistas de DEIA y TVE respectivamente, recuerdan su trabajo en la semana que el Athletic conquistó sus últimos títulos, el punto de inflexión entre el viejo y el nuevo testamento rojiblanco

Los aficionados del Athletic invadieron el césped de San Mamés tras conquistar el título liguero en la última jornada. (DEIA)
La última época dorada del Athletic queda ya muy atrás, en otra era. No antediluviana, pero sí anterior a internet, el que hoy en día es el pozo sin fondo en el que cualquiera escarba en busca de información. Es por eso que para conocer cómo era el último Athletic campeón y sus gestas hay que acudir al legado que hace treinta años dejaron los periodistas de la época. Jon Viteri, de DEIA, y Ernesto Díaz, de Televisión Española, hacen memoria y desempolvan los recuerdos de cómo vivieron aquella semana sagrada para los aficionados rojiblancos, el punto de inflexión entre el viejo y el nuevo testamento del Athletic.
Jon Viteri le daba entonces al teclado de la máquina de escribir para alimentar las páginas de información rojiblanca en DEIA, por lo que vivió en primera línea el partido decisivo en la lucha por la Liga contra la Real Sociedad, la final de Copa ante el Barcelona y la celebración de la gabarra. Recuerda que esa semana "se hizo un trabajo arduo" para publicar varios suplementos: "Nos desplazamos a Madrid unas seis o siete personas de DEIA. El día del partido fuimos a la mañana a Chamartín, donde llegaban los aficionados del Athletic en trenes. Para el mediodía ya había un periódico de DEIA en Madrid de 16 páginas para que los hinchas fuesen al campo calentitos e informados".
El partido lo vio en las rotativas del Cinco Días, donde tenían su cuartel general, y escribió una crónica en tiempo récord: "Nada más acabar el partido, ya había otro DEIA en Madrid con la crónica del partido. Si terminó a las 21.00 horas, a la una de la mañana se estaba vendiendo el periódico en la Puerta del Sol". De hecho, DEIA envió furgonetas a Madrid para distribuir periódicos: "La implicación fue tal que el gerente de DEIA, Iñaki Etxebarria, estuvo allí de madrugada vendiendo periódicos. En la redacción de Bilbao se pusieron envidiosos y salió otra edición muy temprano, de madrugada".
A la mañana siguiente "sin dormir", Viteri volvió en avión mientras otros compañeros escoltaban al autobús de los jugadores por carretera. Había que ponerse a preparar el dispositivo de la gabarra: "Eso ya fue el acabose. En Bilbao no hubo ni colegios. Ese día sacamos un periódico para el mediodía, horas antes de la gabarra".
A Jon Viteri le tocó estar en el ayuntamiento, pero para él "la imagen más impactante fue la de los trabajadores de Altos Hornos saliendo a la ría al paso de la gabarra. Los cogieron nuestros fotógrafos, que iban en la gabarra. Fue muy emocionante". Fue una semana que le marcó en lo profesional y en lo personal: "Para mí hay dos momentos mágicos que he vivido como periodista: este y el alto el fuego de ETA. Ni la democracia, ni las primeras elecciones, ni nada. Había tanta gente en Bilbao que por la Gran Vía había que dar codazos para poder andar. Eso no tiene vuelta. El día que el Athletic gane algo otra vez, aquí no hay colegio en una semana. Y si se gana una Champions esto se declara independiente y en Bilbao no se trabaja en mes y pico".
Mirando atrás, Viteri tiene claro cuál fue la clave para realizar esa semana un trabajo como aquel: "En DEIA se trabajó de una manera bestial. ¿Por qué? Por una religión que se llama Athletic. Los políticos suelen decir que el Athletic aúna. Pues no. El Athletic es una religión".
La lupa sobre Goikoetxea
Ernesto Díaz, en aquel entonces en Televisión Española, recuerda que aquella final de Copa tuvo un ingrediente novedoso en lo periodístico: "Maradona (cuyo fichaje por el Barcelona adelantó Ernesto Díaz) era la víctima de Andoni Goikoetxea. Aquella lesión tuvo una repercusión mediática espectacular, algo desconocido por completo en la prensa. Ahora hay un amarillismo terrible en casi todos los medios y se fija en un jugador determinado toda la historia periodística de cada día: no salimos de Cristiano Ronaldo, Messi, Neymar… En aquel día todas las miradas estaban puestas en Goikoetxea y en Maradona". A Ernesto también le tocó trabajar en la recepción del ayuntamiento: "Aquello era el camarote de los hermanos Marx, pero lo que más me gustó fue lo de la gabarra. A mí me impresionó. Cabía esperar aquella respuesta de la gente, pero se superaron todas las expectativas".
Dejó la celebración para ir a la redacción a trabajar y fue entonces cuando su conciencia rojiblanca se colapsó: "Me fui al trabajo para hacer la información y me quedé vacío. Al pasar de ese follón a pararme en el puesto de trabajo con las imágenes y las declaraciones, me quedé atrapado en una especie de vacío. Ese silencio… Te queda un recuerdo muy grande. Por suerte he vivido muchas cosas y tengo distintas referencias, pero desde luego, yo soy un niño de la calle Luis Briñas, y eso te marca. El Athletic ha sido una cosa muy importante como bilbaino, como niño aficionado al fútbol".
En contraposición con lo que ocurre hoy en día, Ernesto Díaz destaca que en aquellos tiempos el trato entre los periodistas y los jugadores era más próximo: "Había más acceso directo a la información. Ahora los periodistas nos manejamos mucho por el comunicado. Históricamente el Athletic no es el mejor ejemplo en la relación con los periodistas. No nos tienen que poner un pedestal, pero un poquito de atención y de mano izquierda y derecha podían tener".
Ernesto Díaz, un hombre enamorado del Athletic y de su profesión al que el presidente del Athletic Félix Oráa le llegó a decir "Díaz, usted es un veneno para el Athletic", destaca que "la afición es muy importante en la historia del Athletic, siendo mucho más que el jugador número 12. Pero hay que reconocer que el Athletic también es un producto de los periodistas y de los fotógrafos. Hay muchos nombres propios de informadores que han sido muy importantes y que también han hecho la historia del Athletic".
Tres décadas después de la gabarra, Ernesto piensa en los títulos del futuro: "Vamos a soñar con que vamos a ser campeones. Como está ahora el fútbol, el Athletic en su propia filosofía tiene su propia limitación. Pero esa filosofía ni se puede vender, ni se puede cambiar. Porque el Athletic dejaría de ser lo que dijo L'Equipe: "Un caso único en el caso del mundo".
Eternamente del Athletic
Artículo publicado por Jon Uriarte en el diario El Correo el 30/04/2014
La familia de un hincha del Athletic le despide con una oración y un homenaje al club de su vida en la esquela que le dedicó en Madrid
"Un genio hasta la sepultura". Ese era el intrigante mensaje de mi amigo y compañero de las ondas José Miguel Azpiroz. Iba acompañado de una esquela publicada el lunes en el 'Abc'. Imaginen la sorpresa al descubrir, más allá del habitual texto de las necrológicas, un insospechado mensaje. Aparecía en el cuadrante inferior izquierda. No era aquello de "la familia no recibe" o "la misa de salida será tal día". Sino un rotundo "Aupa Athletic". Esa era la esquela de Ignacio Beristain Ipiña. Un paisano que recorrió medio mundo en sus muchas vidas y acabó falleciendo en Madrid, tras 83 años con el Athletic por montera. Quizá por ello no pareció muy sorprendida su mujer al recibir una llamada preguntando por esta ocurrencia tan singular como emotiva. "Ha sido cosa de mi hijo el mayor". Y acto seguido me contó su historia.
Cosuelo es de Zaragoza. Pero adora a nuestro equipo, porque Ignacio así se lo transmitió a lo largo de los años. Nacho, como le conocían amigos y familiares, nació en Zorroza. Aunque siempre se sintió de Barakaldo, donde vivió hasta los 16 años. Su padre era notario en Bilbao y padre de seis hijos. El mayor, que también fue notario, murió en Londres. El resto se dedicó a otras disciplinas, sobresaliendo la vocación religiosa. Como el propio Nacho, que fue jesuita. Aunque a punto estuvo de no serlo. por culpa del Athletic. "Una mañana se fue de casa dejando una nota en la que decía que se iba a Loyola. Pero a última hora descubrió que había partido, se fue a San Mamés y perdió la opción".
Como lo leen. Y es que la rojiblanca es mucha fe. Logró que le aceptaran en Orduña, donde hizo el noviciado. Siendo de naturaleza inquieta, no lo dudó cuando pidieron misioneros para Sudamérica. Se fue con Ellacuría en un barco de carga. "Decían que eran gemelos porque nacieron el mismo día, mes y año". Tras recorrer países como El Salvador, acaba en Guatemala. Su importancia vital en la creación de la Universidad de este país fue valorada tanto en ese momento como años más tarde. Pero estuviera aquí o allá, siempre ha tenido en mente a nuestro club. "Hace unos días, cuando ya estaba muy mal, me preguntaba '¿cómo va el Athletic?'". Consuelo lo cuenta con una media sonrisa que lleva tanto orgullo como ternura. "Mis padres se conocieron en Zarautz y siempre han estado muy presentes los vascos en mi familia. Y el Athletic más. Tengo sobrinos de Madrid que son de él a muerte".
Tampoco es extraño cuando sus dos hijos son embajadores de San Mamés allá donde van. El mayor se llama como el padre y el menor Pablo. Fue el primero quien se encargó de la esquela y añadió la frase forofogoitia. Para más señorio, trabaja para Adidas y tiene vinculaciones profesionales con el Madrid. De hecho, en cierta ocasión Butragueño le preguntó si era 'merengue'. "Soy del Athletic". Como detalle txirene apuntaremos que hay familiares que aparecen sin apellido, pero el grito de guerra tiene sus dos palabras. Y ya que hablamos de apellidos, sepan que al ser preguntado por su nombre en el hospital, don Ignacio respondía con sus ocho apellidos vascos. Consuelo recuerda seis. "Beristain, Ipiña, Unzueta, Landaluze, Ocerin y Larrañaga".
En estos días de euforia athleticzale un grito destaca por encima de todos. "Athletic beti zurekin". Y nadie duda que somos una afición que lo dice de corazón. Pero pocos pueden llegar hasta sus máximas consecuencias su verdadero significado. Ignacio Beristain Ipiña es uno de ellos. Siempre con el Athletic. Muchos recordarán que fue filósofo y teólogo, religioso, misionero, jefe de personal en Altos Hornos en Sagunto, profesor de recursos humanos, casado desde los 40 años tras siete meses de noviazgo y padre y abuelo hasta el último día. Pero algunos le hemos conocido tarde para vivir esos instantes. En cambio, su esquela permanecerá por siempre en nuestro recuerdo. Porque se es o no se es. Y don Ignacio era, es y será del Athletic, por toda la eternidad.
La familia de un hincha del Athletic le despide con una oración y un homenaje al club de su vida en la esquela que le dedicó en Madrid
"Un genio hasta la sepultura". Ese era el intrigante mensaje de mi amigo y compañero de las ondas José Miguel Azpiroz. Iba acompañado de una esquela publicada el lunes en el 'Abc'. Imaginen la sorpresa al descubrir, más allá del habitual texto de las necrológicas, un insospechado mensaje. Aparecía en el cuadrante inferior izquierda. No era aquello de "la familia no recibe" o "la misa de salida será tal día". Sino un rotundo "Aupa Athletic". Esa era la esquela de Ignacio Beristain Ipiña. Un paisano que recorrió medio mundo en sus muchas vidas y acabó falleciendo en Madrid, tras 83 años con el Athletic por montera. Quizá por ello no pareció muy sorprendida su mujer al recibir una llamada preguntando por esta ocurrencia tan singular como emotiva. "Ha sido cosa de mi hijo el mayor". Y acto seguido me contó su historia.
Cosuelo es de Zaragoza. Pero adora a nuestro equipo, porque Ignacio así se lo transmitió a lo largo de los años. Nacho, como le conocían amigos y familiares, nació en Zorroza. Aunque siempre se sintió de Barakaldo, donde vivió hasta los 16 años. Su padre era notario en Bilbao y padre de seis hijos. El mayor, que también fue notario, murió en Londres. El resto se dedicó a otras disciplinas, sobresaliendo la vocación religiosa. Como el propio Nacho, que fue jesuita. Aunque a punto estuvo de no serlo. por culpa del Athletic. "Una mañana se fue de casa dejando una nota en la que decía que se iba a Loyola. Pero a última hora descubrió que había partido, se fue a San Mamés y perdió la opción".
Como lo leen. Y es que la rojiblanca es mucha fe. Logró que le aceptaran en Orduña, donde hizo el noviciado. Siendo de naturaleza inquieta, no lo dudó cuando pidieron misioneros para Sudamérica. Se fue con Ellacuría en un barco de carga. "Decían que eran gemelos porque nacieron el mismo día, mes y año". Tras recorrer países como El Salvador, acaba en Guatemala. Su importancia vital en la creación de la Universidad de este país fue valorada tanto en ese momento como años más tarde. Pero estuviera aquí o allá, siempre ha tenido en mente a nuestro club. "Hace unos días, cuando ya estaba muy mal, me preguntaba '¿cómo va el Athletic?'". Consuelo lo cuenta con una media sonrisa que lleva tanto orgullo como ternura. "Mis padres se conocieron en Zarautz y siempre han estado muy presentes los vascos en mi familia. Y el Athletic más. Tengo sobrinos de Madrid que son de él a muerte".
Tampoco es extraño cuando sus dos hijos son embajadores de San Mamés allá donde van. El mayor se llama como el padre y el menor Pablo. Fue el primero quien se encargó de la esquela y añadió la frase forofogoitia. Para más señorio, trabaja para Adidas y tiene vinculaciones profesionales con el Madrid. De hecho, en cierta ocasión Butragueño le preguntó si era 'merengue'. "Soy del Athletic". Como detalle txirene apuntaremos que hay familiares que aparecen sin apellido, pero el grito de guerra tiene sus dos palabras. Y ya que hablamos de apellidos, sepan que al ser preguntado por su nombre en el hospital, don Ignacio respondía con sus ocho apellidos vascos. Consuelo recuerda seis. "Beristain, Ipiña, Unzueta, Landaluze, Ocerin y Larrañaga".
En estos días de euforia athleticzale un grito destaca por encima de todos. "Athletic beti zurekin". Y nadie duda que somos una afición que lo dice de corazón. Pero pocos pueden llegar hasta sus máximas consecuencias su verdadero significado. Ignacio Beristain Ipiña es uno de ellos. Siempre con el Athletic. Muchos recordarán que fue filósofo y teólogo, religioso, misionero, jefe de personal en Altos Hornos en Sagunto, profesor de recursos humanos, casado desde los 40 años tras siete meses de noviazgo y padre y abuelo hasta el último día. Pero algunos le hemos conocido tarde para vivir esos instantes. En cambio, su esquela permanecerá por siempre en nuestro recuerdo. Porque se es o no se es. Y don Ignacio era, es y será del Athletic, por toda la eternidad.
Las noches de Lezama
Artículo publicado por César Ortuzar en el diario Deia el 30/04/2014
Con la euforia del título de Liga a cuestas, con la afición vitoreándole en cada zancada, el Athletic se vio obligado a peregrinar para desembocar con éxito en la final de Copa que se disputó seis días después en Madrid ante el Barcelona

Con Lezama tomado por los aficionados rojiblancos, el Athletic decidió entrenar en San Mamés para preparar la final de Copa. (Foto: DEIA)
Nos atamos las botas con más mimo que nunca. Era una final y lo único que piensas antes de salir es hacer bien las cosas". Lo cuenta Ismael Urtubi, uno de los héroes del Athletic. Ese momento tan costumbrista, ese gesto tan habitual en el día de un vestuario, en la biografía de un futbolista, tan extraordinario ante una final de Copa, simboliza un instante único. Esa lazada esmerada es el inicio de un sueño único. Llegar hasta él es desovillar un festín de sensaciones, subirse en la montaña rusa de las emociones, de los días de gloria, de los gritos de aliento, de los tragos de frenesí y los bocados de felicidad. Ese viaje a la pura dicha, al alma de una aventura estupenda, no se puede entender sin las noches de Lezama. Estandarte de la cantera, blasón del Athletic, incubadora del futuro, escuela, instituto y universidad, Lezama se convirtió en el dique de contención del tsunami de alegría que causó el oleaje del trofeo liguero de 1984.
Abierto el portón de San Mamés, que había estallado eufórico, gozoso tras el segundo tanto de Liceranzu y la victoria ante la Real que otorgaba la Liga, la hinchada quiso saludar a los suyos, vitorearlos, cantarles. "Lo celebramos a todo trapo con un recorrido en autobús que nos llevó por la Gran Vía, el Ayuntamiento, subiendo por Santo Domingo para llegar a Lezama donde íbamos a concentrarnos de cara a la final de Copa". El desfile entre la afición "nos llevó dos o tres horas", recuerda Manolo Delgado, preparador físico y acicate emocional del último Athletic campeón. Nunca un trayecto tan corto fue tan largo. Tampoco tan bonito ni tan sonoro. El himno del Athletic bramaba a tope desde el bus. "La afición lo estaba deseando y el viaje en autobús fue una pasada. Fueron un cúmulo de sensaciones. No sé el tiempo que estuvimos allí metidos, pero la fiesta era importante", sonríe con la memoria Isma Urtubi. Lezama era un jolgorio, con los aficionados haciendo guardia ante las instalaciones deportivas. "El pueblo en pleno estaba esperándonos", sostiene Manolo Delgado, una enciclopedia de recuerdos y sentimiento Athletic.
La cita con la final de Copa, el 5 de mayo, despuntaba como la luz intensa de un faro a seis días de la consecución de la Liga. El Finisterre del Athletic aguardaba en el Bernabéu. Allí se retaba al Barcelona, enemigo íntimo de los rojiblancos. Para alcanzar la final con garantías, el club diseñó un plan que comenzó con el paseo "eterno" en autobús. La noche de celebración también estaba contemplada. "Javi Clemente y Manolo Delgado habían sido jugadores y sabían manejar el grupo", desvela Urtubi, que niega que nadie saltara la valla de Lezama para festejar el título. "¿Saltar la valla? Qué va, cómo van a saltar la vallas los coches... je, je". No hacía falta. "Además aquello siempre estaba abierto... je, je", bromea Urtubi. El cuerpo técnico selló el salvoconducto para que la plantilla, tras un campeonato excelente, pero extenuante, al límite hasta el descorche frente a la Real Sociedad, pudiera desconectar. "Se trata de trabajar pero alegremente", dice Urtubi, un enamorado de las trastadas, excelente futbolista y mejor bromista.
Los futbolistas se confundieron con la noche o eso se cuenta. Sobre aquel episodio los testimonios son confusos, tanto como los que dicen haber visto un OVNI. "Hay mucho de leyenda urbana sobre ese tema. Hay quien dice que ha visto cocodrilos en la ría...", lanza Manolo Delgado con sorna. "Algunos dicen que vieron a los jugadores a la misma hora en sitios diferentes: en Banderas de Bizkaia, en Pozas, así que imagínate, quién sabe... no había móviles ni cámaras, así que como para hacer caso". Que los futbolistas descargaran la adrenalina, que disfrutaran de su cumbre, era parte del método, del premio y el reconocimiento a una soberbia campaña liguera. Lezama, lugar de concentración desde 1981, según alumbra Manolo Delgado, era la tubería, el desagüe, que tenía que encauzar el torrente sensitivo y de estímulos que se desató con el alirón, una locura colectiva que atrapó a la sociedad vizcaina. Nadie era ajeno al logro. "Era impresionante. Pensabas, si todo esto ha pasado con el título de Liga, qué no pasará si ganamos la Copa", diserta Urtubi, ideólogo de todo tipo de ocurrencias. El coche de Julio Salinas, un Opel Kadet, que apareció misteriosamente aparcado en el campo de entrenamiento, fue, al parecer, una de sus gestiones de aquella temporada. "No se sabe quién fue... je, je, pero alguien le cogió las llaves y aparcó de madrugada su coche en mitad del campo de entrenamiento". Clemente agarró un mosqueo importante. La bronca fue tan grande que a Julio Salinas se le escapó alguna lágrima.
En los días que precedieron a la final de Copa, Urtubi jura que no ocurrió nada extraño. Eso sí, a diario gobernaba lo extraordinario. Miles de aficionados acudían a presenciar los entrenamientos del equipo. "Era demasiado, un gentío increíble. Todo el mundo aplaudiendo, animando. ¡Athletic txapeldun! Decían. Gritos, aplausos, no se oía otra cosa", enmarca Manolo Delgado, encargado de dirigir la preparación física del Athletic. La afición bilbaina "incombustible, siempre estaba ahí", alentaba tanto a los suyos que los entrenamientos no se podían desarrollar con normalidad. Lo explica el preparador. "Hay que tener en cuenta que la adrenalina que generan esas situaciones de euforia también desgastan el cuerpo y la prioridad era recuperar al equipo y prepararlo de la mejor manera posible para afrontar la final de Copa". La situación, aunque gozosa, no era la idónea. "Por una parte era momento de saborear lo conseguido, pero por otra parte teníamos que disputar una final en unos días", describe Manolo Delgado. El Athletic era campeón, pero podía volver a serlo. Había que enfriar al equipo pero no congelarlo. "Sabíamos que teníamos otro reto. Teníamos que hacer un último esfuerzo. Merecía la pena", añade Urtubi.
Avalancha en Lezama
En Lezama las sesiones de entrenamiento eran una manifestación de cariño continúo hacia el equipo y una barricada para una aproximación eficaz a la final. Estima Manolo Delgado que en aquellos días de finales de abril y principios de mayo "había 5.000 o 6.000 personas en Lezama, así que decidimos realizar entrenamientos sencillos porque existía un sobrecoste emocional importante. Todo eso se nota en el cuerpo". "Se te ponía la carne de gallina", rubrica Urtubi sobre la avalancha de ánimos que se posaba sin descanso sobre la piel de la plantilla. Aquello, enfatiza el preparador físico era "insostenible". Ante esa realidad, el cuerpo técnico y la directiva decidieron que había que trasladarse a San Mamés para desarrollar las sesiones de trabajo. "Pensamos que si entrenábamos en el campo estaríamos tranquilos", dice Manolo Delgado. A mediados de los 80 el concepto de entrenamiento a puerta cerrada era una cuestión impensable, así que la plantilla se trasladó a La Catedral "esperando que habría los típicos diez jubiletas".
El cálculo no pudo ser más desviado. Había diez, pero miles. "Cuando la gente se enteró que entrenábamos en San Mamés, se llenó la Tribuna Principal", visualiza Manolo Delgado. Los estudiantes de la Escuela de Ingenieros, que se mece junto al campo, se presentaron allí. También un montón de chavales de colegios y centros escolares de Bilbao. "Era exageradísimo. Aquello parecía un partido. Era un entrenamiento y nos animaban como cuando jugábamos", apunta el centrocampista. "Pasabas por la banda y la sensación era la misma que cuando competías. La gente gritando: ¡Athletic, Athletic!". Definitivamente, los rojiblancos necesitaban poner tierra de por medio para oxigenarse de cara a la final. Mientras la hinchada hacia las maletas para preparar el éxodo hacia la gloria, desde el club se optó por adelantar el viaje a Madrid para ganar en tranquilidad. "Era necesario. Se explicó a la gente. No nos quedaba otra opción para preparar el partido debidamente", desgrana Manolo Delgado. En Madrid les recibía el Hotel Mindanao, que ya les sirvió de refugio cuando el Athletic se hizo con el entorchado en Las Palmas un año antes. "El hotel, al menos la zona del hall, también estaba de bote en bote. Estaba hasta la bandera. No podías pasar por allí", indica Isma Urtubi. A los rojiblancos les reservaron un ala del recinto hotelero. Los entrenamientos se realizaban en la antigua ciudad deportiva del Real Madrid. "También había gente, porque siempre hay alguien, pero no era la locura de Lezama", recalca Manolo Delgado, un "motivador excepcional, un tipo genial", según Urtubi. "Si nos decía que corriésemos en un sentido, nosotros íbamos al contrario para putear... je, je. Siempre supo llevar las bromas. Nos entendíamos genial con él".
La tensión
En una semana "que se hizo larguísima", atestigua Urtubi, el plomo del partido, el peso de la liturgia enraizó en el organismo del Athletic y no hubo espacio para las bromas. "De aquello, sobre todo, recuerdo el silencio". En el comedor del hotel solo se escuchaban las cucharillas de café. Nadie hablaba. La concentración, la tensión, la liturgia de un partido único, dejaron sin habla al plantel, que se enfrentaba a una oportunidad histórica: la conquista del doblete. "Había tal tensión, tal concentración, que a la hora de comer nadie hablaba. En esa calma chicha solo se escuchaba el sonido de las cucharillas removiendo el café", despieza Delgado. En la merienda previa al duelo lo único que se masticaba era la tensión. "No sé si alguien comió algo a pesar de las horas que había entre la comida y la hora del partido", detalla Urtubi. El manto de silencio impregnaba cada pequeño mordisqueo. Era hora de subirse a la historia. Esperaba el autobús. Camino del Bernabéu, Urtubi visualizaba el partido en su mente. "Piensas en lo que tienes que hacer, en quién es el rival, en no fallar ese día. Al menos era lo que pensaba yo".
En ese ambiente de tensa calma, de procesión, abrió la expedición la puerta de la caseta. "No sé si había ruido, yo, al menos, no recuerdo oír nada. Cada uno estaba a la suyo. Concentrado", establece Urtubi de aquella noche de comienzos de mayo. Con el tictac en el cogote, el Barcelona desafiante y la Copa en un partido sin retorno, la plantilla buceaba en sus adentros en diálogos interiores. Hasta que todo reventó gracias a la aparición estelar de Natxo Biritxinaga, el mítico masajista y el apoyo de muchos en la caseta durante décadas. Con su actuación cambió el semblante de la plantilla. "Natxo tenía habilidad para romper el hielo", enfatiza Manolo Delgado sobre el eterno Natxo, un padre para muchos. Biritxinaga destrozó la solemnidad del vestuario del Bernabéu. En ese estado, ante uno de los partidos más importantes de sus vidas, "a Natxo no se le ocurrió otra cosa que disfrazarse de Eva Nasarre (una profesora de aerobic célebre en los 80). Todos rompimos a reír al verle. Fue un golpe de efecto genial. Natxo siempre tenía algún truco para restar tensión", se emociona Manolo Delgado.
También lo hace Urtubi. "Natxo era un fenómeno. Siempre tenía algo. Aquello fue la bomba. Imagínate la situación. Todo fueron risas, aplausos, cánticos. Acabamos cantando la canción que se había inventado él. Allí se rompió la tensión". Después, con las botas bien atadas, comenzó la leyenda de las noches de Lezama.
Con la euforia del título de Liga a cuestas, con la afición vitoreándole en cada zancada, el Athletic se vio obligado a peregrinar para desembocar con éxito en la final de Copa que se disputó seis días después en Madrid ante el Barcelona

Con Lezama tomado por los aficionados rojiblancos, el Athletic decidió entrenar en San Mamés para preparar la final de Copa. (Foto: DEIA)
Nos atamos las botas con más mimo que nunca. Era una final y lo único que piensas antes de salir es hacer bien las cosas". Lo cuenta Ismael Urtubi, uno de los héroes del Athletic. Ese momento tan costumbrista, ese gesto tan habitual en el día de un vestuario, en la biografía de un futbolista, tan extraordinario ante una final de Copa, simboliza un instante único. Esa lazada esmerada es el inicio de un sueño único. Llegar hasta él es desovillar un festín de sensaciones, subirse en la montaña rusa de las emociones, de los días de gloria, de los gritos de aliento, de los tragos de frenesí y los bocados de felicidad. Ese viaje a la pura dicha, al alma de una aventura estupenda, no se puede entender sin las noches de Lezama. Estandarte de la cantera, blasón del Athletic, incubadora del futuro, escuela, instituto y universidad, Lezama se convirtió en el dique de contención del tsunami de alegría que causó el oleaje del trofeo liguero de 1984.
Abierto el portón de San Mamés, que había estallado eufórico, gozoso tras el segundo tanto de Liceranzu y la victoria ante la Real que otorgaba la Liga, la hinchada quiso saludar a los suyos, vitorearlos, cantarles. "Lo celebramos a todo trapo con un recorrido en autobús que nos llevó por la Gran Vía, el Ayuntamiento, subiendo por Santo Domingo para llegar a Lezama donde íbamos a concentrarnos de cara a la final de Copa". El desfile entre la afición "nos llevó dos o tres horas", recuerda Manolo Delgado, preparador físico y acicate emocional del último Athletic campeón. Nunca un trayecto tan corto fue tan largo. Tampoco tan bonito ni tan sonoro. El himno del Athletic bramaba a tope desde el bus. "La afición lo estaba deseando y el viaje en autobús fue una pasada. Fueron un cúmulo de sensaciones. No sé el tiempo que estuvimos allí metidos, pero la fiesta era importante", sonríe con la memoria Isma Urtubi. Lezama era un jolgorio, con los aficionados haciendo guardia ante las instalaciones deportivas. "El pueblo en pleno estaba esperándonos", sostiene Manolo Delgado, una enciclopedia de recuerdos y sentimiento Athletic.
La cita con la final de Copa, el 5 de mayo, despuntaba como la luz intensa de un faro a seis días de la consecución de la Liga. El Finisterre del Athletic aguardaba en el Bernabéu. Allí se retaba al Barcelona, enemigo íntimo de los rojiblancos. Para alcanzar la final con garantías, el club diseñó un plan que comenzó con el paseo "eterno" en autobús. La noche de celebración también estaba contemplada. "Javi Clemente y Manolo Delgado habían sido jugadores y sabían manejar el grupo", desvela Urtubi, que niega que nadie saltara la valla de Lezama para festejar el título. "¿Saltar la valla? Qué va, cómo van a saltar la vallas los coches... je, je". No hacía falta. "Además aquello siempre estaba abierto... je, je", bromea Urtubi. El cuerpo técnico selló el salvoconducto para que la plantilla, tras un campeonato excelente, pero extenuante, al límite hasta el descorche frente a la Real Sociedad, pudiera desconectar. "Se trata de trabajar pero alegremente", dice Urtubi, un enamorado de las trastadas, excelente futbolista y mejor bromista.
Los futbolistas se confundieron con la noche o eso se cuenta. Sobre aquel episodio los testimonios son confusos, tanto como los que dicen haber visto un OVNI. "Hay mucho de leyenda urbana sobre ese tema. Hay quien dice que ha visto cocodrilos en la ría...", lanza Manolo Delgado con sorna. "Algunos dicen que vieron a los jugadores a la misma hora en sitios diferentes: en Banderas de Bizkaia, en Pozas, así que imagínate, quién sabe... no había móviles ni cámaras, así que como para hacer caso". Que los futbolistas descargaran la adrenalina, que disfrutaran de su cumbre, era parte del método, del premio y el reconocimiento a una soberbia campaña liguera. Lezama, lugar de concentración desde 1981, según alumbra Manolo Delgado, era la tubería, el desagüe, que tenía que encauzar el torrente sensitivo y de estímulos que se desató con el alirón, una locura colectiva que atrapó a la sociedad vizcaina. Nadie era ajeno al logro. "Era impresionante. Pensabas, si todo esto ha pasado con el título de Liga, qué no pasará si ganamos la Copa", diserta Urtubi, ideólogo de todo tipo de ocurrencias. El coche de Julio Salinas, un Opel Kadet, que apareció misteriosamente aparcado en el campo de entrenamiento, fue, al parecer, una de sus gestiones de aquella temporada. "No se sabe quién fue... je, je, pero alguien le cogió las llaves y aparcó de madrugada su coche en mitad del campo de entrenamiento". Clemente agarró un mosqueo importante. La bronca fue tan grande que a Julio Salinas se le escapó alguna lágrima.
En los días que precedieron a la final de Copa, Urtubi jura que no ocurrió nada extraño. Eso sí, a diario gobernaba lo extraordinario. Miles de aficionados acudían a presenciar los entrenamientos del equipo. "Era demasiado, un gentío increíble. Todo el mundo aplaudiendo, animando. ¡Athletic txapeldun! Decían. Gritos, aplausos, no se oía otra cosa", enmarca Manolo Delgado, encargado de dirigir la preparación física del Athletic. La afición bilbaina "incombustible, siempre estaba ahí", alentaba tanto a los suyos que los entrenamientos no se podían desarrollar con normalidad. Lo explica el preparador. "Hay que tener en cuenta que la adrenalina que generan esas situaciones de euforia también desgastan el cuerpo y la prioridad era recuperar al equipo y prepararlo de la mejor manera posible para afrontar la final de Copa". La situación, aunque gozosa, no era la idónea. "Por una parte era momento de saborear lo conseguido, pero por otra parte teníamos que disputar una final en unos días", describe Manolo Delgado. El Athletic era campeón, pero podía volver a serlo. Había que enfriar al equipo pero no congelarlo. "Sabíamos que teníamos otro reto. Teníamos que hacer un último esfuerzo. Merecía la pena", añade Urtubi.
Avalancha en Lezama
En Lezama las sesiones de entrenamiento eran una manifestación de cariño continúo hacia el equipo y una barricada para una aproximación eficaz a la final. Estima Manolo Delgado que en aquellos días de finales de abril y principios de mayo "había 5.000 o 6.000 personas en Lezama, así que decidimos realizar entrenamientos sencillos porque existía un sobrecoste emocional importante. Todo eso se nota en el cuerpo". "Se te ponía la carne de gallina", rubrica Urtubi sobre la avalancha de ánimos que se posaba sin descanso sobre la piel de la plantilla. Aquello, enfatiza el preparador físico era "insostenible". Ante esa realidad, el cuerpo técnico y la directiva decidieron que había que trasladarse a San Mamés para desarrollar las sesiones de trabajo. "Pensamos que si entrenábamos en el campo estaríamos tranquilos", dice Manolo Delgado. A mediados de los 80 el concepto de entrenamiento a puerta cerrada era una cuestión impensable, así que la plantilla se trasladó a La Catedral "esperando que habría los típicos diez jubiletas".
El cálculo no pudo ser más desviado. Había diez, pero miles. "Cuando la gente se enteró que entrenábamos en San Mamés, se llenó la Tribuna Principal", visualiza Manolo Delgado. Los estudiantes de la Escuela de Ingenieros, que se mece junto al campo, se presentaron allí. También un montón de chavales de colegios y centros escolares de Bilbao. "Era exageradísimo. Aquello parecía un partido. Era un entrenamiento y nos animaban como cuando jugábamos", apunta el centrocampista. "Pasabas por la banda y la sensación era la misma que cuando competías. La gente gritando: ¡Athletic, Athletic!". Definitivamente, los rojiblancos necesitaban poner tierra de por medio para oxigenarse de cara a la final. Mientras la hinchada hacia las maletas para preparar el éxodo hacia la gloria, desde el club se optó por adelantar el viaje a Madrid para ganar en tranquilidad. "Era necesario. Se explicó a la gente. No nos quedaba otra opción para preparar el partido debidamente", desgrana Manolo Delgado. En Madrid les recibía el Hotel Mindanao, que ya les sirvió de refugio cuando el Athletic se hizo con el entorchado en Las Palmas un año antes. "El hotel, al menos la zona del hall, también estaba de bote en bote. Estaba hasta la bandera. No podías pasar por allí", indica Isma Urtubi. A los rojiblancos les reservaron un ala del recinto hotelero. Los entrenamientos se realizaban en la antigua ciudad deportiva del Real Madrid. "También había gente, porque siempre hay alguien, pero no era la locura de Lezama", recalca Manolo Delgado, un "motivador excepcional, un tipo genial", según Urtubi. "Si nos decía que corriésemos en un sentido, nosotros íbamos al contrario para putear... je, je. Siempre supo llevar las bromas. Nos entendíamos genial con él".
La tensión
En una semana "que se hizo larguísima", atestigua Urtubi, el plomo del partido, el peso de la liturgia enraizó en el organismo del Athletic y no hubo espacio para las bromas. "De aquello, sobre todo, recuerdo el silencio". En el comedor del hotel solo se escuchaban las cucharillas de café. Nadie hablaba. La concentración, la tensión, la liturgia de un partido único, dejaron sin habla al plantel, que se enfrentaba a una oportunidad histórica: la conquista del doblete. "Había tal tensión, tal concentración, que a la hora de comer nadie hablaba. En esa calma chicha solo se escuchaba el sonido de las cucharillas removiendo el café", despieza Delgado. En la merienda previa al duelo lo único que se masticaba era la tensión. "No sé si alguien comió algo a pesar de las horas que había entre la comida y la hora del partido", detalla Urtubi. El manto de silencio impregnaba cada pequeño mordisqueo. Era hora de subirse a la historia. Esperaba el autobús. Camino del Bernabéu, Urtubi visualizaba el partido en su mente. "Piensas en lo que tienes que hacer, en quién es el rival, en no fallar ese día. Al menos era lo que pensaba yo".
En ese ambiente de tensa calma, de procesión, abrió la expedición la puerta de la caseta. "No sé si había ruido, yo, al menos, no recuerdo oír nada. Cada uno estaba a la suyo. Concentrado", establece Urtubi de aquella noche de comienzos de mayo. Con el tictac en el cogote, el Barcelona desafiante y la Copa en un partido sin retorno, la plantilla buceaba en sus adentros en diálogos interiores. Hasta que todo reventó gracias a la aparición estelar de Natxo Biritxinaga, el mítico masajista y el apoyo de muchos en la caseta durante décadas. Con su actuación cambió el semblante de la plantilla. "Natxo tenía habilidad para romper el hielo", enfatiza Manolo Delgado sobre el eterno Natxo, un padre para muchos. Biritxinaga destrozó la solemnidad del vestuario del Bernabéu. En ese estado, ante uno de los partidos más importantes de sus vidas, "a Natxo no se le ocurrió otra cosa que disfrazarse de Eva Nasarre (una profesora de aerobic célebre en los 80). Todos rompimos a reír al verle. Fue un golpe de efecto genial. Natxo siempre tenía algún truco para restar tensión", se emociona Manolo Delgado.
También lo hace Urtubi. "Natxo era un fenómeno. Siempre tenía algo. Aquello fue la bomba. Imagínate la situación. Todo fueron risas, aplausos, cánticos. Acabamos cantando la canción que se había inventado él. Allí se rompió la tensión". Después, con las botas bien atadas, comenzó la leyenda de las noches de Lezama.
martes, 29 de abril de 2014
Sección de hockey hierba del Athletic Club
Foto publicada en el perfil de Facebook de Orgullo Athleticzale
¡¡ Histórico documento !! El equipo de Hockey Hierba del Athletic jugando en San Mamés alrededor de 1920. (Foto de Natxo Peli Hormaechea).
¡¡ Histórico documento !! El equipo de Hockey Hierba del Athletic jugando en San Mamés alrededor de 1920. (Foto de Natxo Peli Hormaechea).
Éramos los mejores
Artículo publicado por César Ortuzar en el diario Deia el 29/04/2014
A un paso de la Champions, se cumplen treinta años del último título liguero del Athletic
"Fuimos campeones porque éramos los mejores"
La hazaña del último Athletic campeón, el magnífico equipo que abrió la vitrina hace treinta años en dos ocasiones con el laurel de la Liga y trofeo de la Copa, se condensa en la rotundidad y la normalidad de esa frase. El relato que conduce a esa máxima posee, sin embargo, más matices, aunque el hilo argumental que sostiene el recorrido de un equipo de fábula no tiene discusión. "Teníamos un equipazo. Lo teníamos todo. Sin eso es imposible ser campeones", coinciden Andoni Goikoetxea, Miguel de Andrés y Manolo Sarabia, estupendos mosqueteros de un Athletic que alcanzó la gloria, la mayor cumbre en tres décadas de un club que acumula varios tomos de incunables en la librería de Ibaigane, en la memoria de San Mamés y en el recuerdo de la afición. "Quien nos vio jugar sabe que éramos muy buenos", subraya Manolo Sarabia, aquel fantástico e imaginativo delantero de un equipo irrepetible. "Jugábamos muy bien. Lo nuestro era fútbol total. Atacábamos muy bien y defendíamos estupendamente, éramos muy fiables", desgrana Miguel de Andrés, el compás, la clave de bóveda, de un equipo "tremendamente equilibrado" y con una extraordinaria mentalidad ganadora. "Jugábamos para ganar". "Y ganábamos donde teníamos que hacerlo, algo que no es nada sencillo", matiza De Andrés sobre el espíritu de aquel equipo y su capacidad competitiva.
Solo los grandes equipos son capaces de agigantarse cuando lo exigen los retos. Eso les diferencia. El Athletic tenía ese sello, que no se reparte en una tómbola. Hay que ganárselo pulgada a pulgada. Nadie se lo regaló. "Mentalmente éramos muy fuertes, muy competitivos. Un equipo con carácter, que sabía muy bien lo que tenía que hacer en cada momento. Sabíamos a qué jugábamos", reflexionan los protagonistas de aquella fantástica época repleta de champán, triunfo, vértigo y éxtasis de comienzos de los 80, la edad de oro del Athletic. "El nuestro era un fútbol rápido, directo, entrábamos mucho por banda porque teníamos unas bandas espectaculares", dice Andoni Goikoetxea. Destaca el central que el Athletic jugaba con las líneas juntas, que la defensa empujaba y que "jugábamos en un espacio reducido". El Athletic de Clemente, una escuadra compacta, partía de un 4-3-3 muy definido en el que se mezclaban las cantidades exactas de trabajo, esfuerzo y el talento. "Teníamos mucho talento. Sin calidad no se puede ganar tanto como ganamos", responden al unísono De Andrés, Goikoetxea y Sarabia sobre una era que dejó dos títulos de Liga, una Copa y una Supercopa en las arcas del club.
La melodía de San Mamés
El pentagrama de La Catedral se resumía a una descarga eléctrica, al centelleante rock&roll de un equipo que jugaba a todo trapo, al galope. "En San Mamés salíamos a atacar, atacar y atacar", dice De Andrés, el mariscal de campo rojiblanco, un tipo que gobernaba la parcela ancha con la cabeza siempre alta, una efigie griega con la pelota y que "robaba cientos de balones", establece Sarabia. El Athletic era "pura dinamita" en la delantera: pegaba con la crudeza de un peso pesado, con la mano de piedra, y lanzaba golpes con la velocidad de un peso ligero. "Teníamos mucho gol. Ahí estaban futbolistas como Dani, que se las sabía todas, Estanis Argote, una de las mejores zurdas que he visto en mi vida, y Manolo Sarabia, que era un artista, pura calidad", lanza De Andrés. "Hacíamos muchísimos goles porque en el equipo había calidad. Además de los delanteros, los centrocampistas también llegaban y marcaban. Urtubi tenía un cañón, pegaba a la pelota de cine. Los defensas también aportábamos, sobre todo, a balón parado. Íbamos muy bien de cabeza", recuerda Andoni Goikoetxea, uno con una capacidad goleadora sobresaliente. Dos goles de cabeza de Liceranzu, su pareja como central, frente a la Real Sociedad en San Mamés otorgaron a los bilbainos el último entorchado liguero. "En la estrategia el equipo era tremendo. Teníamos unos lanzadores excepcionales y unos extraordinarios rematadores. Con la estrategia logramos muchos goles que sirvieron para ganar partidos". No existe mejor combinación para rentabilizar la pelota parada. No hay pizarra que resista esa suma. "Argote siempre te ponía la pelota con ventaja. Era una maravilla", desgrana Sarabia sobre el extremo izquierdo rojiblanco, que manejaba una zurda de seda.
El Athletic diseñado por Javier Clemente, transitaba, principalmente, por las bandas. El equipo construyó autopistas por los costados y buscaba con celeridad el área rival. Desde allí se buscaba a los rematadores en una época en la que el "fútbol no era tan combinativo como ahora, no se jugaba tanto en el centro del campo y las segundas jugadas pesaban mucho", advierte De Andrés, un equipo que derrocó a todos. "Éramos muy directos", enfatiza Goikoetxea, pero eso, estima, "no resta para ser un equipazo, muy competitivo y equilibrado", diserta Sarabia. Al Athletic de Clemente no le gustaban las digestiones pesadas. La prioridad era alcanzar el área rival lo antes posible. "Jugábamos con mucha velocidad y movilidad. Con la estrategia y las segundas jugadas también hacíamos mucho daño", agrega Sarabia. El equipo tendía a escorarse y bandearse hacia las márgenes, ensanchando el campo. Por las bandas transitaban Santi Urkiaga, infatigable, que "no paraba de subir y bajar", reclama Goikoetxea. En la otra orilla, Luis de la Fuente, que alternaba con Txato Núñez, también se incorporaba con asiduidad. Los interiores, Gallego y Urtubi, se enganchaban desde segunda línea al ataque y "trabajaban una barbaridad", indica Sarabia, pieza de la terna que completaba junto a Dani y Argote siempre al acecho de la red rival. El gran capitán era sinónimo de gol. 199 tantos contemplan el currículo del tercer mejor cañonero de todos los tiempos en el Athletic. "Se movía como nadie en el área. Tenía instinto goleador. Se anticipaba, manejaba muy bien el cuerpo, era muy fuerte y muy listo. Un pillo con mucho gol", alienta Goikoetxea respecto a un equipo que llegó "en plenitud" y disponía de un gran caudal ofensivo, sobre todo en el primer curso en el que se proclamó campeón. "En la primera Liga que ganamos metimos un montón de goles y encajamos pocos, en la segunda costó más", rebobina el central, un defensa que apiló 44 goles con la zamarra rojiblanca. Liceranzu hizo 18. Unas cifras estupendas para unos centrales. Los centrocampistas bilbainos también eran productivos. "Una de las claves del equipo es que ofensivamente la aportación era de muchos. Arriba había gol, pero también lo tenían los defensas y los medios. Esa es una ventaja tremenda a la hora de encarar los partidos", radiografía Manolo Sarabia, autor de 118 goles con la elástica del Athletic. El derroche goleador de la temporada 1982-83 se redujo en el segundo curso. Argumenta Sarabia que "los rivales nos conocían mejor y nos esperaban atrás. Aún así fuimos capaces de evolucionar. Logramos rentabilizar más los goles".
Comprometidos
El equilibrio, factor necesario para obtener títulos, fue otra de las señas de identidad del último Athletic campeón, con gran poder intimidatorio en las dos áreas. En defensa, los rojiblancos eran muy fiables, apenas concedían. Era una cantera de granito. Eso les impulsó. "Defensivamente el equipo era muy fuerte. El centro del campo era muy trabajador y la defensa era tremendamente solvente. Teníamos defensas rápidos, que se anticipaban, que marcaban muy bien y con un juego aéreo muy poderoso y un porterazo como Zubizarreta", disecciona Sarabia. Compensado el Athletic en todas las líneas, el delantero opina que una de las claves era la argamasa del equipo. "Todos sumaban" en la misma dirección. "Íbamos todos a una", apunta Goikoetxea. "La unión era otra de las fortalezas del equipo", desliza De Andrés sobre "un grupo muy cohesionado en el que hablábamos muchísimo de fútbol entre nosotros", remata Sarabia. Además de lo tangible, de la suma de la cualidades, virtudes y capacidades de los futbolistas en pos de una misión, de una causa común, estaba el peso de lo intangible, el alma de un conjunto. "Era un equipo absolutamente comprometido", recitan los tres cuando piensan sobre aquellos maravillosos año en los que "todos aportábamos. Los titulares y los que no jugaban tan asiduamente. La plantilla era muy buena. El triunfo es de todos".
La soldadura de la unión estuvo presente en lo bueno y en lo malo en aquella aventura hasta la cima. "También supimos sufrir", dice De Andrés. El episodio de la lesión de Maradona después de una entrada de Goikoetxea, señalado hasta el paroxismo, -"parece que le retiré y Maradona siguió jugando al fútbol. Fue campeón del mundo. De esa época guardo las botas, que me recuerdan lo peor, la lesión de Maradona, y lo mejor del fútbol, la noche contra el Lech Poznan cuando salí a hombros del campo después de lo ocurrido con Maradona", establece el central agotado del juicio sumarísimo al que tuvo que hacer frente-, las malas relaciones con el Barcelona que desembocaron en la batalla campal de la final de Copa del Bernabéu que conquistó el Athletic con un gol de Endika -"no supieron perder", exclama De Andrés-, también sirvió para medir al grupo y su capacidad para encajar. "Estábamos muy unidos. Para nosotros vestir la camiseta del Athletic y defender su escudo era nuestra máxima aspiración", resalta Sarabia sobre el último Athletic campeón. Un equipo delicioso para una historia maravillosa. "Fuimos campeones porque éramos los mejores".
A un paso de la Champions, se cumplen treinta años del último título liguero del Athletic
"Fuimos campeones porque éramos los mejores"
La hazaña del último Athletic campeón, el magnífico equipo que abrió la vitrina hace treinta años en dos ocasiones con el laurel de la Liga y trofeo de la Copa, se condensa en la rotundidad y la normalidad de esa frase. El relato que conduce a esa máxima posee, sin embargo, más matices, aunque el hilo argumental que sostiene el recorrido de un equipo de fábula no tiene discusión. "Teníamos un equipazo. Lo teníamos todo. Sin eso es imposible ser campeones", coinciden Andoni Goikoetxea, Miguel de Andrés y Manolo Sarabia, estupendos mosqueteros de un Athletic que alcanzó la gloria, la mayor cumbre en tres décadas de un club que acumula varios tomos de incunables en la librería de Ibaigane, en la memoria de San Mamés y en el recuerdo de la afición. "Quien nos vio jugar sabe que éramos muy buenos", subraya Manolo Sarabia, aquel fantástico e imaginativo delantero de un equipo irrepetible. "Jugábamos muy bien. Lo nuestro era fútbol total. Atacábamos muy bien y defendíamos estupendamente, éramos muy fiables", desgrana Miguel de Andrés, el compás, la clave de bóveda, de un equipo "tremendamente equilibrado" y con una extraordinaria mentalidad ganadora. "Jugábamos para ganar". "Y ganábamos donde teníamos que hacerlo, algo que no es nada sencillo", matiza De Andrés sobre el espíritu de aquel equipo y su capacidad competitiva.
Solo los grandes equipos son capaces de agigantarse cuando lo exigen los retos. Eso les diferencia. El Athletic tenía ese sello, que no se reparte en una tómbola. Hay que ganárselo pulgada a pulgada. Nadie se lo regaló. "Mentalmente éramos muy fuertes, muy competitivos. Un equipo con carácter, que sabía muy bien lo que tenía que hacer en cada momento. Sabíamos a qué jugábamos", reflexionan los protagonistas de aquella fantástica época repleta de champán, triunfo, vértigo y éxtasis de comienzos de los 80, la edad de oro del Athletic. "El nuestro era un fútbol rápido, directo, entrábamos mucho por banda porque teníamos unas bandas espectaculares", dice Andoni Goikoetxea. Destaca el central que el Athletic jugaba con las líneas juntas, que la defensa empujaba y que "jugábamos en un espacio reducido". El Athletic de Clemente, una escuadra compacta, partía de un 4-3-3 muy definido en el que se mezclaban las cantidades exactas de trabajo, esfuerzo y el talento. "Teníamos mucho talento. Sin calidad no se puede ganar tanto como ganamos", responden al unísono De Andrés, Goikoetxea y Sarabia sobre una era que dejó dos títulos de Liga, una Copa y una Supercopa en las arcas del club.
La melodía de San Mamés
El pentagrama de La Catedral se resumía a una descarga eléctrica, al centelleante rock&roll de un equipo que jugaba a todo trapo, al galope. "En San Mamés salíamos a atacar, atacar y atacar", dice De Andrés, el mariscal de campo rojiblanco, un tipo que gobernaba la parcela ancha con la cabeza siempre alta, una efigie griega con la pelota y que "robaba cientos de balones", establece Sarabia. El Athletic era "pura dinamita" en la delantera: pegaba con la crudeza de un peso pesado, con la mano de piedra, y lanzaba golpes con la velocidad de un peso ligero. "Teníamos mucho gol. Ahí estaban futbolistas como Dani, que se las sabía todas, Estanis Argote, una de las mejores zurdas que he visto en mi vida, y Manolo Sarabia, que era un artista, pura calidad", lanza De Andrés. "Hacíamos muchísimos goles porque en el equipo había calidad. Además de los delanteros, los centrocampistas también llegaban y marcaban. Urtubi tenía un cañón, pegaba a la pelota de cine. Los defensas también aportábamos, sobre todo, a balón parado. Íbamos muy bien de cabeza", recuerda Andoni Goikoetxea, uno con una capacidad goleadora sobresaliente. Dos goles de cabeza de Liceranzu, su pareja como central, frente a la Real Sociedad en San Mamés otorgaron a los bilbainos el último entorchado liguero. "En la estrategia el equipo era tremendo. Teníamos unos lanzadores excepcionales y unos extraordinarios rematadores. Con la estrategia logramos muchos goles que sirvieron para ganar partidos". No existe mejor combinación para rentabilizar la pelota parada. No hay pizarra que resista esa suma. "Argote siempre te ponía la pelota con ventaja. Era una maravilla", desgrana Sarabia sobre el extremo izquierdo rojiblanco, que manejaba una zurda de seda.
El Athletic diseñado por Javier Clemente, transitaba, principalmente, por las bandas. El equipo construyó autopistas por los costados y buscaba con celeridad el área rival. Desde allí se buscaba a los rematadores en una época en la que el "fútbol no era tan combinativo como ahora, no se jugaba tanto en el centro del campo y las segundas jugadas pesaban mucho", advierte De Andrés, un equipo que derrocó a todos. "Éramos muy directos", enfatiza Goikoetxea, pero eso, estima, "no resta para ser un equipazo, muy competitivo y equilibrado", diserta Sarabia. Al Athletic de Clemente no le gustaban las digestiones pesadas. La prioridad era alcanzar el área rival lo antes posible. "Jugábamos con mucha velocidad y movilidad. Con la estrategia y las segundas jugadas también hacíamos mucho daño", agrega Sarabia. El equipo tendía a escorarse y bandearse hacia las márgenes, ensanchando el campo. Por las bandas transitaban Santi Urkiaga, infatigable, que "no paraba de subir y bajar", reclama Goikoetxea. En la otra orilla, Luis de la Fuente, que alternaba con Txato Núñez, también se incorporaba con asiduidad. Los interiores, Gallego y Urtubi, se enganchaban desde segunda línea al ataque y "trabajaban una barbaridad", indica Sarabia, pieza de la terna que completaba junto a Dani y Argote siempre al acecho de la red rival. El gran capitán era sinónimo de gol. 199 tantos contemplan el currículo del tercer mejor cañonero de todos los tiempos en el Athletic. "Se movía como nadie en el área. Tenía instinto goleador. Se anticipaba, manejaba muy bien el cuerpo, era muy fuerte y muy listo. Un pillo con mucho gol", alienta Goikoetxea respecto a un equipo que llegó "en plenitud" y disponía de un gran caudal ofensivo, sobre todo en el primer curso en el que se proclamó campeón. "En la primera Liga que ganamos metimos un montón de goles y encajamos pocos, en la segunda costó más", rebobina el central, un defensa que apiló 44 goles con la zamarra rojiblanca. Liceranzu hizo 18. Unas cifras estupendas para unos centrales. Los centrocampistas bilbainos también eran productivos. "Una de las claves del equipo es que ofensivamente la aportación era de muchos. Arriba había gol, pero también lo tenían los defensas y los medios. Esa es una ventaja tremenda a la hora de encarar los partidos", radiografía Manolo Sarabia, autor de 118 goles con la elástica del Athletic. El derroche goleador de la temporada 1982-83 se redujo en el segundo curso. Argumenta Sarabia que "los rivales nos conocían mejor y nos esperaban atrás. Aún así fuimos capaces de evolucionar. Logramos rentabilizar más los goles".
Comprometidos
El equilibrio, factor necesario para obtener títulos, fue otra de las señas de identidad del último Athletic campeón, con gran poder intimidatorio en las dos áreas. En defensa, los rojiblancos eran muy fiables, apenas concedían. Era una cantera de granito. Eso les impulsó. "Defensivamente el equipo era muy fuerte. El centro del campo era muy trabajador y la defensa era tremendamente solvente. Teníamos defensas rápidos, que se anticipaban, que marcaban muy bien y con un juego aéreo muy poderoso y un porterazo como Zubizarreta", disecciona Sarabia. Compensado el Athletic en todas las líneas, el delantero opina que una de las claves era la argamasa del equipo. "Todos sumaban" en la misma dirección. "Íbamos todos a una", apunta Goikoetxea. "La unión era otra de las fortalezas del equipo", desliza De Andrés sobre "un grupo muy cohesionado en el que hablábamos muchísimo de fútbol entre nosotros", remata Sarabia. Además de lo tangible, de la suma de la cualidades, virtudes y capacidades de los futbolistas en pos de una misión, de una causa común, estaba el peso de lo intangible, el alma de un conjunto. "Era un equipo absolutamente comprometido", recitan los tres cuando piensan sobre aquellos maravillosos año en los que "todos aportábamos. Los titulares y los que no jugaban tan asiduamente. La plantilla era muy buena. El triunfo es de todos".
La soldadura de la unión estuvo presente en lo bueno y en lo malo en aquella aventura hasta la cima. "También supimos sufrir", dice De Andrés. El episodio de la lesión de Maradona después de una entrada de Goikoetxea, señalado hasta el paroxismo, -"parece que le retiré y Maradona siguió jugando al fútbol. Fue campeón del mundo. De esa época guardo las botas, que me recuerdan lo peor, la lesión de Maradona, y lo mejor del fútbol, la noche contra el Lech Poznan cuando salí a hombros del campo después de lo ocurrido con Maradona", establece el central agotado del juicio sumarísimo al que tuvo que hacer frente-, las malas relaciones con el Barcelona que desembocaron en la batalla campal de la final de Copa del Bernabéu que conquistó el Athletic con un gol de Endika -"no supieron perder", exclama De Andrés-, también sirvió para medir al grupo y su capacidad para encajar. "Estábamos muy unidos. Para nosotros vestir la camiseta del Athletic y defender su escudo era nuestra máxima aspiración", resalta Sarabia sobre el último Athletic campeón. Un equipo delicioso para una historia maravillosa. "Fuimos campeones porque éramos los mejores".
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